Regla de Tres

Tu primera bicicleta

“Los obtusos te dirán, por ejemplo, que una bicicleta sirve solamente para hacer ejercicio, para salir a rodar cada ocho días…”

Para Gael y Diego

Ayer te vi caer víctima del flechazo que provoca el encanto de una bicicleta a tu edad. Vi cómo mirabas a tu pequeño vecino mientras pedaleaba la suya, y cómo tus ojos volaron cautivos siguiéndole el rastro que se perdía hasta donde la calle doblaba. Tú no lo sabes, pero esas ganas de encaramarte sobre dos ruedas y moverlas con tus propias fuerzas, no es otra cosa sino la pulsión innata de darle salida a la energía que llevas dentro para experimentar el mundo. Y después de ver tu cara iluminarse así, sé que no tardas en dar tus primeros pedaleos y en sentir sobre tu propia piel esa poderosa descarga de energía que se desata al empuñar un manubrio y salir a explorar universos que te aguardan ahí, agazapados, para ser descubiertos.

No te voy a mentir, no todo será miel sobre hojuelas. Vivimos en lugares repletos de estorbos que intentarán limitar tu pedaleo. Los obtusos te dirán, por ejemplo, que una bicicleta sirve solamente para hacer ejercicio, para salir a rodar cada ocho días cubierto de enceres y de una parafernalia que, en contra de la vocación liberadora que te ofrecen las dos ruedas, terminará por ser más una carga que otra cosa. Serán los mismos que te digan que a la montaña se le domina para conquistarla, ignorando que, cuando se la comprende, es la montaña misma la que te conduce a sus cimas.

Aquellos con mentes que echan smog te dirán en cambio que las bicicletas no son vehículos para las ciudades, y, cuando llegue el momento, te instarán con insistencia a abandonarla pues, en su mente, el éxito en la vida adulta se mide en función de tus capacidades para contaminar el mundo y la bicicleta no encaja en esos parámetros. Este tipo de personas suele tener la loca idea de que cosas que son gratuitas deben de pagarse. Son los que buscan la salud en los gimnasios, la buena comida en los restaurantes y a la naturaleza dentro de fraccionamientos en donde, como decía un viejo ambientalista, han talado todos los árboles para bautizar con sus nombres a las calles.

Otros, te dirán que la bicicleta es peligrosa, que es un riesgo para tu vida, que es más seguro renunciar al uso de tu propio cuerpo y deambular encerrado entre pliegues de hojalata que levantan gruesas fronteras entre tú y la realidad. Y habrá también aquellos de ideas decimonónicas y punzocortantes, que te dirán que pedalear es cosa exclusiva de hombres, o, peor aún, de pobres, que la bicicleta está bien para el parque, pero no para la vida seria. Son, por lo general, los mismos que, ocultos tras perfumes caros y fachas a la moda, te dirán que, salvo que estés disputando una partida de tenis, sudar en público es repugnante y el hecho de que uses las piernas para moverte atenta contra la civilidad y las buenas costumbres.

«…te dirán que la bicicleta es peligrosa, que es un riesgo para tu vida…» | Fotografía: Canva/Pixabay

Que no te quiten el sueño esas paparruchas, cuando las escuches, tú coloca tu mirada al frente, apunta de nuevo al camino y afianza tu pedaleo para que el viento se lleve las telarañas. La bicicleta podrá ayudarte a deshacerte de esas ataduras, a aprender a cargar con lo esencial y a desprenderte de lo que estorba. Moverte con tus propias fuerzas te alejará de la plastificación que hoy domina las relaciones sociales, y te acercará a tu esencia humana, pues, aunque hoy parezca que descendemos de los automóviles, hace ya mucho que, rastreando las huellas de nuestros antepasados, los arqueólogos descubrieron que los grandes procesos evolutivos empezaron no por el cerebro sino por los pies. Fue utilizando su propia fuerza motriz que nuestra especie comenzó a entender las cosas que la rodeaban y a encontrar su lugar en el mundo. No fue sino al ritmo de pequeños pasos y de pequeñas velocidades que las formas más elevadas de pensamiento echaron raíz. Lo comprobarás con tus propios ojos cuando leas a Balzac, a Baudelaire, a Thoreau y te des cuenta del magnífico efecto que tiene sobre el pensamiento el hecho de permitir que el polvo, los árboles, la lluvia o las aves afecten los sentidos.

Si prestas atención, rodando aprenderás que, contrario a los argumentos de los necios, la verdadera medida de las cosas está en las revoluciones con las que habitamos este lugar y no en espejismos como el dinero o la elección de estilos de vida que inhiben las infinitas posibilidades del ser mediante las banalidades castrantes del tener. Por eso, ese gran escritor que fue Cortázar, decía que había que tener cuidado cuando te enrollas un reloj en la muñeca, pues cuando lo haces eres en realidad tú el que queda amarrado a su dictado.

