Regla de Tres

La primera prohibición del amor artificial

La ciencia ficción imaginó personas enamoradas de máquinas. La realidad acaba de dar un paso más desconcertante: un gobierno decidió regular esos vínculos

Durante décadas la ciencia ficción nos preguntó si algún día una inteligencia artificial podría enamorarse de una persona. Hoy la pregunta ya no es esa. La noticia es que China acaba de convertirse en el primer país en regular de manera específica las relaciones afectivas entre humanos e inteligencias artificiales.

El pasado 15 de julio entraron en vigor las “Medidas Provisionales para la Administración de los Servicios de Interacción Antropomórfica con Inteligencia Artificial”, una regulación que ha dado la vuelta al mundo bajo titulares como “China acaba con los novios creados con IA” o “China impone límites al afecto artificial”. Sin embargo, el alcance de la norma es más interesante que esos encabezados. No prohíbe el uso de la inteligencia artificial ni castiga a quienes establecen vínculos con ella. Su objetivo son las empresas que diseñan estos sistemas: les impide desarrollar servicios destinados a fomentar la dependencia emocional, sustituir las relaciones humanas o manipular afectivamente a los usuarios. También prohíbe ofrecer parejas o familiares virtuales a menores de edad y obliga a las plataformas a intervenir cuando detecten señales de apego excesivo o angustia emocional.

Lo verdaderamente sorprendente no es la regulación. Es que haya sido necesaria.

En los últimos años ha surgido en China un amplio ecosistema de aplicaciones de compañía basadas en inteligencia artificial. Algunas permiten crear personajes con personalidad propia; otras ofrecen amigos, confidentes o parejas virtuales capaces de recordar conversaciones, expresar afecto y acompañar a sus usuarios durante meses. Aunque no existe una cifra pública única sobre cuántas personas utilizaban específicamente estos servicios, uno de los datos mejor documentados proviene de Doubao, la plataforma de ByteDance, donde en 2024 los usuarios habían creado más de ocho millones de agentes de inteligencia artificial personalizados. La magnitud del fenómeno explica, al menos en parte, por qué el gobierno decidió intervenir.

Es imposible no pensar en Her, la película de Spike Jonze estrenada en 2013. En una de sus escenas finales, Theodore descubre que no era el único enamorado de un sistema operativo: miles de personas estaban viviendo exactamente la misma experiencia. Entonces parecía una metáfora sobre el futuro. Hoy se parece inquietantemente a una crónica del presente.

Quizá por eso la discusión no debería empezar preguntando si esos vínculos son reales. La pregunta más interesante es otra: ¿qué necesidad están satisfaciendo?

Cada vez más personas recurren a la inteligencia artificial para conversar cuando no encuentran con quién hacerlo, ordenar sus pensamientos, aliviar la ansiedad o simplemente sentirse escuchadas. A los asistentes conversacionales se han sumado chatbots terapéuticos, aplicaciones de compañía emocional y personajes diseñados para construir relaciones cada vez más personalizadas. La tecnología ya no solo organiza nuestra información: comienza también a ocupar un lugar en nuestra vida afectiva.

No resulta difícil comprender por qué. Una inteligencia artificial está disponible a cualquier hora, recuerda lo que le contamos, responde con paciencia y nunca parece cansarse de escuchar. Lo inquietante no es que pueda simular empatía, sino que esa experiencia resulte suficiente para que algunas personas construyan un vínculo significativo.

Tal vez por eso esta noticia trasciende la regulación china. Por primera vez, un Estado consideró necesario intervenir no porque una inteligencia artificial fuera demasiado inteligente, sino porque podía convertirse en alguien emocionalmente importante para millones de personas. Quizá dentro de algunos años no recordemos esta historia como la del país que limitó los novios virtuales, sino como el momento en que comprendimos que la realidad había alcanzado a la ciencia ficción y que el afecto, ese territorio que siempre creímos exclusivamente humano, también había comenzado a formar parte de la conversación tecnológica.


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