Mientras los avances tecnológicos y sus descomunales expectativas de beneficios nos aturden, la inteligencia humana languidece en una idiotez sin límites
David Ramos Castro
La Colmena Urbana
Me atrevo a hacer todo lo que es propio de un hombre, quien se atreve a más, no lo es.
William Shakespeare. Macbeth.
Curiosamente, hay sectores en los que las diferencias políticas parecen mitigarse o hasta desaparecer y en los que los adversarios, de pronto, deciden encaminarse en la misma dirección. Es lo que ocurre en Michoacán con las tecnologías digitales. Así, mientras el gobierno del estado exhorta a los jóvenes a crear una red social mexicana o elogia los esfuerzos en materia de capacitación tecnológica impulsados por la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones, el consistorio municipal hace lo propio anunciando la creación de la nueva Agencia de Ciudad Inteligente mientras resalta los avances del llamado Gobierno Digital. Por supuesto, tan milagrosa sintonía ocurre en uno de los sectores tecnológicos –el de la IA– con mayor expectativa de beneficio dentro de los mercados de futuro a escala global, cuyo presente brinda ya cifras de vértigo a ojos de algunos, con 500 billones de dólares en ingresos y 11 trillones en capitalización bursátil. Ante semejante derroche de ceros por la derecha, casi nadie quiere pensar si los ceros a la izquierda no seremos ya nosotros.
Con la expresión «el giro intelectual y creativo de la Inteligencia Artificial», el filósofo francés Éric Sadin se refiere al surgimiento de la llamada Inteligencia Artificial generativa como un parteaguas en el rumbo sociocultural impuesto por la tecnociencia, el cual, a su vez, sirve de aviso sobre el inquietante porvenir que se nos anuncia: un povenir con sabor a muerte. La aparición en noviembre de 2022 de ChatGPT –nos dice Sadin– marcó el inicio de un acelerado y progresivo despojamiento de todo lo que había caracterizado la evolución de nuestra especie desde sus remotos orígenes y hasta la fecha, a saber: el pensamiento y la creación. En su libro Le désert de nous-mêmes: le tournant intéllectuel et créatif de l’intélligence artificielle, publicado el año pasado por L’Échappée y editado en español por Caja Negra, Sadin sigue profundizando en los temas que dos años antes había abordado en La vida espectral (Caja Negra, 2024),en la que nos alertaba sobre una especie de vitalidad inerte que se va imponiendo en nuestra existencia digitalizada.
La metáfora del desierto resulta, desde luego, idónea para captar la atmósfera de nuestro tiempo, con su aire de futurismo estéticamente empobrecido que vuelve a acoplar la lujuria de la guerra con la excitación de las máquinas, tal como la soñó y elogió una vez el futurismo italiano y su estética fascista. El avance del desierto –algo que Friedrich Nietzsche fue el primero en predecir– sigue su curso y, con él, una guerra maquinal perfeccionada, dispuesta a destruir toda forma de vida que se empecine en existir de espaldas a la modernización y sea proclive a mirar hacia atrás, no por reaccionaria, sino por contestataria, ante la engañosa seducción de un futuro tan espectacular como vacío.
En un famoso texto, Walter Benjamin se refirió a ese contraste entre la deuda con el pasado y el impulso irrefrenable hacia el futuro, inspirándose en el dibujo Angelus Novus, del pintor Paul Klee, en el que vemos a un ángel de ojos desorbitados mirar atrás mientras sus alas padecen el golpe de un vendaval que lo mueve sin piedad hacia delante. El dramatismo de la escena reside, a ojos de Benjamin, en el contraste que allí se manifiesta entre lo pretérito (mas no preterido) y lo que está por venir. Horrorizada, la criatura mira hacia el pasado sólo para atestiguar las ruinas y las vidas profanadas que en él se amontonan; mientras, sus alas, incapaces de plegarse ante el azote del aire enfurecido, la empujan sin remedio hacia el futuro. «Ese huracán –escribe Benjamin– es a lo que nosotros llamamos progreso».
¿Cómo no pensar de nuevo en toda esa destrucción que arrastra el vendaval cuando oímos hablar de los trabajos que eliminarán las nuevas tecnologías de IA y decidimos, aun así, celebrarlas, ocultando el rastro de todas las vidas que serán simultáneamente aniquiladas? Descomposición moral es lo que transpira ese cinismo que mira al futuro falsificando el presente, algo en lo que incide la antropóloga Paula Sibilia en su libro Yo me lo merezco: de la vieja hipocresía a los nuevos cinismos (Taurus, 2024); de la misma manera que es algo siniestro lo que vemos asomar en algunos eventos tecnológicos actuales. Pensemos, por ejemplo, en Moya, el nuevo robot de la empresa DroidUp, presentado en Shanghái (China) hace unos meses, que sorprendió a todos por su lograda imitación de ciertos rasgos humanos, como una piel cálida, el logro de algunos matices en las expresiones faciales y el cadencioso balanceo en su manera de andar.
Llama la atención que ciertas empresas no dejen de humanizar la apariencia de sus robots mientras cada vez más humanos están dispuestos a acatar la robotización de sus vidas, pasando por alto el hecho de que, al hablar de androides, a lo que hemos renunciado es a hablar de la vida. Hoy la contradicción mayor no está, pues, entre las nociones de artificio y naturaleza, sino entre las formas de lo vivo y los simulacros de lo que no está ni vivo ni muerto: lo no-vivo. Una deriva hacia lo inerte que ahora prevé el jaque mate a nuestras humanas expresiones intelectuales y creadoras, las cuales, si se llegara a consumar el totalitarismo tecnocientífico hacia el que nos dirigimos, quedarían relegadas de lo humano y delegadas a su versión artificial y cibernética.
En su libro No soy un robot, Juan Villoro asegura escribir ya desde «el umbral de lo posthumano», desde un mundo que se desvanece junto con las virtudes de la lectura y las posibilidades de la interpretación. Pues bien, en la frontera de lo transhumano, más que de lo posthumano, es la interpretación como forma viva de existencia libre la que queda cancelada. El giro digital hacia la pasividad, hacia un paraíso artificial de deseos sin voluntad, lo que nos promete en verdad es un infierno. ¿Acaso no es una imagen infernal ésa de un lugar de ambición infinita e indecisión perpetua? No estamos lejos de ese infierno cada vez que oímos que los sistemas de aprendizaje automatizados han venido para quedarse, que el futuro de las ciudades reside en su obligada e «inteligente» digitalización o que la formación pasa por la adaptación a las nuevas tecnologías, y, en lugar de rebelarnos, asentimos sin un solo gesto de incomodidad o crítica; estamos, de hecho, muy cerca de él cuando nos integramos sin dejar un solo rastro, no de resiliencia, sino de resistencia, algo que indique que alguna vez anduvo por aquí un animal humano, alguien que, para vivir, aceptó antes, y en carne propia, amar, sufrir, sentir, caminar, aprender, pensar, luchar…, conquistar ciertos instantes de plenitud y dejar finalmente una humilde huella de su mortal paso por esta tierra. No puede ser humano lo que espera más.
Ilustración portada: Luna Monreal


