“Las flores pueden cultivarse en África o América Latina, comercializarse mediante empresas europeas y terminar en un florero de Nueva York, Berlín o Londres”
Horacio Cano Camacho
Reporte Minoritario
A mí me gustan las flores. Mucho. Y trato de contagiarles esa pasión a mis alumnos. Buscando material para mi clase de Metabolismo secundario, me topé con un artículo científico sobre los avances de la biología molecular y la biotecnología en el cultivo de flores. Me pareció fascinante, pero también me llevó a reflexionar sobre algunas paradojas de esta actividad.
Las flores poseen un enorme valor económico debido a su atractivo estético. Su forma, su duración, su aroma y, sobre todo, su color son características muy apreciadas. En ciertos lugares del mundo existe una verdadera avidez por ellas. Algunas, como los claveles, crisantemos, tulipanes y rosas, se han vuelto prácticamente universales, a pesar de tener orígenes geográficos muy específicos.
El color de las flores es resultado de una extraordinaria maquinaria bioquímica. Depende principalmente de la producción y acumulación de pigmentos como las antocianinas y los carotenoides, aunque en algunas plantas intervienen otros, como las betalaínas. La concentración de estos compuestos, su combinación, el tipo específico de pigmento y su distribución en los distintos tejidos y capas celulares de los pétalos determinan esa inmensa diversidad de colores y patrones que tanto me fascina. Incluso pequeñas modificaciones en las condiciones químicas de las células pueden cambiar la tonalidad de una flor.
Durante cientos de años hemos aprendido el arte de cruzar plantas de manera controlada para obtener estructuras florales y combinaciones de colores que difícilmente encontraríamos en la naturaleza. Pensemos en los tulipanes, originarios de Asia central, que llegaron a Europa desde el Imperio otomano durante el siglo XVI. En los Países Bajos despertaron una pasión extraordinaria. La experimentación, la paciencia y muchos años de prueba y error permitieron obtener variedades impresionantes, algunas de las cuales siguen sorprendiéndonos.
Aquella pasión terminó convirtiéndose en una industria multimillonaria que hoy abarca numerosas especies. La floricultura constituye uno de los ejemplos más interesantes de la globalización agrícola. Las flores pueden cultivarse en África o América Latina, comercializarse mediante empresas europeas y terminar en un florero de Nueva York, Berlín o Londres.
Pero hay una distinción fundamental: los países que producen las flores no necesariamente son los que concentran el desarrollo de nuevas variedades, las tecnologías de mejoramiento o las grandes redes internacionales de comercialización. Los Países Bajos, por ejemplo, ocupan una posición privilegiada en este negocio, no solamente por su producción, sino por su capacidad de innovación y organización comercial.
Y aquí volvemos a la biología.
La búsqueda permanente de nuevas formas, colores y aromas ha impulsado el mejoramiento genético de las flores. Los métodos tradicionales han conseguido resultados extraordinarios, pero requieren mucho tiempo y numerosas generaciones de cruzamientos y selección. Ahora, los avances de la biología molecular permiten identificar los genes involucrados en la producción de pigmentos y modificar algunos de ellos mediante herramientas de edición genética como CRISPR/Cas9.
No significa que podamos fabricar inmediatamente cualquier flor que imaginemos. Los sistemas biológicos son mucho más complejos. Pero estas tecnologías permiten intervenir con mayor precisión en determinadas rutas metabólicas, modificar la acumulación de pigmentos y explorar características que antes resultaban muy difíciles de obtener. Incluso podemos pensar en flores con colores novedosos, aromas diferentes o una mayor duración después del corte.
De eso trata el artículo que voy a compartir con mis estudiantes: de las posibilidades de producir flores que quizá nunca encontraríamos en el campo y de cómo la biotecnología está transformando una actividad que durante siglos dependió de la paciencia y la experiencia de los cultivadores.
Sin embargo, hay algo que me inquieta.
Países como Colombia, Kenia, Ecuador y México participan de manera importante en la producción florícola, pero una parte considerable de las tecnologías, las variedades comerciales y las decisiones sobre los mercados se origina en otros centros de investigación y desarrollo, particularmente en Europa, Estados Unidos y, cada vez más, China.
Lo paradójico es que muchos de esos países productores poseen una extraordinaria diversidad de plantas con flores que apenas hemos comenzado a explorar, tanto por sus posibilidades ornamentales como por la riqueza genética que representan.
Tenemos un enorme patrimonio biológico, pero dedicamos buena parte de nuestros esfuerzos a producir las variedades que demanda un mercado internacional relativamente concentrado en unas cuantas especies. Y mientras perfeccionamos el cultivo de rosas, claveles y crisantemos, innumerables especies de nuestra propia flora permanecen prácticamente ignoradas.
No se trata de abandonar esos cultivos ni de rechazar las nuevas tecnologías. Todo lo contrario. Se trata de preguntarnos por qué no utilizamos también esas herramientas para investigar, conocer y aprovechar responsablemente nuestra propia diversidad vegetal.
Entonces, la decisión es compleja, pero el camino parece bastante claro: explorar nuestra riqueza biológica para conocerla mejor, descubrir nuevas especies, formas y colores que apenas hemos comenzado a imaginar y desarrollar nuestras propias tecnologías para aprovechar ese extraordinario patrimonio genético.
Pero nada de esto ocurrirá espontáneamente. Necesitamos formar investigadores, financiar proyectos de investigación y desarrollo, fortalecer nuestras capacidades tecnológicas y encontrar mecanismos que protejan a nuestros productores. Sobre todo, debemos ofrecerles alternativas propias que reduzcan su dependencia de variedades desarrolladas en el extranjero y de tecnologías controladas por otros.
Porque no se trata solamente de producir más flores o de conseguir colores cada vez más sorprendentes. Se trata de algo mucho más importante: decidir si queremos seguir cultivando las flores que otros imaginan o comenzar a imaginar, investigar y producir las nuestras.


