Regla de Tres

La ausencia que tiene nombre

María Alejandra había superado una depresión y esperaba a su segunda hija. Su historia terminó en un feminicidio que marcó a toda una comunidad

Poco antes de la medianoche, María Alejandra salió a tirar la basura unos metros delante de donde vivía. Su hija Keira, de nueve años la acompañó. Ese dos de junio de 2025, el silencio nocturno se rompió en la cabecera municipal de Jacona con el feminicidio de la mujer de 29 años.

María Alejandra Espinosa Espinosa tenía ocho meses de embarazo de una niña a la que pensaba llamar Lía; su vida transcurría entre el cuidado de su hija Keira, la convivencia cotidiana con su familia y la esperanza de dejar atrás una etapa marcada por la depresión.

Acomodadas en el sillón principal de la casa familiar, María Guadalupe, hermana de Alejandra, su cuñada Adriana, y su sobrina Carolina, la recuerdan. El dolor por su ausencia y la forma en que le fue arrebatada la vida, hacen inevitable el llanto.

Guadalupe recuerda cómo Alejandra fue la consentida por ser la menor de cinco hermanos. La describe alegre, de carácter fuerte, amante de la música y el baile, y de ser “el alma de la fiesta” en las reuniones familiares.

“Solo estudió hasta la primaria y de chiquillos la molestábamos porque no le dieron su certificado, le decíamos: ‘Tú nomás terminaste el kínder, no terminaste la escuela’, porque cuando iban a terminar, el maestro le dijo a mi mamá que tenía que pagar una cuota para poder darle el certificado, y mi mamá le dijo”.

La madre de Alejandra no quiso que estudiara la secundaria por ser mujer, tenía la idea que las adolescentes «se descarrilan» en la escuela o quedan embarazadas.

Su primer matrimonio fue a los 18 años, del que nació Keira, pero la relación terminó cuando su pareja emigró a Estados Unidos y ahí tuvo una nueva relación sentimental, situación que sumió a Alejandra en una profunda depresión. Durante varios años permaneció aislada, refugiándose en el teléfono celular mientras sus familiares intentaban convencerla de estudiar o realizar alguna actividad que le devolviera el ánimo. Poco a poco logró recuperarse tras conocer a Juan Carlos mediante redes sociales, esa relación le devolvió el ánimo, comenzaron una nueva vida juntos y esperaban con entusiasmo el nacimiento de su bebé.

La historia de Alejandra quedó truncada el dos de junio de 2025.

“Ella vivía aquí, en la parte de abajo, y nosotros en la parte de arriba. Yo bajaba y la veía como una amiga; me contaba sus cosas, y las mías. Casi toda mi vida hemos vivido aquí, y desde niña yo platicaba con ella. Mi mamá me decía: ‘Parece que vives más abajo que arriba’, porque ella se adaptaba como a mi edad. Decía que era una chavorruca, porque a veces andaba con mis amigos. Siempre los domingos decíamos: ‘¿Qué hay que hacer? Dile a mi primo y a varios amigos que vamos a hacer algo’”, recuerda Carolina.

La tarde del 2 de junio transcurrió como cualquier otra. Alejandra pasó varias horas junto a Carolina preparando la ropa y la pañalera de la bebé por si las sorprendía en nacer. Habían pensado salir a caminar debido al embarazo, pero finalmente permanecieron en casa platicando hasta entrada la noche. Nadie imaginó que serían las últimas horas que compartirían con ella.

Previo a dormir, Alejandra salió con su hija Keira a tirar la basura. La menor fue testigo de parte de lo ocurrido con su madre ese lunes: un hombre se les acercó y le pidió a su madre que le guardara un objeto, Alejandra se negó y el sujeto sacó una pistola, la sometió y comenzó a arrastrarla mientras Keira observaba la escena aterrorizada. La niña corrió a pedir ayuda y fue resguardada por una vecina, quien de inmediato llamó a la familia para advertirles lo ocurrido y pedirles que no salieran porque el agresor seguía armado.

“Como a eso de las 11:40 de la noche, escuché como entre sueños que ladraban los perros, pero no desperté hasta que sonó mi teléfono. Cuando oí que me entraba una llamada, me asusté por la hora, pensé: ‘¿Quién me llama?’”, recuerda Adriana, cuñada de Alejandra.

“Cuando chequé el teléfono, vi que era una llamada en Messenger y me aparecía que era la señora Eva, una vecina que vive aquí en La Lomita. Se me hizo raro, me asusté, pero no contesté, se cortó la llamada y mi esposo me dijo ‘contesta’, le dije, ‘pero ¿Eva por qué me marca?’. Estaba así con el teléfono en la mano cuando me llega un mensaje diciendo: ‘Adriana, contéstame, por favor’. Entonces yo intentaba marcarle, pero como que el teléfono se trabó”.

Cuando finalmente pudieron entablar contacto, escuchó a Eva llorando, diciéndole: “Adriana, mija, aquí tengo la niña”, refiriéndose a Keira. “Entonces la niña me empieza a hablar, ‘Tía’, dijo, ‘se llevaron a mi mamá’; cuando me dice eso, mi cuerpo temblaba de miedo y nervios, no sabíamos qué hacer. Yo le decía que se tranquilizara, que me dijera qué estaba pasando. Le dije: ‘Pero ¿qué pasó?’, y ella me decía, llorando: ‘Es que, tía, salimos a tirar la basura y un señor le dijo a mi mamá que si le guardaba algo, y mi mamá le dijo que no, y el señor sacó una pistola y arrastró a mi mamá’. Ella me decía: ‘Arrastró a mi mamá’”.

