“…hay personas de todos los géneros (en el mundo se reconocen más de diez) que viven solas. Nadie se escapa de las tareas de casa.”
Nektli Rojas
Narrando el Género
Iba yo al centro de la ciudad en el Uber. En general, tengo la impresión de que los conductores tienen mejor actitud y están más dispuestos a la charla trivial, cosa que yo agradezco mucho, que los taxistas. Este chofer era un hombre joven que, para mi gusto, debería estar estudiando alguna licenciatura. Pero no: trabajaba y vivía solo.
Entre derivas callejeras y mentales, nos liamos en una cuestión que toma gran importancia para las personas que viven solas; es decir, que no están casadas ni conviven con una pareja, y que tampoco tienen hijos o padres… en una de ésas, ni especies de compañía, como las llama Donita Haraway.
Es de lo más lógico que se tenga menos quehacer de la casa cuando una vive sola, ¿no? Tal vez, de alguna manera circunstancial, se ha salido de la cárcel de los cuidados, de la maldición del ángel del hogar (Wolf dixit). En una de ésas, quizá también se esté luchando en contra de la carga mental de estar todo el tiempo pensando en qué falta de las compras, qué hay que limpiar, acomodar; contra el sistema de comprometerse sólo con lxs familiares; contra la pérdida de tiempo que eso implica, que es, en realidad, un consumo de la vida de las cuidadoras.
Sin entrar en ningún tipo de teorización, el joven afirma que una de las cosas que le da muchos problemas es el asunto de la ropa. Hay que lavarla. Los hombres solos tienen un sistema, y este chico no es la excepción: poseen una cantidad considerable de camisetas y pantalones, de modo que les es posible no lavar ropa durante un mes. Yo espero que también tengan un buen suministro de ropa interior…
A él se le rebasaba el bote de ropa sucia, que vomitaba sobre piso y rincones. Muchas veces, no le daba tiempo de ir a la lavandería (no tenía lavadora) y, entonces, un fin de semana se iba a casa de su madre a lavar… Para sorpresa de nadie, era ella quien acababa lavando la ropa. A mí me es imposible siquiera pensar en no lavar ropa durante un mes. Los sábados pongo dos lavadoras -una incluso a veces antes de siquiera desayunar-, de modo que cuando termine de barrer, trapear y un largo etcétera, ya esté la ropa lista para ser tendida.
Pasamos entonces a la cuestión, justo, del aseo cotidiano. Con el trabajo diario, no da tiempo de barrer y trapear todos los benditos días, como yo veo que hacen mis vecinas. A él tampoco le alcanzaban las horas. Lo que hacía, entonces, era tomar la misma salida que yo: un día a la semana. Pero para él era aleatorio. Cuando pudiera y como pudiera, que al fin nadie le reclamaba nada. Uy, pues a mí tampoco, pensé, y sin embargo, no tengo nunca fines de semana libres porque es el momento en que me injerto en chacha.
Entonces le tocó el turno de aparición a una cuestión peliaguda: los trastes. La simple e inocente actividad de hacerse una comida sana, pero sencilla, consume horas y genera una exorbitante cantidad de trastes que lavar. Luego, faltan todavía los que se usan para desayunar, comer, cenar y demás. ¿Cómo hacer con ese trasterío para que no rebase el cupo de los fregaderos? Porque a él se le saturaba el suyo y podía durarle así hasta un par de días, mientras él buscaba más y más platos limpios de la alacena para las necesidades cotidianas.
Yo tengo una solución muy simple, le dije. En cuanto acabo de usar algún implemento (cuchillo, licuadora, sartén, vaso y un demás infinito), voy y lo lavo. Es más rápido así porque no hace bulto en mi muy pequeño fregadero, no tengo que gastar agua dejándolo en remojo porque no le doy tiempo de que se le pegue nada, ni tengo que tallarlo un montón de rato con el mismo fin: despegarle residuos. Acabo de comer y lavo los utensilios empleados. Ahí sí su mirada fue francamente desaprobatoria. Ésa no era una solución, me decían sus ojos desde el retrovisor. Y yo entendí que no, que en realidad nada de lo que hacíamos constituía una verdadera solución.
El trabajo de casa es inevitable. Invertir en él tiempo y dinero es obligatorio. Punto. Se sabe que la estructura patriarcal de la familia requiere del trabajo de las mujeres como cuidadoras in perpetuum, en exclusiva y con una actitud que demuestre el gozo de estar cumpliendo con los mandamientos grupales. Pero hay personas de todos los géneros (en el mundo se reconocen más de diez) que viven solas. Nadie se escapa de las tareas de casa.
Compartir esos problemas con el conductor me dejó pensando mucho. En similares circunstancias (es decir, viviendo sin gente al rededor, siendo independientes, con ingresos medios bajos), para mí se trataba de una actividad forzosa, que siempre me genera culpas de no estar cumpliendo a cabalidad; en tanto que, para él, era solamente una lata de la que se podía más o menos deshacer. Uy, cosas de la socialización diferenciada. Es cierto que el número de los hombres dedicados al hogar está en aumento. Sin embargo, de todos modos, el tiempo que dedican las mujeres al trabajo no remunerado es el doble que el de los hombres.
La segregación horizontal, que asigna a diferentes géneros quehaceres específicos y encamina a las mujeres hacia los cuidados, se ha encargado de que sirvientas, cocineras, amas de casa, trabajadoras sociales y demás oficios de este tipo sean mujeres.
Yo recuerdo las conversaciones de sobremesa en las que se hablaba de Rosa Luxemburgo, de Clara Zetkin y Alejandra Kolontái, que buscaban soluciones comunales. Alguna de ellas proponía que el Estado apoyara a personas que, por barrio, se dedicaran a cocinar y vender su comida para todas las familias de la comunidad. Ese sueño del Estado Socialista de los Hombres Nuevos, al que nunca se llegó. Es más, el socialismo soviético decía que las mujeres no requerían de movimientos específicos, sino que la liberación del proletariado lo iba a resolver todo. Acá, lo más que tenemos, y no en todos lados, son las cocinas económicas. A través de una novela vasca de Arantxa Urretabizkaia, sé que en el País Vasco el Estado tiene personal que ayuda con los quehaceres, al menos a lxs adultxs mayores. Algo es algo.
Me decanto por ese lado: las soluciones tienen que ser comunitarias y horizontales. Pero, para que puedan existir, lo primero que hay que hacer es reconocer el problema o no habrá manera de empezar a buscar remedios. Por mi parte, toda esperanza perdida, dejo que la aspiradora se coma mis poemas, la cocina me impida terminar ponencias, la ropa tendida lleve mis solicitudes de libertad a los altos cielos, donde hasta es posible que los dioses sonrían.
Ilustración portada: Luna Monreal


