“Charlie Parker está cansado. Aquel policía furibundo consumido por la sed de venganza ha evolucionado hasta comprender su papel…”
Horacio Cano Camacho
Zona Oscura
El mal existe. Ésta es la convicción que John Connolly ha tratado de demostrar a través de su gran personaje, Charlie Parker. Este detective ha evolucionado a lo largo de 23 entregas, una larguísima saga que ya rebasa las dos décadas desde su aparición. Y lo ha hecho recurriendo al gótico para reflejar los verdaderos males de nuestra sociedad: el racismo, el clasismo, el fascismo, la explotación de las mujeres, el fanatismo religioso, el coleccionismo extremo y toda una serie de conductas que poco difieren de los aspectos sobrenaturales, salvo por un detalle inquietante: son practicadas por personas de carne y hueso.
Alguna vez un crítico de novela negra comentó que era una suerte que Connolly se inspirara en la nota roja de los diarios estadounidenses para recrear sus historias. Sin embargo, Parker ha terminado por escapar de esa premisa y ha salido varias veces de su nicho habitual para adentrarse en las zonas oscuras de todo el mundo. Ahora, en su entrega número 23, lo hace viajando a Latinoamérica, especialmente a Perú y México, de la mano de dos actividades criminales que, por desgracia, conocemos demasiado bien: el saqueo y tráfico ilegal de nuestro patrimonio precolombino y el narcotráfico. En esta ocasión, los narcos son también coleccionistas fanáticos, dispuestos a cualquier cosa para conseguir las piezas que desean.
Hijos de Eva (Tusquets, 2026) comienza con el asesinato de un traficante de arte precolombino en México. Vive de la compraventa de antigüedades, algunas obtenidas de manera ilegal, pero una situación personal lo lleva a aceptar un encargo de las personas equivocadas y termina pagando con su vida. A partir de ahí se pone en marcha una historia que rápidamente nos traslada a Maine, donde Charlie Parker acepta un nuevo caso: encontrar al novio desaparecido de una amiga.

Parker acepta investigar la desaparición de Wyatt Riggins, exsoldado y pareja de Zetta Nadeau, una joven artista cuya vida ha estado marcada por la tragedia y que ha encontrado en el arte un refugio y una razón para seguir adelante. Wyatt es una de las pocas personas importantes en su vida y su desaparición amenaza con dejarla nuevamente sola. Cuando él desaparece sin explicación alguna, abandonando incluso su teléfono celular, Zetta encuentra en él un inquietante mensaje: «CORRE». Es entonces cuando decide contratar a Parker.
Lo que inicialmente parece una búsqueda relativamente sencilla pronto se transforma en una compleja red donde convergen niños secuestrados, narcotraficantes mexicanos y norteaméricanos, traficantes de antigüedades y asesinos a sueldo. Como suele ocurrir en las novelas de Connolly, cada puerta que se abre conduce a otra aún más inquietante.
Porque el mal verdadero está a nuestro alrededor. Y resulta sorprendente la capacidad de Connolly para encontrar las conexiones precisas entre fenómenos aparentemente inconexos: narcotraficantes por un lado, coleccionistas obsesivos por otro, pandillas, «solucionadores», empresarios sin escrúpulos y toda la mitología que han construido a su alrededor. Esa mirada, esa capacidad para descubrir los hilos ocultos que unen mundos distintos, se ha ido afinando a lo largo de los veintitrés libros de la saga. Pero también resulta imposible no advertir que su creación comienza a recorrer un camino diferente.
Charlie Parker está cansado. Aquel policía furibundo consumido por la sed de venganza ha evolucionado hasta comprender su papel en el delicado equilibrio entre el bien y el mal. Ha desarrollado una idea muy particular de la justicia, una en la que el héroe auténtico vive permanentemente al borde del abismo. Ahora, con los años acumulándose sobre sus hombros, parece desear algo mucho más simple: una vida tranquila, cómoda, capaz de poner fin a su soledad. La pregunta es si todavía está a tiempo de escapar de su destino.
Louis y Angel, sus inseparables escuderos, continúan siendo el corazón emocional de la serie. Son ellos quienes nos recuerdan que, incluso en los paisajes más oscuros, todavía existe espacio para la amistad, la lealtad y el afecto. También ellos parecen cansados. Lo disimulan con humor, con ironías y bromas oportunas, pero saben -igual que Parker y quizá igual que los lectores veteranos de la saga-, que algo importante está cerca de suceder.

Charlie Parker continúa siendo uno de los personajes más fascinantes de la novela negra contemporánea. Ya no es solamente un detective. Es un hombre perseguido por fantasmas, propios y ajenos, que sigue avanzando porque detenerse equivaldría a rendirse. En Hijos de Eva se percibe con claridad que Connolly está acercándose poco a poco al desenlace de esta larga historia. Los elementos sobrenaturales, presentes desde el inicio de la serie, adquieren cada vez mayor peso, especialmente aquellos relacionados con Jennifer, la hija muerta del protagonista, cuya sombra continúa proyectándose sobre cada investigación.
Acérquese a Connolly y al universo gótico de Charlie Parker. Puede comenzar por este libro o por cualquiera de los anteriores; son novelas autoconclusivas y ofrecen suficientes claves para orientarse. Pero le advierto algo: una vez que conozca a Parker, será difícil abandonarlo. Porque, más allá de los crímenes, los fantasmas o los misterios, lo que Connolly ha construido durante más de dos décadas es una de las exploraciones más profundas y conmovedoras sobre la lucha contra el mal que ha dado la novela negra contemporánea.
Y sospecho que cuando Charlie Parker llegue al final del camino, muchos lectores sentiremos que también estamos despidiendo a un viejo amigo.


