En América Latina algo se está reescribiendo desde los márgenes. Una generación de autoras convierte el horror en lenguaje y el dolor en archivo
Leonor Solís
Especímenes
Hay textos que no se leen: se observan, como si fueran cuerpos abiertos sobre una mesa. Especímenes. La literatura latinoamericana contemporánea -al menos una parte de ella- parece avanzar en esa dirección: ya no busca embellecer la realidad, sino examinarla, incluso cuando lo que aparece bajo la luz resulta insoportable.
No es el eco del realismo mágico ni la nostalgia del boom -ese de Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa-, sino una vibración más áspera, más corporal. Algunos lo han llamado el “nuevo boom latinoamericano”, aunque la etiqueta apenas alcanza. Lo cierto es que hoy las mujeres están al frente: escriben desde la herida, desde el cuerpo, desde territorios que antes eran considerados indecibles.
Dos rasgos lo definen, al menos de manera provisional. Primero, el protagonismo femenino: autoras que no solo ocupan el centro del campo literario, sino que lo desplazan. Segundo, la hibridez de géneros: lejos del realismo mágico, estas escrituras se internan en el horror social, la distopía, el neogótico o la autoficción para narrar la violencia, el trauma y la memoria. Nombres como Mariana Enríquez, Samanta Schweblin o Fernanda Melchor orbitan este fenómeno, cada una con su propia poética del abismo.
En ese mapa, la ecuatoriana Mónica Ojeda ocupa un lugar singular: el de quien escribe como si diseccionara. Su literatura no se limita a representar el horror; lo abre, lo examina, lo vuelve lenguaje.


Desde Nefando (2016), Ojeda explora los límites de la representación: la violencia digital, la infancia vulnerada, lo indecible. Pero lo que podría caer en el morbo se transforma en una indagación estética y ética sobre el mal. No hay complacencia, sino una especie de rigor -casi filosófico-, en la manera de acercarse a lo monstruoso.
En Mandíbula (2018), ese horror se desplaza hacia la adolescencia femenina, la religión y el miedo como forma de control. Las niñas ya no son figuras pasivas: son cuerpos que resisten, que imaginan, que también pueden ejercer violencia. La familia, lejos de ser refugio, aparece como un sistema de tensiones y jerarquías invisibles.
Con Las voladoras (2020), Ojeda entra en una zona más mítica: lo andino, lo natural y lo sobrenatural dialogan con el cuerpo femenino. El lenguaje se vuelve materia viva, respiración, carne.
Y en Chamanes eléctricos en la fiesta del sol (2024), su obra más reciente, emerge otra dimensión: la del duelo compartido y la posibilidad del goce en medio de la pérdida. La fiesta -ese espacio donde conviven lo sagrado y lo profano-, aparece como una forma de resistencia. Incluso en el dolor colectivo, parece decirnos, hay una imaginación posible del futuro.
Leer a Ojeda es enfrentarse a una escritura que piensa. No solo narra: interroga. Sobre el lenguaje, sobre la violencia, sobre los límites de lo representable. El dolor se convierte en materia narrativa; el duelo, en una forma de conocimiento. En su obra, este nuevo momento de la literatura latinoamericana no se construye desde la repetición, sino desde la ruptura.
Quizá por eso su literatura resulta tan perturbadora como necesaria. Porque no ofrece consuelo fácil ni redención inmediata. Lo que ofrece es otra cosa: una mirada sostenida, sin parpadeos, sobre aquello que preferiríamos no ver. Y en esa ruptura, hay una belleza incómoda, feroz, profundamente viva.
Como si cada libro fuera, en el fondo, un nuevo espécimen: algo vivo, inquietante, imposible de clasificar del todo.
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Especímenes no es un inventario exhaustivo ni un catálogo definitivo, sino un espacio de observación. Un lugar donde se reúnen -sin jerarquías rígidas- libros, imágenes, autoras, artistas, archivos, proyectos y formas de conocimiento que se resisten a encajar del todo en las categorías habituales.
Fotografía de portada: diario El Comercio, de Ecuador


