Regla de Tres

Yayoi Kusama: puntos hacia el infinito

Las alucinaciones comenzaron cuando era niña y terminaron convertidas en uno de los lenguajes más reconocibles del arte contemporáneo

Yayoi Kusama vio puntos mucho antes de convertirlos en arte. Desde niña experimentaba alucinaciones: las flores podían hablarle y los patrones de un mantel extenderse ante sus ojos hasta alcanzar las paredes, el techo y su propio cuerpo. Aquellas experiencias podían producirle miedo y comenzó a dibujarlas, según contaría después, para registrar lo que acababa de ver. Con los años, esas formas ocuparon papeles y lienzos, cubrieron objetos y cuerpos y terminaron llenando habitaciones enteras. La acompañaron desde niña y durante casi un siglo acabaron formando uno de los lenguajes visuales más reconocibles del arte contemporáneo.

Es difícil mirar igual sus lunares después de conocer su origen. Los puntos de Kusama no nacieron como el recurso decorativo que hoy reconocemos inmediatamente en una calabaza amarilla. Procedían, en parte, de aquellas alucinaciones, en las que un patrón podía multiplicarse hasta borrar los límites entre ella y aquello que la rodeaba. Kusama llamó self-obliteration a esa disolución del yo, una experiencia que transformaría, con el tiempo, en una de las ideas fundamentales de su obra.

Lo que comenzó como una experiencia que solo ella podía percibir fue adquiriendo una existencia fuera de ella. Primero apareció en dibujos y pinturas; después cubrió muebles, objetos y cuerpos, se extendió por habitaciones y se multiplicó mediante espejos. Kusama diría muchos años después que continuaba recorriendo el mismo camino que cuando era niña; lo que había cambiado era la escala de su obra. Y quizá pocas trayectorias artísticas permitan observar de manera tan literal ese crecimiento: de una imagen registrada en un pequeño cuaderno a espacios enteros construidos para contenerla.

En las Infinity Mirror Rooms ocurrió algo todavía más extraño. Ya no era necesario explicar cómo podía sentirse la pérdida de los límites entre una misma y el espacio. Los espejos multiplicaban luces, formas y reflejos hasta hacer desaparecer las paredes y el espectador podía entrar físicamente en ese universo. Aquello que había pertenecido a la percepción privada de una niña se había convertido, después de décadas de trabajo, en una experiencia que millones de desconocidos podían compartir.


Para Kusama, los puntos eran «un camino hacia el infinito». La frase parece contener una contradicción: una de las formas más pequeñas imaginables conduce hacia aquello que no tiene límite. Pero basta repetirla. Un punto junto a otro puede cubrir un lienzo, alcanzar un cuerpo, ocupar una habitación; frente a dos espejos, puede continuar más allá de lo que nuestros ojos alcanzan a ver. En esas obras, Kusama pasó buena parte de su vida explorando fronteras que dejaban de ser nítidas: entre el cuerpo y el espacio, el individuo y el universo, aquello que sucede en la mente y aquello que puede adquirir una forma fuera de ella.

Su camino hasta allí estuvo lejos de ser sencillo. Nacida en Matsumoto, Japón, en 1929, creció en una familia que se oponía a sus aspiraciones artísticas. En los años cincuenta escribió a Georgia O’Keeffe para preguntarle cómo podía abrirse camino como pintora. O’Keeffe respondió y, en 1957, Kusama abandonó Japón; poco después se instaló en Nueva York. Las fotografías de aquellos años muestran a una artista radical y performática: desarrolló sus Infinity Nets, organizó happenings, pintó puntos sobre cuerpos desnudos, realizó acciones contra la guerra de Vietnam y llevó progresivamente su obra fuera de los límites del lienzo.

«…llevó progresivamente su obra fuera de los límites del lienzo».

Pero las experiencias que habían comenzado en la infancia seguían acompañándola. Kusama habló públicamente de alucinaciones, obsesiones, ansiedad, miedo y pensamientos de muerte, pero también con una franqueza poco habitual sobre la función que el arte cumplía frente a ellos. En una conversación con el historiador Akira Tatehata, cuando este le preguntó si su trabajo era una forma de terapia artística, ella corrigió el término: «Es una autoterapia». En otra entrevista, publicada en 2000, recurrió a una imagen todavía más precisa: dijo que había conseguido seguir viviendo porque utilizaba el arte «como un escudo contra mi enfermedad».

No se trata de decir que el arte la curó, ni mucho menos que la enfermedad produjo su obra. Entre una alucinación y una habitación infinita existen años de trabajo, decisiones, materiales, imaginación y pensamiento artístico. Pero Kusama sí encontró en la creación una manera de hacer algo con experiencias que podían causarle miedo: en lugar de apartarse de aquellas imágenes recurrentes, las pintaba una y otra vez, y explicaba que mediante esa repetición intentaba escapar de ellas.

Después de regresar definitivamente a Japón en 1973 atravesó años difíciles y, en 1977, decidió vivir voluntariamente en un hospital psiquiátrico de Tokio. Aquella decisión no significó abandonar su vida artística. Kusama organizó alrededor de ella una rutina que mantendría durante décadas: residía en el hospital y acudía a trabajar a su estudio cercano. Allí continuó pintando, escribiendo y creando con una intensidad extraordinaria.

Cuando en 2018 le preguntaron qué le había aportado vivir en el hospital, Kusama respondió que le había permitido continuar haciendo arte todos los días. Y añadió algo mucho más difícil de olvidar: eso le había salvado la vida.

Quizá por eso su historia pierde parte de su complejidad cuando se cuenta únicamente como la de una artista que convirtió la enfermedad en belleza. Kusama hizo algo mucho más concreto y sostenido en el tiempo: construyó una forma de vida dentro de la cual podía continuar creando. El hospital, el estudio y una disciplina de trabajo mantenida durante décadas formaron parte de esa arquitectura. El arte no hizo desaparecer aquello que ocurría en su mente; según sus propias palabras, le proporcionó un escudo y una forma de seguir.

Y mientras ese proceso ocurría hacia dentro, sucedía también algo en dirección contraria. Kusama conseguía sacar al mundo parte de aquello que al principio solo ella podía ver. Una experiencia íntima fue adquiriendo formas que otros podían mirar y, finalmente, lugares en los que podían entrar. Tal vez allí resida una de las dimensiones más conmovedoras de su obra: algo que podía aislarla dentro de su propia percepción terminó convirtiéndose, mediante el arte, en una experiencia compartida.

Yayoi Kusama murió el pasado 14 de agosto, a los 97 años. Su estudio contó que continuó pintando hasta sus últimos días. Habían pasado casi nueve décadas desde aquella niña que intentaba registrar en un papel las imágenes que aparecían ante sus ojos.

Quedan sus puntos. Los encontraremos sobre lienzos, calabazas, cuerpos y habitaciones donde nuestro reflejo seguirá multiplicándose hasta perderse. Kusama decía que los puntos eran un camino hacia el infinito. Después de una vida dedicada a repetirlos, quizá comenzamos a comprender lo que quería decir.

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