Regla de Tres

Silvia Becerra, la cumbia villera desde R-zarpado-2


R-Zarpa-2 es una banda conformada solo por hombres, y eso también implica enfrentar ciertos imaginarios sobre el papel de las mujeres dentro de estos espacios

Aunque la ciudad de León, Guanajuato se erija como un antiguo y moderno bastión del conservadurismo más severo, su embrutecida tarea por enmascarar esta falsa filosofía política, la ha llevado a consolarse en la negación de lo que es: una ciudad industrialmente fallida por sus incontables crisis que se viven a nivel social.

Para quienes hemos vivido ahí no nos es desconocido las picas ilegales; la explotación infantil; la abundante droga que circula en las fábricas; la carroñería política que, hoy por hoy, ya no se pinta de color azul; los devotos al alza de la santa muerte en una ciudad fundada sobre el lomo de un mártir católico; la vanagloriada discriminación dirigida a prietas y prietos por los ojos verdes como “auténticos leoneses”; las fosas clandestinas en Barrancas de Venaderos y Los Castillos; en fin, conocemos crimen y pluriculturalidad por igual.

Asimismo, en esa absurda encomienda de negar sus errores, han querido invisibilizar y desconocer su identidad, y que en los barrios que conforman esta ciudad: Del Carmen, Cerro Gordo, Coecillo, San Juan Bosco y San Miguel, lo que impera culturalmente, no es la sexta de Ludwig van Beethoven, ni los corridos de Antonio Pérez, lo que predomina es la música cumbia.

Durante mi estancia de más de tres años en esta ciudad, me percaté de esa pasión musical, particularmente de la cumbia sonidera. Al inicio creí que su arraigo provenía de su alineación futbolera, un equipo con ocho títulos de liga y múltiples copas, pero craso error, aquella cumbia se respiraba en las colonias populares más antiguas, en sus mercados, en la periferia, en su transporte público, en las escuelas, en sus estaciones de radio local e incluso, en las dinámicas de juegos infantiles.

Y justo, en este contexto, un tanto caótico, pero también con los elementos predispuestos, conocí a Silvia Fabiola Mares Becerra, integrante del grupo de cumbia villera, R-zarpado-2, donde lidera el octapad, un instrumento que le ha permitido conectar profundamente con la música y, especialmente, con este tipo de cumbia.

Además de esta trayectoria musical, es licenciada en Trabajo Social, profesión desde la que acompaña procesos individuales y comunitarios, principalmente con niñeces y adolescencias atravesadas por contextos de desigualdad y violencia.

Su experiencia reúne dos espacios que dialogan constantemente entre sí: la música y el trabajo social. Ambos representan formas de encuentro, expresión y construcción colectiva, donde el arte también puede convertirse en una herramienta para acompañar, resistir y crear comunidad.

Y que mejor, que alguien originaria del barrio de Los Olivos, mismo barrio donde otras y otros han crecido escuchado a sonideros tan aclamados como La Cumbita, El Panther y El Cremas, para que relate su experiencia con tal género desde su perspectiva.

Alfredo Barriga (AB): Silvia, primero que nada, muchas gracias por aceptar la entrevista. Cuéntame, ¿quiénes son Re zarpados? Básicamente, quiénes conforman la agrupación, desde cuándo y un poquito de su trayectoria.

Silvia (S): R-Zarpados es una agrupación de cumbia villera de León conformada actualmente por 10 músicos. La banda está integrada por Friki (trombón), Kuchu (trombón), Fren (trompeta); Bare (guiro y voz), Frank (bajo), Panda (teclado), Kike (guitarra), Dippy (timbales), Win (vocalista principal) y yo, en el octapad.

La banda inició en el mes de abril del 2024, principalmente con los tres metales y el timbalero, quienes anteriormente habían intentado formar un proyecto con otras personas, pero varios dejaron de asistir a los ensayos. A pesar de eso, ellos tenían muchas ganas de seguir haciendo música y continuar conviviendo entre sí desde ese espacio que ya compartían.

Con el tiempo comenzaron a invitar a otros músicos hasta ir formando poco a poco la agrupación que ahora es R-Zarpados. Varias de las personas que integran la banda ya tenían experiencia previa en otros proyectos de cumbia villera, ska, reggae y punk dentro de la escena local, por lo que el grupo también reúne distintas trayectorias y formas de vivir este género musical.

