“Quizá la inteligencia no sea una sustancia única que pueda medirse en una escala, sino un conjunto de capacidades surgidas para resolver problemas diferentes”
Horacio Cano Camacho
Reporte Minoritario
Cuando mi perro Tilo ve a otro perro, sabe inmediatamente que hay alguien allí. Puede acercarse con curiosidad, olfatearlo, ladrarle, mostrarse inquieto o pasar de largo con absoluta indiferencia. Todo depende del animal, del momento y, supongo, de ese complejo sistema de simpatías y antipatías que también poseen los perros. A Tilo, por ejemplo, le cae mal el perro vecino y desconfía de las personas con gorra.
Algo semejante ocurre cuando ve un animal en la televisión. Si aparece un gato, un caballo, una vaca o, mejor aún, otro perro, se emociona. Se planta frente a la pantalla, ladra, mueve la cola y luego corre hacia nosotros para avisarnos que allí hay alguien. A veces incluso busca detrás del aparato, como si tratara de descubrir dónde se ha escondido aquella criatura que acaba de irrumpir en la sala.
Pero cuando se mira en un espejo, no ocurre nada o muy poco.
Puede pasar frente a su reflejo sin detenerse. No lo saluda, no le ladra, no intenta jugar con él ni parece preguntarse quién es ese perro que repite todos sus movimientos. Tampoco parece reconocerse en una fotografía. Para Tilo, su propia imagen carece de la realidad que sí atribuye a otros animales.
¿Significa esto que mi perro no tiene conciencia de sí mismo?
La respuesta no es tan sencilla. La famosa prueba del espejo ha sido utilizada para investigar si un animal reconoce que la imagen reflejada corresponde a su propio cuerpo. Algunas especies, como los chimpancés, los orangutanes, los delfines y los elefantes, han mostrado comportamientos que parecen indicar ese reconocimiento. Muchas otras, entre ellas los perros, no superan la prueba.
Sin embargo, el espejo es una prueba profundamente visual, diseñada por una especie -la nuestra-, que concede enorme importancia a la apariencia. Nosotros nos reconocemos por el rostro, la forma del cuerpo, la ropa y los gestos. El mundo de Tilo, en cambio, está construido sobre todo con olores.
Tal vez su verdadero espejo no sea una superficie de cristal, sino un rastro en el suelo, la marca que dejó sobre un árbol o el olor de su propia cama. Un perro podría no reconocerse visualmente y, sin embargo, distinguir perfectamente entre su olor y el de los demás. Podría saber qué cuerpo le pertenece sin tener una imagen de sí mismo.
Esto nos obliga a separar conceptos que solemos utilizar como si fueran equivalentes. Una cosa es percibir; otra, aprender. Una cosa es resolver problemas; otra, experimentar el mundo. Y otra, todavía más difícil, es saber que uno mismo es quien está teniendo esa experiencia.
Inteligencia, conciencia y autoconciencia no son necesariamente lo mismo.
Tilo es inteligente. Lo sé -o creo saberlo-, no porque pueda resolver ecuaciones ni construir herramientas, sino porque desea cosas y se afana por conseguirlas. Cuando su pelota rueda debajo de un mueble observa, mete una pata, cambia de posición e intenta alcanzarla con el hocico. Si nada funciona, nos busca. Alterna la mirada entre nosotros y el lugar donde ha quedado atrapado su juguete. No puede explicarnos el problema, pero consigue incorporarnos a su solución.
No observamos una respuesta aislada, sino una intención sostenida. La pelota continúa importándole después de que el primer intento fracasa. Tilo cambia de estrategia y parece distinguir entre lo que puede hacer solo y aquello para lo que necesita nuestra intervención.
Eso no demuestra que piense mediante una frase como: «No puedo sacar la pelota; pediré ayuda a Horacio». Pero tampoco es necesario. Su pensamiento probablemente está formado por olores, imágenes, expectativas, impulsos, emociones y recuerdos corporales, no por un monólogo interior semejante al nuestro.
