“…entré despreocupada y hasta alegremente, pensando en reunir información para darle también mantenimiento a la casa. O, al menos, intentarlo”
Nektli Rojas
Narrando el Género
–¡Pero, de veras, cómo es usted mala!
Dijo el carpintero. Un metro ochenta, como mínimo, canoso, blanco, robusto y de manos grandes. Estaba vestido como yo: con pantalones de mezclilla y una camiseta. Su negocio abarcaba cerca de cinco metros cuadrados en una planta baja, sin ventanas. El sol apenas accedía a él por la puerta, abierta a la avenida. A pesar de que en los rincones se anidaba la oscuridad, al señor no le parecía necesario encender la luz porque era mediodía. Para qué andar gastando de más.
Cada vez que yo daba vuelta por la avenida, se me presentaba de frente el negocio (con el apellido de uno de los presidentes más odiados en el país). Entonces, me venía a la cabeza la puerta del baño, maltratada por los años y la humedad, ya sin la parte de abajo del marco que hace llamarse a su tipo de tambor. El día anterior (o antes, tal vez) Bunni y yo habíamos caído en un bache. Esa mañana, me dirigía hacia la combi después de haberla dejado en la llantera, con todo el dolor del alma –si es que los ahorros tienen alma. Así que cuando la carpintería, con sus letras pintadas en la fachada, se me atravesó, entré despreocupada y hasta alegremente, pensando en reunir información para darle también mantenimiento a la casa. O, al menos, intentarlo.
–Deme las medidas, aunque sea aproximadas y le hago el presupuesto, dijo C. Pues son dos puertas, miden más o menos tal y tal, y así y asado, respondí. Seguimos hablando de los detalles, absolutamente necesarios para el precio.
–Yo sólo uso triplay de seis milímetros, aclaró con un orgullo que le infló el pecho. Pensé que el peso final de la puerta podría incrementarse, pero me atrajo el grosor: se le podrían poner armellas pequeñas confiadamente para colgar adornos. Pero lo quiero de pino, solicité, no de cedro.
–¿Y por qué? ¿A poco no le gusta el cedro?
Le salen pelos, contesté. Lo que no dije fue: he trabajado el triplay de cedro en varias ocasiones; aunque suena muy bonito y no hay que entintarlo porque basta con darle una pasada con el sellador para que salga su color rojizo, tan bello (pero que a mí no me gusta); al momento de lijarlo, se dejan venir fibras porque es una madera muy blanda y, si no está bien tratada, se despeluca. Y no quiero tener que ver una despelucada puerta de cedro cada que voy al baño. Punto.
–Pero, ¿cómo cree?, espetó. Es muy bonito. Hay que saber trabajarlo, a lo mejor por eso no le gusta. Declaré: lo quiero de triplay de pino y, además, sin acabados porque quiero pintarla yo.
–¿Lo va a pintar usted?, peló los ojos.
En mi casa, las puertas internas que hay, están pintadas. Es decir, decoradas con dibujos en acrílico. Una, barnizada; la otra, no. Las que no alcanzaron tanto, tienen dibujos atornillados en el MDF original, para cubrir la tristeza de su humilde origen, sus años y su fealdad. Uno es un óleo. Yo me refería a pintar-pintar. ¡Quién, en sus cinco sentidos, desperdiciaría un soporte en el que se pueden poner colores, formas, felicidad?
C. tomó su lápiz y su libreta. Empezó a hacer cuentas. Tanto por tanto más otranto. Son así de miles de pesos, finalizó. Kháaaaa!, pensé yo. Pero le respondí, muy segura de con eso quitármelo de encima: Muy bien, déjeme hablar con mi exmarido (nótese: aunque sea ex, hay un macho en la jugada… y es más alto que usted) para ver si le parece, porque es él quien va a cubrir el costo. Y entonces salió con su cómo-es-usted-de-mala. Continuó:
–¿Lo va a hacer pagar a él? Pero, ¿por qué?
En vez de contestarle lo que se merecía una situación así, es decir, a usted qué le importa, no sea metiche, con permiso, le di explicaciones inútiles. La casa es de él, y yo ya pagué el cambio de la puerta de entrada, que se había picado. Fue de herrería y, por tanto, cara.
–Sí, pero no se haga. La que vive ahí es usted. Además, se va a acabar quedando con la casa de él, no me diga que no. Se me aflojaron los bornes y se me zafaron los tornillos. Tenía ganas de sacar mi cajita de insultos y empezar a escoger algunos cuantos.
C. estaba entre mi ubicación y la salida, que no era una cortina metálica, sino una puerta estándar (tal vez de noventa de ancho). Con una diferencia entre él y yo de varios kilos musculares, unos diez años y casi treinta centímetros, a mi cajita no le pareció buena idea dejarse abrir. Mientras era ahora a mí a quien se le saltaban los ojos, a él le bailaba una sonrisa ladeada en los labios. Se puso una mirada astuta, rasgada, que su boca contradecía. Deme su tarjeta, atajé, y luego le llamo.
Para buscarla, se dirigió a un rincón escondido en lo negro. Cuando se quitó de la entrada, me moví rápidamente hacia la puerta. Estrategia de huida. Quería salir corriendo y gritarle desde la calle. Pero debo explicar que correr no puedo, y que una mujer gritando en la calle es vista como una (p…) vieja loca y nada más.
–Se me acabaron las tarjetas. Deme su número. Le marco y me da de alta, ordenó. Recité mi celular y me di media vuelta, al tiempo que me despedía de manera extremadamente educada. A pesar de que mi ser interior quería exigir respeto, mi salida tenía que ser inofensiva. Tal vez no hay forma de cambiar a ls personas. Tal vez tiene una que acostumbrarse al entripado. Pero, como dice Annie Ernaux en Mémoire de fille, la que escribe soy yo.