Desde entonces, la agrupación ha participado en diferentes toquines y eventos, tocando en distintos municipios de Guanajuato, así como en bares de León, fiestas privadas, ferias y festivales. Poco a poco, la banda ha ido consolidando un espacio dentro de la escena local de la cumbia villera.

Algo que también caracteriza al grupo es que no solo somos músicos; cada integrante se dedica a otras actividades y trabajos fuera de la banda. La música forma parte importante de nuestras vidas, pero también convivimos con otras responsabilidades y espacios personales. Aun así, compartimos el gusto por la cumbia villera, por el ritmo y por el ambiente que se genera alrededor de este género.

AB: ¿Cómo fue tu proceso de entrada a la cumbia villera y qué significó para ti ocupar ese espacio siendo mujer en una ciudad tan conservadora como León?

S: Conocí la cumbia villera en Guadalajara, ya que hace unos 12 años viajaba con mucha frecuencia a esa ciudad y, durante esas visitas, acudí a algunos toquines. Sin embargo, la cumbia siempre ha estado presente en mi vida: cuando era niña, mi papá escuchaba grupos como Los Ángeles Azules y Ángeles de Charly, son recuerdos muy presentes en mi vida.

Mi acercamiento a la música comenzó principalmente desde el baile, porque siempre me ha gustado bailar todo tipo de géneros. Antes de entrar a la universidad estuve en clases de trombón, pero por tiempo no pude concluir y continuar, aun así, seguía con la espinita de poder aprender a tocar un instrumento musical. Más adelante, cuando conocí a mi ahora esposo, empecé a tener contacto con la música de una manera distinta. Él, al ser músico, intentaba enseñarme a tocar el teclado, aunque yo me desesperaba con facilidad.

Después, cuando comenzó a involucrarse en la cumbia, empecé a acompañarlo a las tocadas. Eso me permitió observar cómo se ensamblaba una banda, cómo cada instrumento se integraba con los demás, y todo ese proceso me parecía muy interesante. Con el tiempo, mi esposo, incluso, comenzó a preguntarme si se escuchaba bien su instrumento o el de los demás, haciéndome parte también de esa experiencia musical (no sé si él era consciente de esto).

Cuando él inició en R-zarpa-2, me emocioné mucho porque algunos de los músicos habían formado parte de otra banda que fue de las primeras en tocar cumbia villera en León. Ellos eran un referente para mí dentro de este género.

Comencé a acompañarlo a los toquines y hacía lo mismo de siempre: observar, escuchar y decirle si los instrumentos se escuchaban bien o no. Creo que verlo integrarse a R-zarpa-2 me volvió a conectar con este género que siempre me había gustado, pero que antes no tenía con quién compartir. Entonces, nuestra vida juntos empezó a llenarse de canciones de cumbia villera que hacía años no escuchaba.

Recuerdo que en diciembre de 2024 compré mi octapad con casi todo mi aguinaldo. En ese momento decidí que quería aprender a tocar. Para mí, el octapad es un instrumento que le da muchísimo estilo a la cumbia villera y siempre me impactaba todos los sonidos que se podían generar en él. Empecé viendo videos en YouTube, comparando sonidos y practicando con ayuda de mi esposo, aunque él no sabía mucho de este instrumento.

La verdad, al principio me costó mucho trabajo porque no entendía varias cosas. Yo pensaba que tocar sería casi igual que bailar, pero descubrí que no era así. Aprender a tocar implicaba escuchar de otra manera, coordinarme y entender ritmos desde un lugar completamente distinto.

Me integré a R-Zarpa-2 en enero 2025 (es la primera vez que estoy en una banda) y tuve mi primera presentación en febrero del mismo año. Desde entonces he seguido tocando con la banda. Aunque al inicio se me complicó, el acompañamiento y el apoyo de mi esposo hicieron que me fuera más fácil incluirme y sentirme parte del grupo.

Recuerdo que, cuando buscaba videos para aprender a tocar el octapad, encontré muy pocos en los que aparecieran mujeres, y dentro de la cumbia villera aún menos. Creo que eso también refleja el lugar que seguimos ocupando muchas mujeres dentro de la música: por lo regular, somos vistas principalmente como cantantes o bailarinas, pero pocas veces como instrumentistas. Además, R-Zarpa-2 es una banda conformada solo por hombres, y eso también implica enfrentar ciertos imaginarios sobre el papel de las mujeres dentro de estos espacios.

