“…algunos descubrimientos científicos, si les seguimos la pista, nos conducen a historias dignas de la mejor novela negra que podamos imaginar…”
Horacio Cano Camacho
Zona Oscura
Hay ensayos que se leen como novelas o relatos. Y todavía más: hay libros sobre ciencia que pueden leerse como una extraordinaria novela negra. De uno de ellos vamos a platicar hoy en esta Zona Oscura de Regla de Tres.
Benjamín Labatut es un escritor chileno nacido en Róterdam, Países Bajos, en 1980. Su obra explora especialmente las relaciones entre ciencia, historia, literatura, conocimiento y locura. Pero resulta difícil clasificarlo. No es propiamente un divulgador de la ciencia, aunque sus libros están llenos de conocimientos científicos. Tampoco es un historiador, aunque buena parte de lo que cuenta tiene fundamentos históricos. Y mucho menos es un escritor de novela negra, aunque algunas de sus narraciones podrían figurar entre las más inquietantes del género.
Lo extraordinario de Labatut es su capacidad para moverse entre estos territorios. Combina la historia y la ciencia con la ficción, la crónica, la imaginación y hasta la fantasía. Parte de acontecimientos y personajes reales, pero se permite reinventar situaciones, imaginar conversaciones y penetrar en los pensamientos de sus protagonistas. En sus relatos, la realidad y la invención se entrelazan de tal manera que, en ocasiones, resulta difícil saber dónde termina una y comienza la otra. Y esa es, precisamente, una de sus grandes virtudes literarias.
Pero ¿qué hace un autor semejante en una columna dedicada a la novela negra?
Vamos explicando.
A nosotros se nos ha hablado de ciencia casi siempre en un sentido lineal y positivo. Un buen día, un señor muy sabio salió al jardín de su casa y, cuando se sentó bajo un árbol, una manzana le cayó en la cabeza. ¡Y vamos!, descubrió las leyes de la gravitación universal. Nadie nos cuenta, en cambio, su agria disputa con otro personaje genial, Robert Hooke, una rivalidad que trascendió los debates científicos para convertirse en una historia de egos, acusaciones, resentimientos y desprestigio.
Ejemplos como este, quizá un poco menos disparatados, hay cientos en nuestro paso por la escuela, en los documentales y en muchísimos textos de divulgación científica. Son intentos de simplificar demasiado el origen del conocimiento, de los grandes descubrimientos y de las ideas revolucionarias. Como si la ciencia avanzara gracias a momentos de iluminación de algunos personajes extraordinarios.
No es, para nada, que los grandes pensadores y científicos no persiguieran arduamente el conocimiento. Es que, ante todo, fueron personajes de sus épocas. Personas con ambiciones, obsesiones, prejuicios, pasiones y contradicciones. Y no podían simplemente escapar de la historia.

En ocasiones, esas épocas fueron demasiado convulsas. Y las circunstancias que rodearon algunos descubrimientos científicos, si les seguimos la pista, nos conducen a historias dignas de la mejor novela negra que podamos imaginar. Novela en la forma, pero con acontecimientos y personajes que pertenecen a la historia real.
Imaginemos por un momento a una familia desesperada por la extraña enfermedad de su hijo. No saben exactamente qué está ocurriendo ni cómo enfrentarla, y mucho menos cómo curarla. Entonces les llegan noticias de un personaje que vive en la lejanía y que, según dicen, tiene el poder de sanar.
Seguramente ellos, y quizá nosotros también, estaríamos más que dispuestos a acercarnos a ese hombre en una búsqueda desesperada por salvar la vida de nuestro niño.
Ahora pensemos que esa familia es, ni más ni menos, que la más poderosa del Imperio ruso: la familia del zar Nicolás II. El niño es el heredero al trono, que padece hemofilia, y el supuesto hombre milagroso es Rasputín.
Sí, ese es el tamaño de algunas de las historias que nos cuenta Labatut en la obra que hoy recomiendo.
Porque la historia y, sobre todo, el destino de Rasputín se vuelve muy oscuro. Poder, intrigas, envidia, control, supuestos poderes sobrenaturales, conspiraciones y venenos. Todo parece formar parte de una novela que algún escritor particularmente perverso hubiera imaginado.

Y aquí aparece algo todavía más sorprendente. Detrás de aquella historia encontramos un veneno poderosísimo, el cianuro, cuya historia química se entrelaza con la de un pigmento descubierto accidentalmente mucho tiempo atrás: el famoso azul de Prusia. Un color que alcanzaría una enorme importancia artística y comercial y cuya historia terminaría conectada con algunos de los episodios más terribles de la humanidad.
¿Cómo llegamos de un pigmento azul a la muerte, la política y las ambiciones humanas? ¿Qué relación puede existir entre los descubrimientos científicos y algunos de los acontecimientos más oscuros de nuestra historia?
Eso es precisamente lo que Labatut sabe hacer extraordinariamente bien: encontrar conexiones inesperadas, seguirlas hasta sus consecuencias más perturbadoras y convertirlas en relatos que nos mantienen leyendo con la misma ansiedad con la que seguimos una buena novela negra.
Se trata de Un verdor terrible (Anagrama, 2020), una obra fascinante en la que Benjamín Labatut juega continuamente con las fronteras entre la historia documentada, el conocimiento científico, la imaginación y la fantasía. Un libro que nos recuerda que detrás de los grandes descubrimientos también hay pasiones, obsesiones, ambiciones y, en ocasiones, verdaderas tragedias.
Quizá por eso lo traigo hoy a esta Zona Oscura. Porque no todas las historias oscuras necesitan un asesino, una víctima y un detective. Algunas se escriben en los laboratorios, en las universidades y en las mentes de quienes intentan comprender el mundo. Y sus consecuencias pueden resultar mucho más aterradoras que cualquier ficción.
Muy recomendable para estos días lluviosos.
Ilustración portada: Emilio Monreal


