Un diálogo con Eduardo Subirats, cuya obra recorre los claroscuros de nuestra ambigua modernidad
David Ramos Castro
La Colmena Urbana
Eduardo Subirats (Barcelona, 1947) es autor de una rigurosa y fecunda obra que fue cuajando en el curso de su paso por tres lugares: Europa, América Latina y Estados Unidos. Aunque nacido en España, su formación filosófica se produjo entre Francia y Alemania. Eran los años de Deleuze –a quien tuvo como profesor– y del Situacionismo de Debord, un tiempo de sueños revolucionarios para una juventud airada y enérgica, que, pese a sus limitaciones y fracasos, resultó liberador para quien buscaba salir del dogmático oscurantismo franquista y de una España destruida culturalmente. Luego llegó América Latina y el descubrimiento de las memorias espirituales olvidadas, anteriores a la conquista. Venezuela, Colombia, México, fueron territorios de aprendizaje, pero sobre todo lo fue Brasil, país que aún hoy lo acompaña al desgranar el recuerdo de sus enseñanzas iniciáticas. Desde hace decenios, Eduardo Subirats vive en Estados Unidos, donde ha sido profesor en la Universidad de Princeton y en la New York University, en la que aún enseña. Una mezcla de análisis estéticos y sociales han nutrido una cuantiosa obra con títulos como El continente vacío, Linterna mágica, Mito y literatura, Una última visión del paraíso, Memoria y exilio o Ensayo sobre el amor, entre otros. En ellos, Subirats ha desplegado una demoledora crítica de las ambigüedades modernas, desde el nacionalcatolicismo hispano y su legitimación simbólica de la colonización, hasta la tecnología puesta hoy al servicio del espectáculo de la destrucción y el empequeñecimiento de la experiencia vital de los seres humanos. Se trata de una «teoría crítica» que reclama un nuevo «Esclarecimiento», como el propio autor llama al proyecto de la Aufklärung, mal traducido en español como Ilustración.
1. Profesor Subirats, ¿cómo ve el mundo social que surgió de la pandemia?
Ha habido una transformación psicológica de las personas que no alcanzo a comprender enteramente: una frialdad, una distancia, una ausencia de espontaneidad, una teatralización de nuestras expresiones cotidianas, desde una sonrisa hasta un gesto de mal humor. En los años del nacionalsocialismo alemán, Thomas Mann lo llamaba «empequeñecimiento de la masa encefálica», generado por los sistemas de propaganda total, vigilancia policial y punición criminal.
2. Una palabra clave en esta época vuelve a ser «exilio».
También Thomas Mann escribía que el exilio no existe cuando el lugar, país, nación o imperio de origen, simplemente, desaparece. El exiliado es un sobreviviente de guerras, crisis políticas y catástrofes ecológicas, o un nadie que ha huido horrorizado de la imbecilidad y la obsesión patológica de sus conciudadanos por el poder y la muerte. No somos exiliados: somos «humanos sin mundo», que decía Günter Anders.
3. ¿Vuelve a ser un acto de barbarie hacer poesía después del horror?
En mi opinión, el problema no reside en saber si después de Auschwitz, o si después de los múltiples genocidios en América, África o Asia que Occidente ha provocado a lo largo de su expansión imperial y colonial, puede o no puede haber poesía. El problema es la desaparición misteriosa de las teorías críticas, que se han volatilizado sin rastro. Y eso en una época en la que presenciamos guerras irracionales, políticos ostensible y ostentosamente corruptos, guerras ilegales y obscenas manipulaciones de lo real en los escenarios de la política mundial.
4. ¿Y qué es lo que pasó con esas teorías, a su juicio?
Su completa desarticulación y banalización en los años setenta del siglo pasado, bajo los Cultural Studies anglosajones y las lingüísticas políticamente correctas dictadas por el sistema académico liberal. Más tarde comenzaron sus difamaciones como una filosofía negativa y nihilista. Finalmente, se lanzó contra ellas la censura, el arma definitiva contra el trabajo de «esclarecer» lo más verdadero. Como reza el título de un famoso dibujo de Goya: «Le cortaron la lengua porque tenía algo que decir». Esto fue el punto de partida de una reformulación de las teorías críticas en el sistema totalitario de las democracias neoliberales.
5. Y, dígame, apoyándose en el presente, ¿ve usted un nuevo porvenir para el socialismo?
Más bien hablaría de la espléndida actualidad del comunismo, y su modelo es China, un comunismo confucionista y budista muy diferente al comunismo jesuítico de Stalin. En poco más de medio siglo, China ha evolucionado desde una condición colonial, humillada y deprimida por el más hipócrita de los colonialismos europeos, el británico, a la estatura de una primera potencia mundial. Y tiene una visión futurista de civilización que afronta los peligros ecológicos, militares y humanos, mientras Occidente los niega obsesivamente.