Muchas veces, desde fuera, el lugar de “la esposa” suele ser únicamente acompañar a los músicos a los toquines, no formar parte de la banda. Yo pasé de acompañar a mi esposo a tocar junto a él, y ese cambio también ha sido complejo. Cargar con el estereotipo de que entré a la banda solo por ser “la esposa de tal” llega a ser incómodo y, en ocasiones, sí me ha hecho sentir mal.

Sin embargo, más allá de esa mirada, mi interés por aprender y tocar nació de un gusto genuino por la música y por la cumbia villera. Ha sido un proceso de aprendizaje, esfuerzo y constancia, en el que poco a poco he ido encontrando mi propio lugar dentro de la banda y dentro de la música.

AB: Desde el feminismo se plantea que la música popular es un espacio de construcción de identidades, ¿cómo influye la cumbia villera en tu forma de verte y expresarte?

S: La cumbia villera no necesariamente ha cambiado mi forma de verme, sino que me ha permitido sentirme en un espacio donde puedo ser yo misma. Más que influir en mi identidad, siento que me dio un lugar donde puedo expresarme, tanto en la música como en la forma en la que convivo y comparto con otras personas.

Dentro de este género encontré algo con lo que ya conectaba desde antes: el baile, la música y una manera muy auténtica de vivirla. Además, tocar en una banda me permitió habitar ese espacio desde otro lugar, no solo como espectadora, sino también como música. Creo que ahí es donde más me reconozco: en la posibilidad de disfrutar, expresarme y sentirirme cómoda siendo quien soy.

Aunque también hay momentos en los que me siento conflictuada, porque mi forma de expresarme llega a ser mal vista por algunos hombres tanto músicos como espectadores. A veces parece que existen ciertas ideas sobre cómo debería comportarse una mujer dentro de estos espacios.

También creo que influye el hecho de que no cumplo con un canon de belleza socialmente aceptado. Muchas veces pareciera que las mujeres dentro de la música solo son más fácilmente aceptadas si encajan en ciertas expectativas físicas o estéticas. Entonces, ocupar un espacio como música, desde mi propia forma de verme y habitarme, también ha significado enfrentar miradas, comentarios o prejuicios. Creo que parte de mi experiencia en la cumbia villera ha sido justamente aprender a sostener mi lugar y mi forma de ser, incluso frente a esas miradas.

AB: La cumbia villera ha sido criticada por reproducir estereotipos de género, ¿cómo negocias o cuestionas esos discursos dentro de tu grupo?

S:He pasado por un proceso importante dentro de la banda y en la forma en la que me posiciono frente a ciertas actitudes o discursos. Al inicio, muchas veces no decía nada, aunque hubiera cosas que me molestaran o me hicieran sentir incómoda. Creo que parte de ese proceso también tuvo que ver con que, desde hacía mucho tiempo, no habitaba un espacio conformado casi únicamente por hombres. Volver a estar en una dinámica así me hizo confrontarme con ciertas formas de relacionarme, comunicarme y posicionarme dentro del grupo.

Con el tiempo entendí que también era importante sostener la perspectiva desde donde miro las cosas, permitirme sentir molestia y, sobre todo, expresar de frente aquello que me parece mal.

Recuerdo que cuando recién entré a la banda, ni siquiera me volteaban a ver para hablarme directamente; parecía que daban los recados a mi esposo para que él me los hiciera llegar a mí. Eso me hizo sentir invisibilizada. En algún momento lo hablé y lo hice saber y pudimos resolverlo.

Para las mujeres es complejo habitar estos espacios porque constantemente una tiene que negociar cómo posicionarse frente a dinámicas muy normalizadas entre hombres. Pero también he aprendido a repensar mis batallas. Yo no estoy ahí para educar hombres ni para cambiar la forma en la que piensan o actúan.

Estar en una banda siendo mujer implica justamente negociar todo el tiempo entre disfrutar el lugar que habitas y, al mismo tiempo, defender tu espacio dentro de él. Es aprender a convivir con esas contradicciones sin dejar de cuestionarlas.

A veces significa decidir cuándo hablar, cuándo poner límites o cuándo expresar incomodidad frente a ciertas situaciones. Sin embargo, sí creo que puedo dejar algo desde mi experiencia, desde lo que sé y desde la manera en la que me posiciono.

AB: ¿Consideras que tu participación en el grupo es una forma de agencia o resistencia dentro de un entorno musical predominantemente masculino? ¿Por qué?

S: Sí, considero que mi participación dentro del grupo puede ser una forma de agencia y también de resistencia, porque, como he comentado, pareciera que las mujeres tenemos menos espacio dentro de la música, especialmente en ciertos géneros.

