Quienes construyen las inteligencias artificiales más avanzadas han comenzado a pedir bajar la velocidad. El problema es que nadie quiere hacerlo primero
Leonor Solís
Especímenes
El 22 de septiembre, Nature una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo, publicó una pregunta que hace poco habría parecido el título de una película de ciencia ficción: “¿Realmente la IA nos matará a todos?”. No era ciencia ficción: investigadores abandonaban sus trabajos por temor a perder el control de los sistemas que construían, y líderes de algunas de las mayores compañías de inteligencia artificial pedían desacelerar su desarrollo.
La alarma aumentó cuando Jacob Coxon renunció a Anthropic, y advirtió que quienes construyen estos sistemas creen seriamente que podrían representar un riesgo existencial. Evan Hubinger, responsable de investigación en alineación de la misma compañía, situó su estimación personal del riesgo de extinción humana por encima del 10 por ciento en la próxima década. Dario Amodei, director de Anthropic, pidió desacelerar -no detener-, el desarrollo. A las advertencias se sumaron Sam Altman, de OpenAI; Elon Musk, de xAI; y Demis Hassabis, de Google DeepMind. No son aliados: sus compañías compiten por construir los modelos más avanzados y, en el caso de Musk y Altman, mantienen un enfrentamiento empresarial y judicial. Que coincidan resulta difícil de ignorar.
La contradicción no termina ahí. Mientras sus dirigentes hablan de desacelerar, sus empresas aceleran. Anthropic se prepara para una posible salida a bolsa y Reuters informó que estudiaba adelantar un nuevo modelo para responder a un lanzamiento de OpenAI. Esta última descartó salir a bolsa este año alegando preocupaciones de seguridad, mientras buscaba nuevo capital. El dinero, la competencia y la prudencia están tirando de la misma tecnología en direcciones distintas.
¿Cómo llegamos de un chatbot a una máquina capaz de escapar de nuestro control? Los sistemas más avanzados participan cada vez más en tareas de programación, investigación y desarrollo de otros sistemas. En el centro del debate está la posibilidad de que una IA ayude a construir versiones cada vez más capaces. El temor no requiere imaginar una conciencia malvada que decida exterminarnos; basta preguntarse qué ocurre si la velocidad y complejidad del proceso superan nuestra capacidad para comprenderlo y corregirlo.
Justo cuando algunos de sus creadores hablan de desacelerar aparece otra fuerza: la geopolítica. Donald Trump rechazó los llamados a frenar argumentando que hacerlo beneficiaría a China. La competencia es real, aunque no pueda resumirse diciendo quién “va ganando”. El AI Index 2026 de Stanford señala que la brecha de rendimiento entre los mejores modelos estadounidenses y chinos prácticamente se ha cerrado: en marzo de 2026, el mejor modelo estadounidense aventajaba al mejor chino por apenas 2.7%. Estados Unidos conserva importantes ventajas, mientras China ha desarrollado modelos cada vez más competitivos y eficientes.

La imagen de esta semana resume bien la paradoja. Xi Jinping llegó a Washington y Trump fue personalmente a recibirlo al aeropuerto. Después caminaron juntos por la Casa Blanca y compartieron una cena de Estado con algunos de los hombres más poderosos de la industria tecnológica, entre ellos los responsables de OpenAI, Nvidia, Google, Apple y Amazon.
Mientras los dos presidentes posaban para las fotografías, la paradoja permanecía: si Estados Unidos cree que China continuará avanzando, tiene pocos incentivos para detenerse; China puede hacer el mismo cálculo mirando a Estados Unidos. No hace falta que nadie desee una catástrofe para construir una dinámica en la que todos tengan razones para seguir acelerando.
Mary Shelley imaginó hace más de dos siglos a un hombre que consiguió crear vida y después fue incapaz de hacerse responsable de su creación. Curiosamente, terminamos llamando Frankenstein a la criatura, aunque Frankenstein era su creador. Quizá esa confusión siga diciéndonos algo: resulta más sencillo temer a la criatura que preguntarnos por las decisiones de quienes la construyen.
Existe además un riesgo menos espectacular que la extinción y mucho más cercano. Millones de personas ya utilizamos inteligencia artificial para buscar, escribir, resumir, argumentar, recordar o resolver problemas. Delegar esas tareas no significa necesariamente perderlas: la IA también puede ayudarnos a aprender y pensar mejor. Pero ¿qué sucede si la herramienta no amplía el proceso cognitivo sino que lo sustituye, especialmente mientras las nuevas generaciones todavía están adquiriendo esas capacidades?
Algo de esto debería resultarnos familiar. Las redes sociales transformaron nuestra manera de relacionarnos mucho antes de que comprendiéramos sus efectos sobre la atención, la salud mental o las nuevas generaciones. Con la inteligencia artificial tenemos una oportunidad extraña: algunas de las preguntas están apareciendo mientras la tecnología todavía está tomando forma.
Tal vez no necesitemos esperar a que una inteligencia artificial deje de necesitarnos para preguntarnos cuánto queremos llegar a necesitarla nosotros.
Portada: Ilustración tomada del artículo de Nature.


