La muerte de la antropóloga mexicana es la muerte de un tiempo hoy casi desvanecido
David Ramos Castro
La Colmena Urbana
El 25 de abril desperté con la noticia de la muerte de la antropóloga Rossana Reguillo (Guadalajara, México, 1955), una triste noticia que, al menos para mí, era completamente inesperada. Rossana Reguillo no sólo fue una antropóloga social que resulta imprescindible para entender el discurrir de la antropología mexicana, sino que su obra es igualmente crucial para captar la importancia que tiene la investigación social y cultural latinoamericana con respecto a los temas y desafíos de nuestra época. Con ella se desvanece aún más un tiempo ya casi inexistente: el de contemporáneos como Carlos Monsiváis, Jesús Martín Barbero o Néstor García Canclini (aún vivo), entre otros. No es, por lo tanto, exagerado lo que escribió en X el también antropólogo Claudio Lomnitz, otra figura señera de nuestro tiempo, al enterarse de su deceso: «Ha muerto Rossana Reguillo, una de las mayores antropólogas que ha dado México. Lega para generaciones futuras una obra de gran inteligencia, y un ejemplo extraordinario de valentía, curiosidad, y vitalidad. Nos va a hacer mucha falta Rossana Reguillo. Que en paz descanse».
Además de licenciada y maestra en Comunicación, Rossana Reguillo era doctora en Antropología social por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS). En sus comienzos, investigó las consecuencias sociales del terremoto de México de 1985 y la violenta situación de los jóvenes de las bandas barriales. Posteriormente, volvería a analizar los efectos sociales de otra tragedia: la de las explosiones de gasolina ocurridas en el alcantarillado de la ciudad de Guadalajara en 1992, y desarrollaría una carrera dedicada a arrojar luz sobre temas más bien sombríos, como el de la violencia y la crueldad, pero siempre en contacto con su preocupación especial por la situación de la juventud, su sensibilidad por lo que acontecía en los escenarios urbanos y su gran curiosidad por lo femómenos sociales emergentes.
Como resultado, la antropóloga produjo una obra copiosa de libros y artículos que nos deja títulos referenciales como En la calle otra vez. Las bandas: identidad urbana y usos de la comunicación (ITESO, 1991); La construcción simbólica de la ciudad: sociedad, desastre, comunicación (Universidad Iberoamericana/ITESO, 1996); Culturas juveniles, Formas políticas del desencanto (Siglo XXI, 2012),o Necromáquina: cuando morir no es suficiente (Ned, 2021). Además, y como muestra de su atenta mirada a los nuevos fenómenos digitales y a su incidencia en la producción de subjetividades, conformó un equipo de trabajo que desembocó en la creación del laboratorio de investigación Signa_Lab (hoy en activo), el cual buscó entender el circuito de producción de discursos, imágenes y significados en el universo de las redes sociales. En este tiempo, el laboratorio no se ha salvado de la polémica, sobre todo al descubrir en 2019 el uso de una red de bots y trolls en favor del entonces presidente López Obrador. Pese a ello, Signa_Lab fue elegido en 2024 para seleccionar y procesar las preguntas de la ciudadanía a las candidatas durante el primer debate presidencial.
En una entrevista que pude hacerle a Rossana en 2023, la antropólga y académica mexicana mostró sin ambages su profunda preocupación por los derroteros del mundo: la polarización, el ascenso de la violencia que encarnaban personajes como Donald Trump o Jair Bolsonaro, la interminable crisis de desapariciones en México, los feminicidios, los juvenicidios y un largo y triste etcétera demostraban, a sus ojos, que se había roto el «pacto civilizatorio». Los sueños emergentes de una rebelión civil que ella misma había visto en las manifestaciones en Zucotti Park de 2011 parecían haber desaparecido. Las redes sociales, que en aquel momento habían servido en varios puntos del planeta para convocar a una masa activa y harta, un decenio más tarde abonaban la radicalidad de una multitud disgregada que, o bien se agazapaba en el anonimato de las redes, o bien aprovechaba la agresividad renacida de las proclamas ultraderechistas en todas sus variantes.
Unos meses después, Rossana Reguillo viajaba por primera vez a Coruña, una ciudad gallega del noroeste español, para impartir la conferencia inaugural en el Congreso Internacional de Antropología, organizado por la Asociación de Antropología del Estado Español con el lema de «¿No hay fronteras?». La había propuesto al comité organizador (del que yo también formaba parte) y serví luego de intermediario para lograr que aceptara, algo que no demoró en hacer, mostrando una generosa disponibilidad. En su exposición, la académica del ITESO habló de antropología, comunicación, de la importancia de lograr que la investigación se convirtiera en materia para las políticas públicas y la mejora de la vida social, pero también volvió a hablar de violencia y juventud, de una crueldad desenfrenada que se ensañaba con los cuerpos, los desmembraba y los hacía desaparecer: un mundo colonizado por una atroz «necromáquina» en el que, como expresaba el subtítulo de una de sus obras, ya ni siquiera bastaba con morir.
Su paso por A Coruña hizo que una parte de mí se sintiera especialmente orgullosa, no sólo por haber contribuido a que tal encuentro se hubiera producido, sino por lo que representaba personalmente para mí, pues, como hijo de la migración, y desdibujado por ella, me pareció un acto de justicia lograr que una antropóloga mexicana, que era a su vez hija de un exiliado republicano español, formara parte protagónica del congreso. Además, me pareció todavía más justo dar voz al pensamiento que se hacía en y desde Latinoamérica (continente en el que yo mismo había nacido y en el que de nuevo me encontraba ahora), y al que Europa se mostraba tantas veces y torpemente sorda. Pero, por último, era para mí una forma de reivindicar la liminalidad en la que de nuevo vivíamos muchos de nosotros, seres errantes expulsados por nuestros países y que, desde América Latina y otros lugares, volvíamos a ocupar la lejanía, a caballo entre el exilio y el trastierro. Sin embargo, aquellos días también dejaron en mí una impresión extraña, de un cierto sabor agridulce, de carencia.
Tengo la impresión de que la vida, larga o no, siempre nos parecerá corta, demasiado breve para entender el misterioso don que nos regala la presencia o el arrebatado golpe que, por el contrario, nos impone una ausencia inesperada. Volví a pensar en ello al despertarme este sábado y entererame de la triste noticia. Me di cuenta, entonces, de que aquella sensación agridulce que me había embargado tres años antes correspondía quizás a este nuevo destello de lo irreparable, a esa fuga infinita que supone la muerte entre los vivos. Con Rossana logré platicar de algunas cosas, pero hoy su partida lo que reveló, con un relieve único, como sólo la muerte sabe esculpir, es lo que ya para siempre quedaría pendiente: otras charlas, una visita a Chapala, un recorrido por Guadalajara y una conferencia en el ITESO sobre visibilidad e invisibilidad que nunca acabó de realizarse. La verdad es que nunca llegamos a ser realmente amigos. Faltaron cosas para eso: acaso tiempo, experiencias compartidas en una memoria común, más whisky y menos academicismo o quién sabe. Tampoco es precisa la amistad para propiciar encuentros o buscar conspiraciones en el camino por causas que merezcan la pena. Con todo, hoy siento su partida con una desazón pugnaz, profunda, que me acerca a su recuerdo, a lo que sí llegamos a compartir y, sobre todo, a la admiración y respeto que siento ante su trabajo y su coraje para realizarlo. Como decía al inicio, con ella se desvanece otra porción de un mundo inefable que ya sólo vive en lo imposible, en una especie de «recuerdo del provenir», como diría la visionaria y genial Elena Garro. Descansa en paz, Rossana.