Muchas veces los lugares para las mujeres dentro de las bandas parecen estar limitados a cantar, bailar o acompañar, pero no necesariamente a tocar o formar parte activa de la construcción musical. En mi caso, integrarme a la banda, aprender a tocar el octapad y mantenerme ahí ha implicado ocupar un espacio que tradicionalmente ha sido más reconocido para los hombres.

También creo que hay una forma de resistencia en permitirme estar ahí siendo quien soy, sin cumplir necesariamente con ciertas expectativas sobre cómo debe verse o comportarse una mujer dentro de estos espacios. Para mí ha significado aprender a sostener mi presencia, mi voz y mi forma de expresarme, incluso cuando eso puede generar incomodidad o cuestionamientos.

Más que pensarme como alguien que quiere cambiar todo el entorno, creo que mi presencia también abre la posibilidad de que otras mujeres se imaginen habitando estos espacios desde otros lugares. A mí me pasó que casi no veía mujeres tocando octapad o participando en la cumbia villera, y creo que ocupar ese lugar también tiene un valor simbólico.

AB:¿Qué papel juegan tu cuerpo, tu imagen y tu voz o instrumento en el escenario desde una perspectiva feminista?

S: Creo que tocar me ha permitido relacionarme con mi cuerpo desde otro lugar, no solo desde cómo es observado, sino desde lo que puede crear, sostener y transmitir arriba del escenario. A veces el escenario también puede ser un espacio vulnerable, porque una está expuesta a muchas miradas y juicios, pero al mismo tiempo ha sido un lugar donde he encontrado seguridad, disfrute y libertad.

Dentro de la cumbia villera, muchas veces las mujeres han sido colocadas más desde lo visual o desde la sexualización que desde lo musical. Por eso, para mí, tocar el octapad también significa ocupar un espacio distinto, donde mi presencia no se reduce solamente a mi cuerpo o imagen, sino también a lo que puedo aportar musicalmente dentro de la banda.

Para mí, habitar la cumbia villera desde una perspectiva crítica no significa dejar de disfrutarla, sino permitirme vivirla reconociendo también aquello que pienso que debería transformarse. Creo que parte de mi proceso ha sido entender que puedo amar este género y al mismo tiempo cuestionar cosas dentro de él

También creo que estar en el escenario representa la posibilidad de construir y sostener un espacio con el que soñé desde hace muchos años. Durante mucho tiempo quise formar parte de algo así, pero por distintas circunstancias no lo había logrado. Entonces, hoy poder tocar, estar en una banda y habitar este espacio desde quien soy, también tiene un significado muy personal y emocional para mí.

AB: ¿crees que la cumbia villera puede transformarse en un espacio más inclusivo?

S:Sí, creo que la cumbia villera puede transformarse en un espacio más inclusivo, aunque pienso que es un proceso que todavía requiere muchos cambios. Como en otros géneros musicales, siguen existiendo dinámicas muy marcadas por los hombres, tanto en la manera en la que se organizan las bandas como en los espacios que ocupan las mujeres dentro de ellas.

Sin embargo, también creo que poco a poco empiezan a abrirse otras posibilidades. Cada vez hay más mujeres interesadas en tocar instrumentos, producir música o participar desde lugares distintos a los que tradicionalmente se nos han asignado. Pienso que la inclusión también comienza cuando las mujeres podemos habitar estos espacios con mayor libertad y reconocimiento, sin tener que demostrar constantemente que pertenecemos ahí.

Para mí, algo importante es que existan más referentes y más apertura dentro de las bandas y de la escena en general. A veces, el simple hecho de ver a otra mujer tocando o posicionándose de manera distinta puede hacer que otras también se imaginen ocupando esos lugares. Creo que la cumbia villera sí puede transformarse, pero eso implica cuestionar ciertas prácticas, escuchar otras experiencias y permitir formas más diversas de vivir la música.

AB: ¿Qué retos has enfrentado como mujer dentro de la escena de la cumbia villera en León, Guanajuato?

S: Creo que uno de los mayores retos ha sido sentir que constantemente tengo que validar mi lugar dentro de la escena. Muchas veces, cuando eres mujer en un espacio musical tan masculinizado, pareciera que primero tienes que demostrar que realmente sabes, que sí puedes tocar o que sí perteneces ahí.

