“Taquicardia y remanso que mueve órganos de un cuerpo inmenso. Yo en Morelia, tú en la eternidad de cada página que firmaste con tu huella”
Ernesto Hernández Doblas
Crónicas que Muerden
Me atengo al poema. El poema me lleva a los confines, lejos de las casas de los vivos. ¿Y por dónde andaré cuando me vaya y no vuelva?
*
Alejandra Pizarnik
I
Abrí la jaula y me hice a la mar de sombras eternas. Al amor de eternas sombras. Me sumergí bajo las palabras como pez buscando un refugio para su sed, para cuidarla y defenderla de oleajes contrarios. Dejé que las palabras dieran testimonio de mis noches. Que no fueran en balde los embates del insomnio. Mientras estuve viva, no habité otro lado que aquel donde no hay sol ni claridad vigía. Ahí donde tienen cita el deseo y la pesadilla. Abrí las ventanas y me arrojé en brazos de mi eterno enamorado: el viento. Mi hermana la muerte un día dijo: ¡Ven! A mí, niña eterna en un jardín de maravillas. Niña enamorada de lo que al morir descansa y resucita.
II
Te leo. Son las dos de la mañana en este país de fosas sin fondo. Alguien grita el eco de un gol y en ese momento se ahogan los murmullos de mis muertos, de nuestros muertos. Bajo el cobijo de la luna lloro sin lágrimas en este despeinado texto de poeta en ruinas.
Te leo. Nos encontramos entonces en el corazón de la poesía. Palpitante sangre que corre de siglo a siglo. Taquicardia y remanso que mueve órganos de un cuerpo inmenso. Yo en Morelia, tú en la eternidad de cada página que firmaste con tu huella. ¡Qué gran poeta fuiste y eres! Cada poema tuyo es un juego equilibrista entre el hielo y la cascada, entre un mecanismo de relojería y un bosque que dura y quema.
Te leo, al hacerlo veo tu resistencia frente a las palabras: oscilación entre hacer del poema joya pulida en manos de abstracciones o danza desnuda y expuesta a vértigos bajo tierra. Oscilante entre un orden sobre la hoja en blanco verso a verso y el barroco delirio de tu imaginación automática. Cada libro tuyo es péndulo impulsado por la vida y por la muerte.
Te leo para leerme. A mí y al mundo que sin poesía es más oscuro y hostil, como si permaneciera en manos de dios. Entonces mi naufragio sin testigos tiene compañía. Una mujer que sin conocerme, tiene la exacta palabra donde enmudezco porque sin entender entiendo. Mujer poeta que a las dos de la mañana lo ilumina todo y en un abrir y cerrar de ojos me consuela y me muestra el sitio exacto de la herida.
III
Niña eterna soy. Mis poemas fueron refugio, armadura y puente. Mi niñez: territorio de dolor y flores de un jardín íntimo, secreto. La escritura la viví como acto de resistencia entre mis contradicciones. Para que ni se resolvieran ni murieran en sepulcro de engañosa paz. Tensa frontera entre lo decible y el silencio. Nombrar pero sin muros, callar pero diciendo.
Rechacé mi nombre y mi lengua materna mientras buscaba modos de sobrevivir al asma y la tartamudez.¿Infancia es destino? Porque la mía fue un territorio de extrañamiento, dolor y desajuste con la realidad. Panal de grietas. Raíz del desarraigo. Surtidora de cenizas. Poco a poco cuestioné los valores de una sociedad que siempre fue ajena.
Yo habité el aire y los sueños que jamás, los que nacen destinados a la risa de la gente seria. Campana eterna soy. Contradictoria.
Rechacé a mi hermana muchos años y a su felicidad correcta, su belleza intacta, su matrimonio ideal. Yo fui la Otra. Reverso exacto de ella, eco invertido de su perfección clara y ordenada ante los ojos de mi madre. Mientras yo era la extraña en las miradas del espejo, la extranjera de todo, la que hizo de la noche tortura y gozo. Alejandra en el país de sus fantasmas.
