“…en tiempos en los que las ciudades desplazan a la ruralidad como centros de congregación humana, las formas de la naturaleza han sido también desplazadas por otras…”
Rogelio Josue Ramos Torres
Desde un par de pedales
Para la filosofía, la epistemología es la ciencia que estudia la forma en la que los seres humanos adquirimos conocimientos. Lo que interesa, por tanto, no es el conocimiento en sí mismo sino el proceso mediante el cual este se construye. Los geógrafos, por su parte, han agregado que, en ese proceso, un papel fundamental lo tiene el entorno que rodea al ser humano. De tal manera que, para sociedades que residen entre montañas, el contacto permanente con estas últimas influye en el tipo de conocimientos que esas sociedades en específico desarrollan. Lo mismo se puede decir de los pueblos que habitan las selvas, cuyos saberes abrevan directamente del contacto con plantas y árboles. Una cosa equiparable ocurre con los moradores de las costas, donde el mar y su presencia tienen un enorme impacto sobre la racionalidad y la forma de concebir el mundo.
Desde esa premisa, el contacto con la naturaleza en sus distintas expresiones ha sido históricamente fuente de sabiduría e ingrediente indispensable para el desarrollo de las capacidades que las personas necesitaban para habitar determinados espacios y reproducirse en ellos. Hoy, sin embargo, en tiempos en los que las ciudades desplazan a la ruralidad como centros de congregación humana, las formas de la naturaleza han sido también desplazadas por otras, en las que el contacto con esta, cuando lo hay, se encuentra mediado por grandes lozas de cemento que se han instalado como parte inescindible del habitar.
En ese sentido, si elementos como el hielo del ártico permitieron el desarrollo de las culturas esquimales como los sami, si la jungla tropical fue la plataforma sobre la que se asentó la cultura maya o la Ticuna en el Amazonas, si el desierto fue cuna de los grandes califatos islámicos y pueblos como los tuareg y los seris, o los grandes bosques proveyeron la base de la cultura purépecha, cabría preguntarse ¿a qué tipo de cultura nos ha llevado el hecho de vivir rodeados de concreto?, ¿al desarrollo de qué habilidades y/o destrezas sociales y humanas contribuyen los millones y millones de metros cúbicos de hormigón que hoy conforma una enorme porción del paisaje a nuestro alrededor?
Para responder, habría que pensar que, a diferencia de bosques, océanos y tundra, el concreto está desprovisto de las potencialidades biológicas que caracterizan a los ecosistemas. Su artificialidad requiere de la inyección de una fuerza que viene no de las alquimias físico-químicas que producen la vida, sino de los procesos que articulan los ciclos del capital. Esto significa que para que el concreto triunfara como material colonizador del espacio por antonomasia, necesitó del poder del dinero como su motor fundamental. En otras palabras, el concreto no es una fuerza en sí mismo, sino la expresión de otra, de una que, por lo demás, está poco interesada en la naturaleza pues su ganancia estriba no en la posibilidad de conservar paisajes o ecosistemas, sino en la de cubrirlos de cemento.
Es, por lo tanto, el concreto, un elemento que no convive con la vida en la forma en que lo hace una ciénega o un valle. Por el contrario, necesita adueñarse del espacio que otras formas de vida ocupan, para albergar a la única que le interesa realmente: los seres humanos. Esto es, la expansión del concreto es necesariamente ecocida. Para vivir, necesita de la muerte, o, a lo sumo, de un control irrestricto de todo aquel elemento que ponga en riesgo las posibilidades para su permanente expansión. Por lo tanto, la primera gran lección a la que su omnipresencia nos induce es que a la naturaleza hay que mantenerla a raya. Ya sea en el espacio público en forma de parques o jardineras, o dentro de las viviendas relegada a funcionar como ornamento.

