“Los microbiólogos saben desde hace mucho que la evolución opera de maneras bastante alejadas de nuestros deseos”
Horacio Cano Camacho
Reporte Minoritario
Uno de mis hermanos, el menor, sufrió un accidente muy severo que lo mantuvo cerca de un año en el hospital. Sin lugar a dudas, allí le salvaron la vida, pero las secuelas fueron muy serias. Una de las más graves -y me atrevo a pensar que quizá fue la que finalmente acabó con su vida varios años después-, fue haber adquirido en el propio hospital, una bacteria multirresistente.
Sí: un bicho que le provocaba infecciones recurrentes y que, en cada antibiograma, mostraba algo aterrador. Los antibióticos capaces de detenerlo eran cada vez menos. Hasta que prácticamente solo quedaron algunos que, por su propia toxicidad, también representaban un riesgo para mi hermano.
Fue un proceso terrible.
Desafortunadamente, no es ni de lejos un caso aislado. La resistencia a los antibióticos es hoy uno de los grandes problemas de salud pública. La Organización Mundial de la Salud señala que, en 2023, aproximadamente una de cada seis infecciones bacterianas confirmadas en laboratorio en el mundo era resistente a los tratamientos antibióticos.
Y tampoco es algo que nos haya tomado completamente por sorpresa.
Los microbiólogos saben desde hace mucho que la evolución opera de maneras bastante alejadas de nuestros deseos. Las bacterias son organismos vivos y, como todos los seres vivos, sus poblaciones cambian generación tras generación. Además, muchas se reproducen con enorme rapidez y pueden intercambiar material genético entre ellas.
Imaginemos una población bacteriana sometida a un antibiótico. La mayoría de las bacterias susceptibles morirá. Pero puede haber unas pocas que, por una mutación surgida al azar o porque adquirieron de otra bacteria genes de resistencia —sí, las bacterias suelen ser muy promiscuas e intercambian material genético incluso con especies distintas—, sean capaces de sobrevivir. El antibiótico no produjo deliberadamente esa resistencia: simplemente cambió las reglas del juego.
Las susceptibles desaparecen.
Las resistentes sobreviven y se reproducen.
Y, al desaparecer buena parte de su competencia, pronto pueden convertirse en la población dominante.
Eso es selección natural ocurriendo delante de nuestros ojos.
La resistencia no vuelve necesariamente más agresiva a una bacteria. El problema es mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más terrible: si esa bacteria provoca una infección, los medicamentos que antes podían detenerla dejan de funcionar.
Podríamos preguntar: si esto se sabía, ¿por qué utilizamos antibióticos?
Porque constituyen uno de los grandes avances de la historia de la medicina.
El desarrollo y la producción a gran escala de la penicilina se aceleraron durante la Segunda Guerra Mundial. En aquella época, una infección producida por una herida que hoy nos parecería menor podía terminar en septicemia y muerte. Los antibióticos transformaron ese panorama. Infecciones que durante siglos habían sido una amenaza enorme comenzaron a ser tratables; cirugías antes peligrosísimas se volvieron mucho más seguras y millones de vidas pudieron salvarse.
Renunciar a ellos por temor a la resistencia habría sido absurdo.
El problema fue creer que aquella bala mágica podía dispararse indefinidamente y contra cualquier cosa.
Durante décadas aparecieron nuevos antibióticos y pareció que siempre tendríamos otro disponible cuando las bacterias aprendieran a resistir al anterior. Pero al mismo tiempo extendimos su uso mucho más allá de lo razonable: prescripciones innecesarias, automedicación, tratamientos incorrectos, utilización masiva en la producción animal y controles sanitarios insuficientes. Hoy sabemos que el uso excesivo e inadecuado de los antimicrobianos es uno de los principales motores de la resistencia.
Cada uso necesario de un antibiótico ejerce presión de selección sobre las bacterias. Pero cada uso innecesario les ofrece, además, una oportunidad evolutiva que nunca debimos regalarles.
Lo inquietante es que esto tampoco era un secreto.
Alexander Fleming, descubridor de la penicilina, advirtió ya en 1945 sobre el peligro de utilizarla incorrectamente y seleccionar bacterias resistentes.
Tenía razón.
Ochenta años después, seguimos disponiendo de antibióticos extraordinarios. El problema es que algunas bacterias han aprendido a sobrevivir a casi todos ellos.
Y cuando llegamos a ese punto, la medicina empieza a parecerse demasiado al mundo anterior a los antibióticos.
Entonces surge una pregunta inevitable:
¿tenemos otra arma?
Por fortuna, quizá sí.
Y lo más curioso es que no acabamos de descubrirla. La conocemos desde hace más de un siglo: son virus especializados en infectar y matar bacterias. Los llamamos bacteriófagos.
Durante décadas los dejamos casi olvidados mientras confiábamos en el poder aparentemente inagotable de los antibióticos.
Ahora las bacterias nos están obligando a recordarlos.
Pero esa es la historia de la próxima semana.
Ilustración portada: Reco


