En la cocina también se busca a los desaparecidos: entre ollas, recetas y fotografías, la memoria encuentra otra forma de pronunciar sus nombres
Leonor Solís
Especímenes
Hay proyectos que se observan primero con los ojos y después con algo más difícil de nombrar. Algo que queda suspendido entre la garganta y el estómago. Recetario para la memoria, de Zahara Gómez Lucini, pertenece a esa clase de artefactos: una obra que parece libro, archivo y altar doméstico al mismo tiempo.
Zahara Gómez Lucini es fotógrafa y artista documental. Desde hace años trabaja temas vinculados con la violencia, la desaparición forzada y los procesos de memoria colectiva en distintos territorios de América Latina. Recetario para la memoria es quizá uno de sus proyectos más íntimos y poderosos: una serie de publicaciones y encuentros colaborativos donde familiares de personas desaparecidas cocinan el platillo favorito de quien falta mientras comparten recuerdos, fotografías y fragmentos de su historia.
En esta colección privada de especímenes -cosas que vale la pena mirar con detenimiento antes de que el ruido las devore- hay proyectos que no buscan explicar el horror sino encontrar la forma humana de habitarlo. Zahara lleva años trabajando precisamente ahí: en las grietas que dejan las violencias político-sociales sobre los territorios y las personas. Su práctica se sostiene en la investigación de archivo, el trabajo de campo y la colaboración con colectivos y organizaciones de derechos humanos. Pero más que documentar, parece interesarle otra cosa: cómo reconstruir memoria colectiva desde el arte y cómo convertir la imagen en una herramienta de vínculo social, una forma de insistir frente a lo intolerable.
En Recetario para la memoria, la cocina deja de ser un espacio privado para convertirse en un territorio político. La artista invita a madres, hermanas, hijos y familiares de personas desaparecidas a cocinar el platillo favorito de quienes faltan. La receta funciona entonces como detonador de una conversación imposible: el chile relleno que preparaba un hijo en Sinaloa; el mole que alguien pedía cada cumpleaños en Guanajuato; la sopa que aún conserva el olor de una cocina en Medellín o Bogotá.
Lo poderoso del proyecto es que nunca se queda en la nostalgia. Las recetas son apenas la puerta de entrada hacia algo más profundo: una conversación colectiva sobre la ausencia. Cada platillo es una forma de volver a poner un nombre sobre la mesa. De recordar que detrás de las cifras existen rutinas interrumpidas, gustos específicos, antojos diminutos, personas que alguna vez dijeron “sin cebolla” o “más picante”.

En México, donde la desaparición forzada dejó de ser una excepción para convertirse en una herida estructural, el proyecto adquiere otra densidad. Los recetarios realizados en Sinaloa y Guanajuato dialogan inevitablemente con las cocinas mexicanas como espacios de resistencia emocional. Aquí la comida nunca ha sido solamente alimento: es ceremonia, herencia, identidad y refugio. Las familias que participan no sólo comparten instrucciones culinarias; comparten maneras de mantener viva la presencia de quienes faltan.
Hay algo profundamente conmovedor en pensar que una receta puede convertirse en archivo. Que la memoria también se conserva en una libreta manchada de aceite, en la caligrafía de una madre o en el tiempo exacto que tarda un caldo en hervir. Mientras el Estado acumula expedientes, estas familias acumulan sabores para no permitir que el olvido gane terreno.
Quizá por eso el proyecto termina desbordando el formato editorial. Más recientemente, las cocinadas colectivas impulsadas por Zahara han abierto la participación a la sociedad civil, transformando el acto íntimo de cocinar en un gesto comunitario. La mesa aparece entonces como lugar de escucha. Cocinar juntos se vuelve una manera de acompañar el duelo y de romper, aunque sea por unas horas, la soledad política que suele rodear a las víctimas.
La fotografía de Zahara tampoco busca espectacularizar el dolor. Sus imágenes se sostienen desde otro lugar: el de la cercanía. Hay manos cortando verduras, mesas vacías, retratos familiares y utensilios cotidianos que terminan cargados de una tensión silenciosa. La ausencia nunca aparece como abstracción; aparece encarnada en los objetos más simples.
Pienso en eso mientras reviso algunos fragmentos del proyecto disponibles en Recetario para la memoria: en cómo la memoria puede habitar un recetario igual que habita una fotografía o una fosa. Y en cómo ciertos artistas entienden que documentar no siempre significa mostrar más, sino aprender a mirar distinto.
Tal vez por eso Recetario para la memoria funciona como un espécimen perfecto para estos tiempos: porque nos recuerda que incluso en los territorios devastados por la violencia todavía existen gestos capaces de producir comunidad. Y porque, frente al horror, cocinar también puede ser una forma de resistencia.
Fotografía de portada: Zahara Gómez