Nosotros lo miramos y tenemos la poderosa intuición de que allí hay alguien. No solamente un cuerpo que responde a estímulos, sino un individuo que quiere, recuerda, anticipa, se frustra y confía en que comprenderemos su petición. Tal vez nos equivoquemos al imaginar cómo piensa, pero resulta difícil contemplar esa perseverancia y reducirla a una sucesión mecánica de respuestas.
Frente a una inteligencia artificial ocurre algo extraño: posee el lenguaje que le falta a Tilo. Puede explicar un problema, describir sus propios procesos e incluso hablar de deseos, miedo, memoria o conciencia. Los sistemas actuales escriben textos, producen imágenes, traducen idiomas y responden preguntas con una fluidez que hace apenas unos años habría parecido fantástica.
Pero, ¿entienden lo que hacen?
Una calculadora resuelve operaciones mejor y más rápido que nosotros, pero nadie supone que comprenda los números. Un programa puede vencer al campeón mundial de ajedrez sin saber qué es un tablero, qué significa competir ni por qué una derrota puede doler. Del mismo modo, cuando una inteligencia artificial escribe «yo pienso», «yo recuerdo» o «yo siento», no sabemos si existe alguien detrás de esas palabras o únicamente un sistema capaz de producir la respuesta más adecuada o probable.
La comparación con Tilo resulta casi inversa. Mi perro probablemente siente, desea, teme, recuerda y reconoce a quienes formamos parte de su mundo, aunque no pueda decirlo ni identificarse frente a un espejo. Una inteligencia artificial, en cambio, puede hablar extensamente sobre sí misma, pero eso no demuestra que exista una experiencia detrás de sus afirmaciones.
Tilo no puede decirme que tiene conciencia. Una máquina puede decirlo sin tenerla.
Tal vez el problema comienza en el nombre. Llamamos inteligencia artificial a sistemas que ejecutan tareas relacionadas con el lenguaje, la clasificación, el cálculo y la predicción. Pero usamos la misma palabra -inteligencia-, para referirnos a la capacidad de un pulpo para resolver un problema, de un cuervo para fabricar una herramienta, de un elefante para reconocer a un compañero y de una persona para preguntarse quién es.
¿Estamos hablando realmente de la misma cosa?
Quizá la inteligencia no sea una sustancia única que pueda medirse en una escala, sino un conjunto de capacidades surgidas para resolver problemas diferentes. La inteligencia de Tilo está ligada a su nariz, a su cuerpo, a sus emociones, a su historia y a la relación que mantiene con nosotros. La de una máquina está construida con datos, operaciones matemáticas y patrones estadísticos.
Ambas pueden responder al mundo, pero no sabemos si ambas lo habitan.
Tal vez a la inteligencia artificial le falta un cuerpo, aunque no solamente un cuerpo entendido como una carcasa provista de cámaras, sensores y extremidades. Podría faltarle un cuerpo vivido: capaz de cansarse, lastimarse, sentir miedo, necesitar compañía, desear algo y experimentar su pérdida.
La pelota importa para Tilo. No es solamente un objeto identificado correctamente, sino algo que desea, busca y puede perder. Su cuerpo convierte al mundo en un territorio de cosas agradables, peligrosas, necesarias o indiferentes. Para él, algo está siempre en juego.
Una máquina puede decirnos que quiere recuperar la pelota. Puede describir la frustración de perderla y la alegría de encontrarla. Pero no sabemos si existe para ella una pelota, un deseo, una frustración ni un mundo más allá de las palabras.
Por eso, antes de preguntarnos si las máquinas llegarán algún día a ser más inteligentes que nosotros, convendría formular una pregunta anterior y mucho más difícil: ¿la inteligencia consiste únicamente en encontrar una respuesta adecuada o exige que exista alguien para quien esa respuesta tenga sentido?
Tal vez Tilo, indiferente ante su reflejo y obstinado frente a la pelota perdida, pueda ayudarnos a encontrar una respuesta.


