Regla de Tres

La compañera de viaje

“El mundo del libro, que en la librería representa apertura, comunidad y circulación, encuentra en el coleccionista su reverso oscuro”

Hay bibliotecas que no están hechas para ser leídas, sino para ser temidas. En La compañera de viaje (RBA, 2024), Ian Rankin nos abre la puerta a una de ellas: un espacio donde los libros han dejado de circular y han sido condenados al encierro, convertidos en objetos de poder. 

Ronald Hastie es un joven recién graduado en literatura, en su natal Edimburgo, cuando se le ofrece un trabajo en la legendaria librería Shakespeare and Company de París. Parece la opción perfecta para pasar un verano en la ciudad: trabajar a tiempo parcial a cambio de alojamiento y comida, lo que le dejará mucha libertad para explorar la ciudad que alguna vez visitó su héroe literario, Robert Louis Stevenson, paisano suyo. 

Allí conoce a George Whitman, el dueño del afamado establecimiento, figura casi legendaria que encarna una idea romántica del libro como objeto libre, compartido, en circulación constante; y a Sylvia, su hija, más pragmática, consciente de que ese mismo ideal convive con tensiones menos visibles: dinero, rarezas, clientes peculiares. 

Un día le encargan una misión aparentemente sencilla: visitar a un coleccionista que pondrá en venta un lote de libros raros, dignos de cualquier bibliófilo serio. Ronald lo visita con el encargo de elaborar una lista de los ejemplares y es ahí donde aparece la figura inquietante: Mr. Blackwood, un personaje casi espectral dentro de la narración. Blackwood encarna la forma extrema —y perturbadora— de la bibliofilia: no el amor por los libros como objetos vivos que circulan, sino como piezas que deben ser poseídas, aisladas, sustraídas del mundo. Afirma tener los manuscritos originales de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde y del nunca publicado La compañera de viaje de Robert Louis Stevenson. 

Hastie se propone, con cierta ingenuidad, conocer esas obras y el contexto en que fueron creadas como tema para su tesis doctoral, pero pronto una obsesión imprudente comienza a agitarse en su interior: a medida que su vida anterior se desvanece de su memoria, busca desesperadamente el secreto que se esconde en esas páginas perdidas de Stevenson. 

En La compañera de viaje, Ian Rankin -uno de los nombres clásicos de la novela negra contemporánea-, ensaya una pieza breve, precisa y perturbadora donde el crimen no necesita mostrarse para existir. Está en el ambiente, en los gestos, en la forma en que ciertos personajes entienden -y deforman-, su relación con los libros. Es un noir contenido, casi silencioso, que trabaja sobre una idea incómoda: la cultura también puede ser un espacio de dominio. 

Mr. Blackwood vive rodeado de libros que no se leen, se custodian. Primeras ediciones, ejemplares únicos, piezas arrancadas del circuito natural de la lectura. No es un amante de los libros: es su guardián, o quizá su carcelero. Su discurso -impecable, seductor-, sostiene una idea inquietante: los libros deben ser protegidos del mundo, de los lectores, del desgaste que implica existir. En su lógica, la circulación es una forma de corrupción. 

Es aquí donde la novela deja ver una de sus capas más sugerentes: el eco de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Como en ese clásico, no se trata de una dualidad explícita, sino de una fractura íntima. El mundo del libro, que en la librería representa apertura, comunidad y circulación, encuentra en el coleccionista su reverso oscuro: encierro, control, pureza llevada al extremo. No son dos mundos distintos, sino dos caras de una misma pulsión. 

Ronald escucha, observa, empieza a entender. El encargo deja de ser neutro: se convierte en una experiencia casi iniciática. Entre él y el coleccionista se establece una relación tensa, ambigua, donde el hombre parece ejercer una suerte de pedagogía torcida: no solo muestra su biblioteca, sino una forma radical de entender la cultura. Ronald, todavía anclado en la visión abierta que encarna Whitman, se enfrenta a su deformación. 

La novela se organiza así en un triángulo silencioso: Whitman como figura de la circulación libre, Sylvia como mediadora consciente de las contradicciones y el coleccionista como encarnación de la posesión absoluta. Ronald queda en medio, como un lector en formación obligado a reconocer que ese amor por los libros que lo ha traído hasta ahí contiene, en potencia, su propio reverso. 

Rankin no dramatiza. No hay violencia explícita. Pero todo apunta hacia una forma más sutil y más inquietante: la apropiación. Retirar un libro del mundo, condenarlo a la inmovilidad, es también una forma de violencia cultural. Y en ese gesto se revela la sombra de Hyde habitando dentro de Jekyll: no como anomalía, sino como posibilidad latente. 

El estilo acompaña con precisión: seco, contenido, sin excesos. Cada diálogo suma tensión; cada silencio pesa más que cualquier revelación directa. El lector avanza como Ronald: atraído y, al mismo tiempo, cada vez más incómodo. 

Y el cierre no libera: revela. Rankin evita cualquier resolución tranquilizadora y deja al lector frente a una intuición difícil de esquivar. Ronald no solo ha visitado a un coleccionista; ha visto el punto en el que una pasión legítima se convierte en otra cosa. Y lo más perturbador es que ese tránsito no requiere monstruos, ni sustancias extrañas ni desdoblamientos visibles. 

Porque, al final, La compañera de viaje, el tercer tomo de Bibliomisterios que estamos reseñando en esta Zona Oscura, sugiere algo más inquietante que cualquier crimen: que el impulso de preservar puede mutar en impulso de poseer, y que esa mutación no es excepcional. Es humana. Rankin no acusa ni absuelve. Se limita a dejar la puerta entreabierta… y a recordarnos que, una vez vista esa otra cara, ya no es posible fingir que no existe. 

Atrévase a entrar en estas bibliotecas…


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