“El supuesto suicidio de Arnault Leclerc es apenas el descorche. Lo verdaderamente oscuro llevaba años fermentando”
Horacio Cano Camacho
Zona Oscura
Hay cadáveres que no huelen a pólvora, ni a sangre, ni a callejón mojado. Algunos huelen a roble francés, a fruta madura, a tierra húmeda, a copa recién servida. Hay crímenes que no nacen en una cantina miserable ni en un barrio sin luz, sino en salones impecables, entre apellidos antiguos, bodegas legendarias y etiquetas diseñadas para sugerir que allí todo es cultura, paciencia y buen gusto.
Pero ya lo sabemos: la novela negra desconfía de los lugares demasiado elegantes.
Durante mucho tiempo pensamos que el género negro pertenecía casi por completo a la ciudad. Sus territorios naturales parecían ser las avenidas sucias, los hoteles baratos, los bares con mala iluminación, las oficinas policiales llenas de humo, los callejones, el tráfico, la prostitución, la corrupción y esa multitud anónima donde cualquiera podía esconder una culpa. El crimen necesitaba concreto, ruido, patrullas, periódicos de la mañana y detectives cansados de mirar siempre lo peor de la condición humana.
Ese fue el gran paisaje de la novela negra clásica: la ciudad como una máquina moral descompuesta. Allí se movían delincuentes, policías, periodistas, justicieros y sobrevivientes. Pero pronto quedó claro que la ambición humana no necesita asfalto para prosperar. Puede crecer en cualquier parte. En una oficina, en un estadio, en una cocina, en un laboratorio, en una iglesia, en una pasarela, en un despacho de arquitectos o en una bodega donde se producen vinos carísimos.
Manuel Vázquez Montalbán, ese enorme renovador del género, lo entendió muy bien. Con Carvalho metió en la novela negra la política, el fútbol, la comida, la cultura, el desencanto y esa certeza incómoda de que detrás de cada mesa bien servida podía esconderse una coartada. Desde entonces, el género se abrió como una mancha de tinta. La novela negra dejó de ser solo una persecución entre criminales y policías para convertirse en una manera de mirar el mundo: allí donde hay prestigio, dinero, deseo, poder o miedo, puede aparecer un cadáver.

En esta Zona Oscura hemos reseñado novelas negras ligadas a la arquitectura, al campo, al deporte, a la cocina, a la moda, a los perfumes y hasta a la ciencia. Cada una confirma lo mismo: el crimen es un gran revelador. Cambia el escenario, cambian los uniformes, cambian las palabras técnicas, pero el fondo suele ser el mismo. Alguien quiere más de lo que tiene. Alguien sabe algo que no debería saber. Alguien estorba.
Hoy toca entrar al mundo del vino.
Y conviene hacerlo sin demasiada inocencia. Porque pocas industrias han construido una imagen tan perfecta de sí mismas. El vino parece pertenecer al reino del placer civilizado: viñedos bañados por una luz dorada, bodegas silenciosas, barricas de roble, copas finas, aromas complejos, críticos solemnes, apellidos antiguos y etiquetas que prometen tradición, elegancia y una larga conversación con la tierra.
Pero donde hay prestigio también hay competencia. Donde hay competencia, envidias. Donde hay fortunas, herencias. Donde hay linajes, secretos. El vino puede hablar de clima, paciencia, oficio y cultura, por supuesto; pero también puede hablar de fraude, ambición, resentimiento y muerte.
Ese es el territorio que explora Pepe Müller en Tierra roja (Plaza & Janés, 2026), su segunda novela: un thriller que no utiliza el mundo del vino como simple mantel elegante para colocar encima una historia criminal. Müller no pone unas cuantas botellas sobre la mesa para perfumar la trama. Se mete en las bodegas, en los viñedos, en las catas, en los críticos, en las familias, en el negocio y en esa maquinaria de prestigio donde una calificación puede elevar una cosecha al cielo o hundir una reputación construida durante generaciones.
La novela arranca con una muerte demasiado perfecta para ser verdad. Arnault Leclerc, propietario de la legendaria bodega bordelesa Château Marchant, aparece colgado en la habitación de un hotel en Washington justo el día en que debía recibir un homenaje por el éxito de sus vinos. Todo parece indicar un suicidio. Tragedia íntima, silencio respetuoso, explicación conveniente. Casi se puede escuchar el portazo institucional: no hay nada más que ver, circulen, dejen descansar al muerto.
Pero en la novela negra las explicaciones demasiado limpias siempre ensucian algo.