Llamaron a la policía y la incertidumbre se prolongó durante horas. Vecinos alcanzaban a escuchar gritos provenientes de la zona del río, y la propia Keira repetía entre lágrimas que estaban lastimando a su madre.

“La Lomita está como a unos 5 minutos, no está demasiado lejos. Se hace como unos 5 o 10 minutos caminando de aquí de donde vivimos”, explica Adriana, a quien su vecina Eva le sugirió llamar a la policía pero no salir de su casa: “porque el viejo está armado, no salgan, dile a tu esposo que no salgan, por nada del mundo salgan”.

Carolina estaba en su cuarto, acostada viendo el celular, cuando Adriana, su madre, abrió de golpe la puerta, “se llevaron a tu tía”, le dijo alterada, sin poder salir de la casa, “nos decían que no saliéramos porque el responsable estaba armado, y teníamos miedo, no sabíamos qué hacer. Mi papá escuchó un grito, pero nunca nos íbamos a imaginar que fuera ella, que fuera mi tía la que estaba pidiendo ayuda”.

Al recibir la noticia, Juan Carlos, pareja de Alejandra se dirigió en motocicleta a La Lomita para buscarla, pero no encontró a nadie. Poco después avisó que la policía había llegado al lugar y acudió con Eva, la vecina que resguardó a Keira, mientras el resto de la familia se dirigió hacia el río. Al llegar, los policías solo les hicieron preguntas sobre el parentesco y los datos de la víctima. Desesperada, Adriana insistía en que buscaran a Alejandra y les dijeran si ya la habían encontrado, pero las autoridades no les proporcionaban información.

Con el área acordonada en el río, los municipales impidieron el paso de los familiares. Adriana insistía en que enviaran una ambulancia porque a Alejandra tenía ocho meses de embarazo y tenía la esperanza de que pudieran salvar a la bebé. Durante más de tres horas permanecieron esperando noticias mientras Keira, en estado de shock, era entrevistada por las autoridades.

“No nos dejaron acercarnos al lugar, la niña nos daban información. Después de que la recogí, empezaron a hacerle preguntas sobre los hechos, y ella les decía lo que había pasado. A mí me tuvieron con ella en una patrulla hasta como a las tres y media de la mañana, pero en ningún momento nos decían lo que había pasado.

“Mis otros familiares se quedaron en la entrada del río, la niña me decía: ‘Tía, pero ¿es que ya encontraron a mi mamá?’, yo solo le contestaba que la estaban buscando, no sabía qué hacer. Ya hasta después, como a las tres de la mañana le pregunté a un oficial qué era lo que estaba pasando, si ya la habían encontrado. Hubo un momento en el que la niña se durmió, y fue cuando el oficial me confirmó que ya la habían encontrado y que estaba sin vida, que solamente teníamos que esperar a que llegara la Fiscalía para levantar el cuerpo”.

El padre de Alejandra se encontraba en Estados Unidos cuando recibió la noticia. Su madre, quien padece de demencia, no pudo comprender la muerte de su hija. Juan Carlos, pareja de la joven, fue quien realizó el reconocimiento oficial del cuerpo y encabezó los trámites ante la Fiscalía General del Estado.

Las investigaciones revelaron pocos detalles a la familia. Saben que el ataque fue cometido con piedras, luego que observaran cómo los peritos aseguraban varias rocas manchadas de sangre como evidencia. También consideran que el arma utilizada para amenazar a María Alejandra y a Keira era probablemente una pistola de juguete, ya que nunca fue accionada.

El cuerpo le fue entregado a la familia al día siguiente, y fue velado durante la noche y sepultado con el acompañamiento de prácticamente toda la comunidad.

El responsable fue detenido poco después de los hechos. Se trata de un vecino conocido por la familia, quien intentó argumentar problemas mentales durante el proceso, aunque esa petición fue rechazada. Keira declaró que su madre le suplicó al agresor que la dejara ir, recordándole que estaba embarazada y que conocía a su familia, pero él no mostró ninguna compasión.

“La niña decía que cuando las llevaba, mi cuñada le decía que la dejara ir, que ella conocía a su mamá y eran amigas, ‘no nos hagas nada, estoy embarazada’, le decía, pero no tuvo compasión. Su abogado pedía que se le hiciera un examen médico, que padecía de sus facultades mentales, pero se lo negaron porque no había elementos para suponer tal cosa”, refiere Adriana.

Carolina recuerda con nostalgia a Alejandra, que más que su tía era su amiga: “mí algo que me gustaba mucho de ella era su pelo negro y sus labios, eran muy grandes y expresivos”. El dolor continúa como parte de la vida cotidiana de la familia, que reconoce nunca podrán olvidar lo ocurrido.

Keira permanece bajo el cuidado de su familia, creciendo con el recuerdo de su madre a la que todos describen como el corazón alegre de su hogar.


Deja tu comentario