IV
Tu poesía completa entre mis manos… delante de mis ojos como luna llena e íntima que ilumina este insomnio. Tu imagen en blanco y negro: niña perdida y sabia, con un cigarro en los labios y una taza de café con el dibujo de un gato. Tu cabello corto y en desorden es un espejo de tu ebullición de imágenes a punto de brotar. Imágenes igual que flores negras cuyo exquisito perfume surge al abrir el libro. ¡Esa mirada tuya! Flecha en llamas, concentración que duele, ventana de tu herida.
Alejandra, pronuncio tu nombre para invocarte. Morelia no brilla pero tu poesía en mi naufragio es canción de cuna momentos antes del morir. Repaso mis años: escombros y ruinas. ¡Pero tu poesía…! Voy a tu encuentro en cada página. Deletreo, me deletreo. Todos tus poemarios alcanzan estatura de ave, tienen fauna del alma y relámpagos que no mueren. Todos tus poemas son vuelo en resistencia. Y sin embargo, en un lugar especial guardo la tierna furia de «Las aventuras perdidas». La juvenil y jovial rebeldía que se atesora ahí: leones y olas de tu jardín encantado. En ese poemario a tus 22 años que dedicaste a tu psicoanalista León Ostrov, ya poblabas tu vacío con versos tan oscuros y solares como aquel en donde dices: «Señor/El aire me castiga el ser./Detrás del aire hay mounstros que beben mi sangre./Es el desastre./Es la hora del vacío no vacío…».
V
Decidí habitar el abismo en vez de sanarlo. Lo recorrí hasta donde pude, dejando en él mis huellas para que me prestara su voz. Otra voz había en mí, llamándome a morir de poesía. A ella también obedecí porque en su tono estaba todo lo que del dolor se salva. Lo que no es únicamente ruina sino parto de mujer que aún rota encuentra corazón en los escombros. Otra voz era un bufón cuya sabiduría me invitaba a un laboratorio de montaña rusa. Vaivén de angustia y goce: carnaval a medianoche. Decidí el abismo en vez de lo que salva. O tal vez fueron las voces quienes lo hicieron por mí.
VI
Tu poesía fue una búsqueda desde el lenguaje. Una disciplina del espíritu. Tu arte nació porque dolor y gozo a equilibradas partes dieron a luz lo que hoy en el papel es vida en abundancia. Alejandra, libras batallas en un mismo libro, para encontrar exactitud en brevedad concentrada, desbordado surrealismo o prosa que narra pájaros y jaulas. A obsesiones puliste la claridad de tus tinieblas ya sea como «canto de leprosa» o «puro errar de loba en el bosque».
Tu territorio definitivo fue la noche como metáfora y realidad. En ella quisiste descender para buscarte nuevos espejos entre la infancia y un anhelo por extender de una vez por todas, oleajes de poeta. Esa tensión nunca resuelta es la que hizo posible tu poesía, tus versos con paciencia trabajados en el taller de los silencios. A veces abstracta y otras concreta o confesional, con puntuación o sin ella: jugándote la vida en redondel desnudo y al sol. Alejandra…Alejandra…Hermana mía. Mi semejante.
Tabla de salvación fue la poesía en ti. Equilibrio posible entre pasiones de crear y destruir. Eros en pie de lucha incluso sobre hielo quebradizo o abismo hambriento. Alma de selva que escribe «Yo devoro la furia como un ángel idiota/invadido de malezas/que le impiden recordar el color del cielo».
VII
Abrí la jaula y me hice a la mar de sombras eternas. No sin antes conjugar el amor en bocas de anhelo que convertí en poema. Porque lo mejor del amor es el «siniestro delirio de amar a una sombra». No sin antes habitar tropel de palabras, jardín de sueños. Me sumergí bajo las palabras, dejé que ellas dieran testimonio de mis noches. Mientras estuve viva no habité otro lado que aquel donde no hay sol ni claridad vigía.
Abrí las ventanas y me arrojé en brazos de mi eterno enamorado: el viento. Frente a un espejo desaparecí para reaparecer en un mar donde un gran barco me esperaba con las luces encendidas. Me predije y me cumplí. Soy Alejandra, mi hermana la muerte un día dijo Ven. A mí, Alejandra en el país de las maravillas, en el pais de la noche, en el país de la muerte.
Portada: Alejandra Pizarnick | Fotografía: Alas Tensas