Bajo ese prerrequisito, la presencia del concreto nos educa en un número diverso de formas que se desprenden sobre todo de dos grandes ámbitos, en donde el contacto con el concreto se nos ha presentado como indispensable: el habitar y el desplazamiento. El primero entendido como la dimensión desde la que nos conectamos con lo que nos rodea, y el segundo como la llave para satisfacer las necesidades humanas. A partir de esos dos ámbitos, el cemento se erige como el gran mediador de nuestra vida con el mundo, condicionado a su presencia todas las posibilidades del ser.
Dicho de otra manera, así como los ecosistemas siembran en culturas como las antes mencionadas la certeza de no poder existir fuera de ellos, de esa misma forma el concreto penetra las mentalidades urbanas induciéndolas a percibir sus posibilidades de reproducción únicamente dentro de los marcos del adoquín y el pavimento. En estos marcos, el cemento ha dejado de ser herramienta para convertirse en necesidad. Las actividades del día a día son inconcebibles fuera de las superficies asfaltadas, de tal manera que para habitar necesitamos cemento, para asearnos necesitamos cemento, para movernos necesitamos cemento, para socializar necesitamos cemento, para divertirnos necesitamos cemento, etc.
Así, el concreto se ha convertido en la quintaescencia de la vida en las ciudades y sus epistemologías en la guía de la misma. Para el imaginario urbano promedio es ya impensable un porvenir sin el contacto con el hormigón. Si otros pueblos encontraron en el bosque un padre, o en el mar una madre, el concreto ha parido a su vez a un sujeto que le prodiga un afecto filial irrestricto. Sabe que su vida gira en torno a la presencia de muros, avenidas, techos, basamentos, trabes, viaductos sin los cuales se sabe perdido. De ahí que la naturaleza se le presente tan desconocida, tan amenazante. De ahí también su torpeza para moverse en ella y su necesidad de valerse de toda suerte de tecnologías para recorrerla. El hormigón, después de todo, no solamente se ha instalado como piedra de toque de la cotidianidad, sino que ha levantado también muros alrededor de la capacidad de imaginar formas de habitar distintas.
Es esa dependencia del concreto la que alimenta también el hambre desarrollista de los emporios globales, y legitima la mediocridad de gobernantes que han encontrado en la pavimentación de la naturaleza la receta perfecta para compensar su incompetencia. La extracción de minerales, la carbonización de la vida urbana, la industrialización de la cotidianidad, la deforestación, la tala, la desecación de acuíferos, la urbanización de la selva, tienen todos en el pensamiento asfáltico su base ideológica. Una racionalidad tan dura y difícil de resquebrajar como las lozas que caen sobre valles y montañas para convertirlos en ciudad y cimentar así la idea de que no existe vida urbana más allá de donde acaba el cemento.
No se trata, claramente, de deshacernos de todo lo que la presencia del concreto significa en términos de posibilidad de entender y entendernos. Después de todo, muchas son también sus contribuciones para la solución de algunos problemas de la vida moderna. Cabría, más bien, preguntarse, si su avasallante avance, más allá de lo que aporta, está funcionando como un gran bisturí que nos separa de aquellas otras formas de conocer que permitieron la germinación de grandes culturas cuyo florecimiento no traía aparejada la destrucción del mundo.
En ese sentido, habría que cuestionar la falaz mancuerna ilusoria que asocia al concreto con el progreso, y comenzar a explorar formas de experimentar el mundo que no pasen por el filtro del asfalto. Hoy ciudades como Portland o Bangkok están cambiando grandes extensiones de superficie pavimentada por espacios verdes. Las razones para hacerlo son principalmente ecológicas. Pero hay en esa modificación del entorno, la posibilidad de cambiar también las pedagogías asfálticas que nos impiden imaginar estilos de vida distintos, más lejanos a la artificialidad desarrollista y sus enceres, y más armónicos con las plataformas naturales en las que se encuentra biológicamente anclada la vida de los seres humanos.
Poniéndolo en términos metafóricos, es triste, por lo demás, pensar que mientras las sociedades de otros tiempos tuvieron como sus principales maestros a las plantas, al sol, a los ríos o a los animales, las actuales tengamos que encontrar esa misma figura en una argamasa inerte de sílice y chapopote.