La cadencia de tus ruedas te ayudará a descubrir en cambio que hay velocidades más amigables, como la del paso del caracol o la traslación de los girasoles, en las que es posible escapar de los ritmos frenéticos con que se mueven hoy los cuerpos y el juicio de las personas, para apreciar, en cambio, los detalles que la vida resguarda a ras de suelo. Dicen algunos ecólogos que somos descendientes de culturas que encontraron en el contacto estrecho con la tierra su más profundo sentido de identidad. A lo mejor por eso nos llegamos a sentir tan huérfanos cuando todo lo que nos rodea está hecho de concreto, y cuando, encima, nos encierran dentro de habitáculos motorizados que nos impiden sentir la tierra latiendo bajo las plantas de nuestros pies. A lo mejor pedalear es una forma de reducir el número de capas que nos separan de la naturaleza, una vía para aferrarnos al vínculo que une nuestro núcleo biológico con el medio que provee las posibilidades para su supervivencia.

Así, tu bicicleta desplegará sus poderes reconstituyentes de los tejidos en los que la vida germina y prospera pues el pedaleo es una buena vía para redimensionar la importancia de cosas que desde un volante han perdido su valor. En tiempos de calor intenso, confirmarás, por ejemplo, que las plantas y su sombra son seres que nos cuidan, y aprenderás a apreciar la gentileza de los árboles y a aquilatar su importancia en nuestro mundo para entender, como dijo alguna vez el poeta Pessoa, que el verde de sus copas es parte del rojo de nuestra sangre. Comprenderás, entonces, que defender la naturaleza es, en realidad, defendernos a nosotros mismos, y entenderás mejor los motivos que tienen para luchar esas personas que defienden a los ríos, a las selvas y a las montañas hasta dar incluso su vida por ellos.

Esa capacidad de sentir empatía se reforzará cada vez que caigas, porque sí, te caerás, y sabrás lo que es tener que seguir adelante con el dolor punzante a cuestas. Pero también verás que a menudo hay personas que están dispuestas a levantarte del suelo y a ayudarte a llegar a tu destino. Esto significa que tu bicicleta te ayudará también a acercarte a otros desde la humildad de quien sabe que puede llegar a necesitar ayuda, y, por tanto, dejando los prejuicios de lado. Si eres inteligente, verás que hay ahí, en las personas del camino, una puerta hacia otros mundos. Así, tu bicicleta te mostrará eso que afirmaba el infalible Galeano cuando escribió que el mundo no está hecho de átomos sino de historias, y te darás cuenta de que los viajes más bonitos no son siempre los que te llevan más lejos sino aquellos que te enseñan a ver las cosas con los ojos de otros.

Descubrirás, entonces, que tu bicicleta tiene una especie de pegamento para hacer amigos, y entenderás que la solidaridad es un ingrediente fundamental en los tiempos que corren, sobre todo cuando se está del lado de quienes son vulnerables, tal como lo estamos los ciclistas que a diario tenemos que lidiar con conductores furibundos e inconscientes para los que nuestra vida se encuentra un escalón debajo de la de ellos. Si agudizas tu mirada, verás que la normalización de ese tipo de injusticias es hoy la forma en que funciona una buena parte de nuestra vida cotidiana, en donde unos cuantos han aniquilado la imaginación de los demás para obligarnos a comer, a vivir, a vestir y a movernos no de la forma en que queremos sino en la forma en que nos dicen.

Como puedes ver, tu pedaleo puede llegar a convertirse también en un buen ejercicio intelectual, y tu bicicleta en una excelente herramienta para hacerle preguntas a la vida. Y por supuesto que no resolverá todos tus problemas, pero pondrá a tu disposición la posibilidad de escaparte, respirar y ver que el mundo tiene muchos caminos para elegir. A eso se le llama libertad, y te ofrecerá la posibilidad de que en un mundo que puede resultar de muchas maneras abrumador y amenazante, sea la curiosidad y no los miedos la brújula que guíe tus rutas.

Por eso no puedo esperar para verte encima del sillín de tu bicicleta, adiestrándote en su manejo, absorbiendo sus equilibrios y adueñándote poco a poco de tu entorno. Luego de eso ven, pedaleemos juntos hasta donde se acaban las calles, sigamos las veredas que se pierden entre los murmullos de los bosques, quiero mostrarte cómo el sol dibuja sobre las colinas los mapas que conducen al horizonte. Elige el que más te guste, suelta tus frenos y échate a rodar cuesta abajo, deja que el aire y la adrenalina te inunden. Ahora sabes que el propósito esencial de tu bicicleta es el de poner a tu disposición un inagotable reservorio de alegría, y de recordarte que, en contra de lo que te puedan llegar a decir quienes se toman demasiado a pecho la vida, la infancia nunca tiene necesariamente que acabar.


3 comentarios

Hugo de la Rosa 06/04/2026 at 21:37

Excelente texto nunca vi el empezar a rodar de esta manera

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Alejandro T. Chiprés 09/04/2026 at 21:35

¡Excelente manera de mantener y crear el gusto de rodar! ¡Muy bueno!

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Abril 09/05/2026 at 11:55
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