6. Usted critica a la posmodernidad por llenarlo todo de microanálisis y micropolíticas.
Modernus es una palabra latina que se traduce como ‘lo último y más reciente’, ‘el instante efímero del tiempo presente’. Además, está relacionada con modus, que define las maneras y formas. Lo moderno es, en otras palabras, un atributo sin substancia. En cuanto a post, es lo que viene después de ese presente sin substancia. La síntesis del post y lo moderno constituye, pues, un programa impreciso. Pero la postmodernidad también es otra manera de hablar sobre la decadencia de Occidente. En este sentido, el primer y último filósofo postmoderno fue Oswald Spengler. La postmodernidad ha sido una edad final de ese maravilloso invento generado por las ciencias y las artes del Renacimiento, duplicado y acrecentado algo más tarde por la Aufklärung. En la poderosa rutina académica de las Humanities, eso se tradujo en dos principios que se instauraron políticamente cuando la energía de la revolución estudiantil de los años sesenta del siglo pasado se habían apagado: la banalización intelectual de casi todas las cosas, y la fragmentación de la experiencia intelectual por medio de los sistemas de educación y propaganda.
7. ¿Y qué efecto ha tenido todo ello en el panorama intelectual?
Lamentable. Se ha desprovisto al sujeto de la capacidad de pensar y desarrollar una experiencia individual de la realidad vivida; de enriquecerse intelectual y espiritualmente; se ha negado el acceso a los mismos lenguajes capaces de fomentar un desarrollo interno y autónomo. Somos sujetos vacíos sin voluntad de acción propia. Ésta me parece la razón de que contemplemos la situación histórica en que vivimos como una crisis política, una debacle económica y una catástrofe militar, pero también como el desmoronamiento de nuestra visión interior y compresión ética del mundo. Son los componentes de la angustia contemporánea.
8. El embrutecimiento de la sensibilidad y el erotismo también se relacionan con esa atrofia de las experiencias. Usted dedicó un libro a Eros. ¿Qué supuso ese libro?
¡Ah, el ensayo sobre el amor…! Una amiga lo llama «el libro de tus diosas». Y ha sido eso: una forma de adentrarme en el universo femenino por su puerta grande de diosas y mitos. Además, eso me permite percibir ese universo femenino como un cosmos, un orden sagrado de la vida interior, de los finos vínculos psicológicos con la naturaleza terrenal de las cosas y, al mismo tiempo, como un mundo altamente espiritual. Es un libro espiritual porque pongo al descubierto la unidad sin fisuras del amor sexual y el amor divino de la experiencia mística, según lo expresó ejemplarmente el místico y filósofo andaluz del siglo XII, Ibn al-Arabí, más tarde el Zohar, el Libro del Esplendor de la Cábala de Ávila (Moisés de León) y, finalmente, los Dialoghi de Amore del humanista por excelencia, Leone Ebreo, en el siglo XVI. Le confieso que me hizo muy feliz escribir este libro. Escribí en él lo que hubiera deseado haber leído cuando tenía dieciocho años. Fue un placer retroactivo.
9. El tema de Eros lo llevó a hablar después de la locura de Don Quijote.
Sí, después del amor, el siguiente paso fue Don Quijote. Fue una decisión tomada poco antes del covid, cuando comenzó la locura de la desinformación, con los informes contradictorios de las corporaciones farmacéuticas y las tensiones entre USA y China. Me impuse tratar de indagar con mayor precisión en la locura de Don Quijote, dentro del universo espiritual de Erasmo, Cervantes o Montaigne, y en la irrupción de la irracionalidad, la violencia y el absurdo en el espectáculo de una existencia sometida a un régimen de aislamiento y soledad. En fin, espié a Don Quijote por el ojo de esa cerradura mitológica y ética del amor por Dulcinea. Frente a la tesis nacionalcatólica y fascista de Don Quijote como «santo católico» (Unamuno), «Cristo de barrio» (Ortega) o, simplemente, como un héroe cómico de la literatura de caballerías, formulé la tesis de Don Quijote enamorado y la centralidad de Dulcinea, otra diosa que me he ganado para mi colección.
10. Y vio en él a un trickster, a un pícaro que, a diferencia del pícaro castellano, une un ideal a sus transgresiones. ¿Por qué?