La encargada de sospechar es Cristina Castillo, periodista especializada y editora de un importante diario de La Rioja. No es detective privada, no es policía, no carga una pistola ni presume de cinismo profesional. Su herramienta es más peligrosa: la pregunta. Cristina mira donde otros prefieren brindar, escucha donde otros callan y empieza a tirar del hilo justo cuando todos quisieran cortar la historia de raíz.
Y ese gesto, tan simple y tan incómodo, la conduce a una red de intereses donde cada copa puede esconder una mentira y cada bodega puede guardar un cadáver simbólico o literal. Cristina entra en un territorio cerrado, casi aristocrático, donde el vino no es solo una bebida, sino una forma de poder. En ese mundo, una botella puede valer una fortuna, una etiqueta puede sostener un imperio familiar, una crítica puede destruir años de trabajo y un apellido puede pesar más que cualquier prueba.
Uno de los grandes aciertos de Tierra roja es precisamente ese maridaje entre intriga criminal y cultura vinícola. Pepe Müller conoce el terreno que pisa y eso se nota. Las bodegas, los viñedos, las catas, los críticos, las dinastías familiares y la obsesión por la excelencia no aparecen como adornos para vestir de gala una trama policiaca. Forman parte del mecanismo del misterio. El vino, aquí, no acompaña la historia: la empuja, la mancha, la oscurece.
La novela se mueve entre Burdeos y La Rioja, dos geografías que funcionan también como paisajes morales. Burdeos aporta el peso de las grandes casas, la solemnidad casi nobiliaria de las bodegas legendarias, esa sensación de que cada pared guarda una historia que nadie quiere contar completa. La Rioja introduce otra temperatura: más cercana, más reconocible para el lector hispano, pero igualmente atravesada por rivalidades, orgullos familiares, prestigios y heridas antiguas. Entre ambas regiones, Müller construye un thriller que avanza con pulso periodístico y con una sospecha constante: bajo esa tierra roja, fértil, trabajada y venerada, puede haber algo enterrado desde hace demasiado tiempo.
También resulta interesante que el autor venga de un territorio poco común para la novela negra: la ingeniería química y la pasión por la enología. Esa mezcla se nota en la precisión con que se acerca al vino. Hay conocimiento técnico, pero no pedantería. Hay lenguaje especializado, pero no una exhibición gratuita de saberes. Cuando la novela funciona mejor, aprendemos sin sentir que nos han sentado en una clase. Entramos poco a poco en ese universo de aromas, texturas, cosechas, terroirs y prestigios, mientras por debajo empieza a crecer una amenaza mucho menos elegante.

Cristina Castillo sostiene buena parte de esa tensión porque su mirada permite entrar al mundo del vino sin quedar deslumbrados por él. Conoce las reglas, pero no se deja hipnotizar por la etiqueta. Entiende la liturgia de las bodegas, pero sabe que toda liturgia también puede servir para ocultar. Y esa es una de las ideas más atractivas de la novela: la elegancia, cuando se defiende con demasiada ferocidad, empieza a parecerse mucho al miedo.
Tierra roja pertenece a esa clase de novelas negras que entienden que el crimen rara vez empieza con un cadáver. Antes hubo silencios, privilegios, resentimientos, deudas, humillaciones, pactos secretos y verdades cuidadosamente embotelladas. El supuesto suicidio de Arnault Leclerc es apenas el descorche. Lo verdaderamente oscuro llevaba años fermentando.
Y quizá allí está el filo de la novela: en recordarnos que ningún mundo es tan refinado como presume. La novela negra siempre gana cuando se atreve a entrar en un universo concreto y lo ilumina desde dentro: hospitales, tribunales, periódicos, puertos, universidades, laboratorios o, como aquí, bodegas. Porque el crimen, cuando está bien contado, no solo revela quién mató; revela cómo funciona una comunidad, qué protege, qué esconde y cuánto está dispuesta a sacrificar para conservar intacto su prestigio.
Con Tierra roja, Pepe Müller ofrece un thriller de aromas intensos: vino, muerte, linajes, ambición y una periodista dispuesta a descubrir qué se esconde detrás de tanta copa levantada y tanta etiqueta impecable. Una novela para leerse con gusto, quizá con una copa cerca, pero sin ingenuidad. Porque después de sus páginas uno entiende que también en los lugares más exquisitos puede respirarse el olor agrio de la podredumbre.
Después de todo, el crimen también se sirve en copa fina.
No se lo pierda.
Ilustración portada: Reco