También me he enfrentado a ciertas formas de invisibilización que a veces son muy sutiles, pero que terminan pesando. Desde asumir que estoy en la banda solo por mi relación de pareja, hasta notar que algunas opiniones o formas de expresarme pueden ser tomadas de manera distinta por el hecho de ser mujer.

Además, siento que existe una presión muy fuerte sobre cómo debe verse una mujer dentro de estos espacios. A veces pareciera que, para ser aceptada, una también tiene que cumplir con ciertos estándares de belleza, como si además de tocar hubiera que ser “bonita” para estar ahí. Y cuando no encajas en esos cánones socialmente aceptados, también aparecen juicios, miradas o formas distintas de tratarte.

Otro reto importante ha sido aprender a habitar un espacio integrado casi completamente por hombres después de mucho tiempo de no estar en dinámicas así. Eso implicó para mí reconocer cuándo algo me incomodaba, permitirme sentir molestia y aprender a poner límites o expresar desacuerdos de manera más directa.

Además, dentro de la cumbia villera en León no es tan común ver mujeres, eso también genera una sensación de estar ocupando un lugar donde todavía hay pocos referentes femeninos. A veces una puede sentirse observada o cuestionada de maneras que probablemente no ocurren con los hombres.

Aun así, también creo que todos esos retos me han permitido fortalecer mi seguridad y encontrar una forma propia de estar dentro de la música, desde mi autenticidad y desde el gusto genuino que tengo por la cumbia villera.

AB: ¿Cómo percibes la respuesta del público femenino ante tu participación en el grupo?

S: He percibido una respuesta muy bonita por parte de algunas mujeres del público. Varias chavas se han acercado conmigo para decirme que les parece muy chido ver a otra mujer tocando dentro de la banda, y algunas incluso se sorprenden porque no es tan común ver mujeres dentro de la cumbia villera.

Muchas también me felicitan o me alientan, y eso para mí ha sido muy significativo. Creo que, de cierta forma, existe identificación al ver a otra mujer ocupando un espacio que normalmente ha sido más visible para los hombres.

Esos comentarios me hacen pensar en la importancia de la representación dentro de la música. A veces, algo tan sencillo como ver a otra mujer arriba del escenario puede hacer que otras también se imaginen ahí, tocando, aprendiendo o formando parte de una banda. Y aunque yo inicié este proceso por gusto personal y por mi interés en la música, también entiendo que mi presencia dentro del grupo puede tener un impacto simbólico para otras mujeres.

AB: Por último, querida Silvia, ¿Qué cambios te gustaría ver en la cumbia villera para que sea más equitativa en términos de género?

S: Me gustaría que hubiera más apertura y más espacios para las mujeres dentro de la cumbia villera, no solo como cantantes o bailarinas, sino también como instrumentistas, productoras, sonidistas o tomando decisiones dentro de las bandas y de la escena musical.

Es importante cuestionar ciertas actitudes o dinámicas que siguen muy normalizadas entre hombres y que a veces hacen que las mujeres tengamos que esforzarnos más para sentir que pertenecemos a estos espacios. Me gustaría que no se asumiera automáticamente que una mujer está ahí solo por acompañar a alguien o por su relación con un hombre, sino que también se reconociera nuestro trabajo, aprendizaje y capacidad musical.

Debería cambiar muchos comentarios machistas y ciertas actitudes pasivo agresivas que a veces existen dentro de estos espacios. En ocasiones son cosas que parecen pequeñas o normales, pero que terminan haciendo sentir incómodas, minimizadas o fuera de lugar a las mujeres. Pienso que generar espacios más equitativos también implica revisar la manera en la que se convive y se trata a las mujeres dentro de las bandas y de la escena en general.

Otro aspecto que me gustaría cuestionar son algunas letras de las canciones y muchos de los videos dentro de la cumbia villera, porque frecuentemente siguen reproduciendo ideas sexistas sobre las mujeres. Muchas veces se nos representa únicamente desde la sexualización, los celos, la infidelidad o como un objeto alrededor de los hombres y los músicos. Es urgente dejar de representar a las mujeres únicamente desde ciertos estereotipos. Creo que sería importante construir otras narrativas donde las mujeres aparezcamos desde lugares más diversos y humanos.

Algo fundamental sería que existieran más referentes femeninos dentro de la cumbia villera. Cuando una ve a otras mujeres ocupando estos espacios, también se vuelve más fácil imaginarse ahí. Pienso que mientras más mujeres participen y sean visibles dentro de la escena, más posibilidades habrá de construir un ambiente más equitativo e inclusivo.

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