Le contaré una anécdota. A finales de los años ochenta –yo vivía en São Paulo–, Princeton University me invitó a dar un ciclo de cuatro conferencias. Para un intelectual joven que había tenido una presencia notable en Madrid con ensayos altamente polémicos y artículos no menos críticos en El País, no podía esperarse mejor elogio. En una situación así, me dije: voy a exponer lo que pienso sobre el mundo intelectual español del que vengo huyendo a toda prisa. No me ahorré las críticas furiosas contra el perfil mediocre y provinciano de los unamunos y ortegas, y puse de manifiesto que nada en la historia espiritual española puede comprenderse sin el trasfondo de las culturas hebreas e islámicas que habitaron la península desde los tiempos de la Hispania romana. Así rendí tributo a Américo Castro, que fue profesor en Princeton. Le cuento esta historia porque fue la obra de Castro la que me abrió los ojos al inagotable mundo intelectual hispanojudío e hispanoislámico. Ese hilo me llevó a estudiar la maqama, un género literario que recoge la tradición de autores islámicos y judíos en torno a un personaje que muestra las características de un hombre místico y el comportamiento de una persona socialmente marginal que bordea la delincuencia. Y este protagonista de la maqama es lo que la hermenéutica moderna de Karl Kerenyi y Carl Gustav Jung, entre otros, ha llamado trickster. Una de sus características es la centralidad simultánea del amor sexual y espiritual. Pues a partir de ahí, solo tiene que tirar del hilo.
11. Usted también escribió una obra esencial para entender el proceso simbólico de conquista y colonización españolas en América: El continente vacío. Tengo entendido que, en su día, esa obra fue retirada de la circulación en España. ¿Quiénes censuraron el libro?
¡Ah!, ¿quiere que le cuente chismes de El continente vacío? Pues allá voy. La primera edición fue la mexicana. La española se debió a Mario Muchnik, y fue una edición inesperada. La presentación madrileña fue deplorable. No había un público con un mínimo perfil intelectual, y en la discusión salieron a relucir los prejuicios habituales heredados de los catecismos y la propaganda nacionalista. Unos meses más tarde, en una fiesta en casa de los Muchnik, me presentaron a una ministra socialista. Con un tono arrogante, me espetó: «¡Sr. Subirats, usted ha escrito un libro terrible sobre la conquista de América!». Le respondí: «Señora, lo terrible es que una ministra socialista de cultura censure un libro por no estar de acuerdo con la torpe exaltación colonialista del descubrimiento de América». A los pocos meses, el editor fue destituido; su editorial, cancelada; y mis libros, liquidados por cuatro reales.
12. Pero en México la cosa fue distinta
En México, su aparición coincidió con la insurgencia campesina de Chiapas, y a Chiapas dedicaba mi primer capítulo. Toda la prensa mexicana acompañó el lanzamiento. La Jornada me dedicó tres entrevistas consecutivas en una sola semana. Los mexicanos estaban hartos de la arrogancia española. En las múltiples presentaciones, particularmente en la UNAM, hubo un verdadero debate. Pero el libro cortó inmediatamente mis vínculos con una porción de intelectuales que entendían que mi crítica rebasaba la narrativa del PRI.
13. ¿Y por qué no salió la edición en inglés en Princeton?
Me dijeron que el libro era eurocéntrico, pues no asumía los lenguajes codificados de los entonces llamados Postcolonial Studies. Finalmente, una representante de la universidad me invitó a un almuerzo para presentar sus excusas y añadió un comentario curioso: me dijo que el libro citaba a muchos autores hispanoparlantes, desde Las Casas hasta Américo Castro, entre otros, y que el público americano no conocía a esos autores. Eso hacía que el libro sólo fuera accesible para un público hispánico, que ya tenía la edición mexicana.
14. El libro tiene varias tesis que aún podemos considerar vigentes. ¿Podría resumirlas?
Se lo diré en tres puntos; primero, la colonización de América fue la extensión de las cruzadas cristianas al continente americano. Su fundamento teológico-político es la Carta a Romanos de San Pablo: el primer proyecto de un imperio romano universal fundado en el logos redentor de Cristo. Sus principios: la destrucción total de la cultura invadida y la imposición de la lengua y los dioses del invasor. Segundo, la trampa de la conversión cristiana consiste en establecer a los nuevos dioses como condición de una libertad cristiana empíricamente confundida como esclavitud. Tercero, la independencia de América Latina fue la simple sustitución del Dios redentor por el dios del Progreso. La soberanía postcolonial es la doble supresión de la conciencia histórica y de la memoria de su supresión.
15. Tiene en mente algún proyecto de libro futuro?
Sí, una autobiografía filosófica (Soledades y soliloquios) y una investigación sobre el mito de Fausto (Don Quijote y Fausto, y el declinar de Occidente).
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A la fecha, Eduardo Subirats sigue viviendo en los bosques de Princeton, «a cinco millas de una biblioteca con millones de libros», explica. Su vida transcurre en soledad, en una «vida monacal» que se ve interrumpida por cortos y largos viajes. «Escribo, leo, pienso –resume, en lo que sería un sueño realizado para muchos de nosotros–. Todos los días salgo a caminar en el bosque, junto a un río, entre venados, zorros, garzas, tortugas y ranas». Esta última visión del paraíso es la de un humano y necesario retorno a la contemplación, la naturaleza y la multiplicidad, pero también la de un proyecto de vida «esclarecida» en la que lo humano pueda aspirar a fundirse con la belleza, el éxtasis, el amor y el gozo espiritual de la carne.


