Tras desaparecer en octubre, Silvia no ha cejado en la búsqueda de su hijo, como miles de madres en México ante la falta de respuesta de las autoridades
Patricia Monreal
El siete de octubre de 2025 la vida cambió para Silvia, cuando por la noche su nuera Edith, le llamó para avisarle que unos hombres se habían llevado a Jesús, su hijo mayor, luego de dispararle y golpearlo. Desde entonces no ha parado de buscarlo, haciendo recorridos y pegando papeletas con su rostro.
Jesús Manuel Hernández Villanueva de 25 años fue desaparecido de su casa, en la localidad de Janamuato, municipio de Puruándiro. Cuando salió a comprar una cocacola fue perseguido y herido, se refugió en su hogar hasta donde fueron por él para llevárselo.
Conforme a los datos del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO), el 2025, año en que Jesús desapareció, en México se registraron 36 mil 925 personas desaparecidas, de las cuales 12 mil 310 aún no han sido localizadas. De estas últimas, 912 corresponden a Michoacán y 54 al municipio de Puruándiro. El hijo de Silvia Villanueva Nambo es uno de esos casos.
Hombres en dos motocicletas persiguieron a Jesús cuando regresaba de la tienda, él se refugió en su casa y se escondió debajo de una cama, ahí llegaron por él, su esposa Edith se encontraba en el lugar, y narró a su suegra que escuchó cómo lo golpeaban mientras él suplicaba que no lo hicieran, después se lo llevaron.
“Ella me contó que habían sido dos motos las que llegaron por él y que se lo llevaron. Le pregunté si había visto si mi hijo iba herido o cómo iba, me dijo que no, que solamente escuchaba cómo lo golpeaban y cómo él les rogaba que ya no lo golpearan, pero seguían pegándole”.
Silvia recuerda que mantenía una relación muy cercana con su hijo: hablaban por videollamada todos los días e incluso, tenían planes de volver a vivir juntos en familia en Morelia.
Tras conocer de la desaparición de su hijo, Silvia acudió a Janamuato, ahí su nuera le informó que no había presentado la denuncia porque en la Fiscalía General del Estado se negaron a que lo hiciera bajo el argumento de que tenían que haber transcurrido 72 horas después de los hechos.

“Yo fui a la Fiscalía con ella y finalmente presentó la denuncia, pero antes de ir tuvimos una discusión fuerte porque ella quería decir que se lo habían llevado de la tienda, yo le dije: ‘No, tú vas a decir lo que realmente pasó’. Ella no quería, me dijo que por miedo de que le pasara algo a mis dos nietos y a su familia”.
Durante ocho meses, Silvia ha acudido constantemente a la Fiscalía, ha repartido volantes, difundido la ficha de búsqueda y recorrido cerros, llanos, ríos y basureros en un intento desesperado por encontrarlo. Todo ello frente a la falta de resultados de la Fiscalía para localizarlo, únicamente le responden que no existen avances.
También manifiesta dudas sobre la conducta de su nuera, quien nunca entregó el teléfono celular de Jesús a las autoridades para su análisis y ha dado versiones contradictorias sobre cómo ocurrieron los hechos y sobre el vehículo utilizado por quienes se lo llevaron. Mientras a ella le habló de motocicletas, a otras personas les dijo que había sido una camioneta o un automóvil. Silvia incluso duda que su nuera estuviera realmente presente cuando ocurrió la desaparición.
A ello se suman varios episodios de presuntas extorsiones, semanas después de la desaparición, Edith le dijo que le estaban exigiendo dinero a cambio de liberar a Jesús. Silvia envió distintas cantidades que entregó a su nuera para que supuestamente realizara los depósitos, aunque nunca tuvo certeza de que esto realmente ocurriera.
Como es práctica común de los ministerios públicos en este tipo de casos, la revictimización de Jesús no se hizo esperar: “Por más que voy y les pregunto, nada, no aparece, toda la vida es lo mismo. Además, no me gustaron las palabras que me dijo el fiscal, él me dijo: ‘Es que tú no sabes cómo andaba tu hijo en realidad’”. Silvia rechazó esa insinuación y respondió que, si las autoridades tenían información, debían compartirla en lugar de responsabilizar a la víctima.
“Mi hijo no era malo, era un niño de hogar, de familia. Cuando me separé de mi esposo, él se hizo responsable de sus hermanos y de mí”.


A principios de junio, recibió una llamada de la Fiscalía para informarle que habían localizado varios cuerpos en una fosa clandestina y que esperarían su traslado a Morelia para realizar las identificaciones y determinar si su hijo es uno de ellos.
“Me llamaron y nada más me inquietaron, me volvieron a lastimar y me volvieron a revivir todo lo que yo estoy sintiendo por mi hijo. Es una angustia muy grande para mí, hay días que no duermo, no como, me la paso llorando nada más”.
Finalmente no tuvo noticias de la Fiscalía sobre los cuerpos localizados, pero esa llamada reavivó el dolor que enfrenta. Reconoce que hubo un momento en que decidió convencerse de que su hijo simplemente estaba trabajando lejos de casa para poder soportar la incertidumbre, aunque cada madrugada despierta pensando en él.
Cuestiona además la actuación de la Fiscalía al señalar que nunca realizaron pruebas fundamentales: “No fueron a hacer el perfil de sangre, ni el peritaje de la bala del balazo que le dieron, mi nuera la recogió con la mano y me la entregó, yo la agarré con una servilleta, no con mis manos, se la enseñé al fiscal y él se la quedó”.
Hasta hoy día, Silvia no ha tenido acceso a la carpeta de investigación, ni asesoría victimal alguna, los avances de las investigaciones, si es que existen, permanecen para ella en la opacidad.
El diez de mayo, Silvia y familiares decidieron sumarse a la marcha organizada por el Comité de Familiares de Personas Detenidas Desaparecidas en México (COFADDEM) en Morelia, para exigir el Estado Mexicano la localización con vida de Jesús, junto con cientos de madres que en Michoacán, como en México, lo hacen cada año en esa fecha por sus hijos desaparecidos.
Silvia reconoce estar enojada con Dios, su hermana Erika le pide no renegar de él, pero el dolor y el reclamo es inevitable en los labios de la madre buscadora: “A Dios sí le he reprochado mucho, le digo: ‘¿Por qué te metiste conmigo? ¿Por qué me quitaste a mi hijo? ¿Por qué no me lo entregas?’; estoy muy enojada con él porque ya se ensañó conmigo mucho, no me lo quiere entregar. Yo no se lo pido vivo, yo le digo ‘entrégamelo como sea, pero entrégamelo’, no me hace caso. Él como que ya me olvidó, ya me olvidó”.
Silvia recuerda con dolor la última conversación que tuvo con su hijo un día antes de su desaparición. Durante una videollamada, él le expresó repetidamente cuánto la amaba y le dijo que, si volviera a nacer, la escogería nuevamente como madre y que nunca la juzgó por las dificultades que enfrentó para sacarlos adelante. Aquellas palabras le parecieron extrañas y, aunque le preguntó varias veces si le ocurría algo, él insistió en que todo estaba bien.
Pese al abandono institucional, las contradicciones en el caso y el desgaste emocional, sostiene una convicción inquebrantable: continuar la búsqueda de Jesús hasta dar con él. Su principal exigencia es que las autoridades realmente busquen a su hijo y le den respuestas.
“No es posible que no lo puedan hallar, ya es mucho tiempo, son muchos meses para que no aparezca. Lo que veo es que con mi hijo, es como buscar una aguja en un pajar”, se lamenta.



