“Dolor de cabeza para el surrealismo y para una época que no pudo digerir su radicalidad creativa. Atragantamiento de la masa por el Genio”
Ernesto Hernández Doblas
Crónicas que Muerden
Las naves que exploran el espacio
No vuelven;
vuelan hasta perder el infinito…
*
Híkuri
José Vicente Anaya
I
Hablo de la Noche. Refugio del asesino, el loco, el místico y el poeta. Mágica alfombra donde las palabras dejan de ser puente que simula entendimiento entre los seres. Entonces son conjuro, fantasmas en busca de cuerpo, música en silencio, lunas en la selva de la muerte que da vida a la Vida en vértigos eternos.
Territorio de la poesía. Mapa dibujado en la piel de los árboles. Territorio de los desvaríos que dan a luz lo lúcido pero también errancia sin fin. No es ausencia de sol sino mirada de sombra en el fuego. Es la otra orilla de lo Real, cuyos secretos únicamente se abren a quien se abisma. Redundancias del eco de la noche.
II
Antonin Artaud: poeta incómodo. Dolor de cabeza para el surrealismo y para una época que no pudo digerir su radicalidad creativa. Atragantamiento de la masa por el Genio. Incomprendido como es normal en quien resulta ser asertiva anomalía. Kamikaze del cuerpo y el lenguaje. Lengua que se traba y balbucea porque su reino no es de este mundo. Porque lo inmundo merece nuestra furia siempre.
Artaud viajó a México en busca de una experiencia que le hiciera posible ingresar a una realidad aparte. Harto de una Europa envejecida y enferma de logos. Poeta en pie de guerra contra sí mismo, con ese mismo que lo hacía sentir aprisionado y falso. Se requiere mucha fuerza para declararle la guerra al Yo. Asesinar al Yo es la pesadilla que solamente un santo invoca.
Escribió un libro sobre ello: Viaje al país de los tarahumaras. Dio cuenta en él de su esperanza, de su experiencia y reflexiones. Pensamiento filoso en medio del descenso. En una de sus páginas nos dice: «Volveré a Europa con el desprecio más absoluto por todo lo que allí llaman civilización, ciencia y progreso. Los tarahumaras no tienen máquinas, pero conocen el secreto del alma del mundo».
A partir de ese texto, el cineasta mexicano Federico Cecchetti filmó Jícuri: Viaje al país de los tarahumaras. Película en donde se mezcla el francés, el español y el rarámuri. Trayéndonos al oído el triángulo de tres culturas que son tres almas del cuerpo terrestre.
Estrenada dentro del circuito de festivales de cine hace dos años, vio su estreno comercial el pasado 17 de septiembre, fecha seleccionada de manera simbólica para conmemorar los 90 años del viaje original del artista francés y a 130 años de su nacimiento.

III
El creador del Teatro de la Crueldad cruzó el atlántico con la firme intención de participar en rituales chamánicos relacionados con la ingesta de peyote en la cultura rarámuri. Buscaba la Otredad, perderse a sí mismo para encontrarse allende sus fronteras, para ir a un más allá de un continente cuyo tiempo y espacio le parecían asfixiantes.
A finales de agosto de 1936 inició su caminata y ascenso para llegar al corazón de la comunidad de Norogachi. En un estado mental y físico endeble por la abstinencia de la heroína y acompañado por un guía local. Fueron 28 días a los que se sumaron 12 de aislamiento y espera antes de que se le permitiera participar en la ceremonia sagrada. Los ojos de aquel atleta del espíritu vieron todo a través del mito y el lenguaje poético. Seres como Artaud viven en los espirales donde las cosas hablan profundidades. No hay experiencia sin estremecimiento ni escritura que no sea un modo de agonía.
IV
Con su propia visión poética, el director Federico Cecchetti nos ofrece una ensoñación sobre los ejes del encuentro entre dos culturas, la incomprensión del europeo frente al México telúrico y el derrumbe final de la mente del artista que hizo un esfuerzo sobrehumano por hallar una salida a sus laberintos.
Al inicio de la cinta entramos al sueño profético de Rayénari (interpretado por José Cruz Apachoachi, un corredor rarámuri real) en donde aparece corriendo y al verse reflejado en un espejo no ve su propio rostro sino el de un hombre blanco y atormentado. A la vez aparece un venado, símbolo que dentro de la cosmovisión y los mitos del desierto y la sierra representa el guía espiritual la sabiduría y el origen mismo del jíkuri (peyote). Ése hombre blanco es Artaud, interpretado por el experimentado actor galo Francois Négret.
Antes de que pusiéramos en el trono cierto tipo de racionalidad, existían interpretaciones de la realidad que tomaban en cuenta aspectos como la intuición, los sueños, la imaginación y lo poético. En base a ello la película desarrolla los hechos desde los puntos de vista que hacen homenaje tanto a las culturas ancestrales como a la incendiada forma de percepción de Antonin Artaud.
La fotografía del film describe líricamente los imponentes paisajes de la sierra Tarahumara. Versos del trazo de la mano del infinito. De tal modo que el ritmo de la cinta no puede ser otro sino lento, adecuado a la contemplación profunda que tuvo el escritor francés, para quien todo ese paisaje estuvo lleno de símbolos y ecos de la verdad del Ser.
V
Como parte de la investigación que hizo el director para su película, supo que para la cultura tarahumara las mujeres tienen cuatro almas y los hombres tres. Sin embargo, éstas pueden perderse por diferentes causas, entre las que se encuentra el quebrantar las leyes sagradas de los rituales.
Podemos leer en los escritos posteriores a su experiencia en México, que Antonin Artaud tuvo un fuerte Impacto, un cataclismo físico y una dolorosa disolución del ego, al entrar en contacto con el peyote. «Uno ya no siente el cuerpo que acaba de abandonar…y se siente mucho más contento de pertenecer a lo ilimitado». Sin embargo, a su retorno a Europa, experimenta una conmoción física y mental que lo llevaría al descenso irremediable de la locura. Al internamiento que padeció profundamente en el manicomio de Rodez. Es de ahí que se interpreta en Jícuri: Viaje al país de los tarahumaras que el artista francés pudo haber abandonado el ritual y de esa forma perdió sus tres almas. Pero a distancia y por medio de esa comunicación que no ocupa ni de cuerpo ni de órganos para darse, Rayénari logra ayudarle.
VI
Hay héroes que se arrancan la piel para que el alma quede expuesta en toda su belleza y en su horror completo. La ciencia y la razón por sí mismas jamás podrán dar cuenta del enorme misterio que habita más allá de las fronteras de lo que consideramos humano, fronteras que no son sino los muros de la cárcel, en donde la cultura y la civilización lo han encerrado para poder domesticarlo mejor.
Por eso hay héroes de vocación por el naufragio, que cavan profundo en las minas de la noche, para encontrar tesoros que custodian las tinieblas. Antonin Artaud fue uno de ellos. Emprendió la tarea del místico, el loco y el artista. No dejó nada fuera de Sí en la ecuación. Vino a México como parte de su obra vital pero también a revelarnos una manera profunda y distinta de mirar las culturas originarias. Inauguró una mirada radical que rompió con la condescendencia de la antropología occidental y el exotismo europeo. Él no vio a las culturas indígenas como piezas de museo o sociedades atrasadas sino como poseedoras de una ciencia viva una metafísica superior y la última reserva de verdadera espiritualidad en la tierra. «Ellos no bailan por placer bailan por deber bailan para mantener el movimiento del Sol y las estrellas en el cielo».
Portada: Fotografía tomada de La Tempestad


