Regla de Tres

¿Freno o acelerador del cambio climático?

“…la bicicleta como herramienta para la transformación genera interrogantes cuando su modalidad de uso cambia…”

Ciudades y cambio climático

En América Latina es prácticamente imposible pensar la ciudad como figura de análisis sin tener en cuenta la corrupción rampante, las peleas por el territorio y las miradas desarrollistas trasnochadas que han producido agregados urbanos anárquicos en los que la relación entre centros y periferias está mediada por una larga lista de problemas que en su conjunto contribuyen a propulsar el cambio climático. Un fenómeno gestado dentro de las dinámicas ecocidas del gran capital y que se comporta comouna especie de manto totalizante amenazando todos los rincones de la humanidad.

Lejos de contenerlo, la ciudad actual está funcionando como su catalizador gracias al carácter depredador de sus desarrolladores y mandamases. Para el ecólogo venezolano Francisco Javier Velasco https://n9.cl/koz0kg, las ciudades modernas constituyen escenarios de despojo y destrucción ambiental en los que la acción de las fuerzas neoliberales agudiza las vulnerabilidades sociales que exponen en cada vez mayor medida a las personas frente a la fenomenología inherente al cambio climático.

Pero, al mismo tiempo, apunta, las ciudades son también espacios de los que emanan cotidianamente resistencias e ideas con potencialidades emancipadoras que iluminan las vías de posibles soluciones. Hoy miles de personas han entendido que nuestro destino como humanidad está inexorablemente ligado al de la naturaleza, y en consecuencia reorientan su estilo de vida emprendiendo acciones individuales y colectivas que se confrontan con las fuerzas industriales que están detrás del cambio climático.

«…el ciclismo de montaña ha sido denunciado como una actividad invasiva, destructora y, por lo tanto, como perjudicial para estas áreas naturales.» | Fotografía: Dinitrii Vaccinium | Unsplash

Ciclistas urbanos y cambio climático

Entre las acciones que marcan un cambio de ruta están las de quienes han adoptado la bicicleta como medio de transporte alternativo. Una práctica que, según lo han reconocido decenas de gobiernos y organismos, al masificarse constituye una acción contundente de descarbonización de las ciudades, y, por tanto, un freno eficaz para la contención del cambio climático.

El ciclista urbano no demanda infraestructuras industrializadas como lo hace el automóvil, ni necesita la remoción de vegetación para circular libremente. A lo mucho, su incorporación como medio de transporte en las ciudades requiere una redistribución de los espacios y adecuaciones que no implican el aniquilamiento de la naturaleza como sí lo hacen las autopistas, pasos a desnivel, y anillos periféricos. Tampoco emite contaminantes ni sonidos estridentes que ahuyentan a la fauna local. Por el contrario, se desplaza sin problemas en condiciones rudimentarias, dentro de parques urbanos no asfaltados e incluso agradece la presencia de la sombra y el fresco que ofrecen árboles y senderos poblados de vegetación. En otras palabras, la bicicleta dialoga bien con esos otros seres no humanos cuya presencia enriquece los entornos urbanos.

Por otro lado, su presencia plantea una crítica al urbanismo que reproduce las lógicas hegemónicas de dominación capitalista para las que las ciudades no son sino nodos de acumulación de ganancias para unos cuantos en menoscabo de las mayorías. Su accesibilidad y bajo costo revierten ese tipo de lógicas y brindan a los excluidos la posibilidad de integrarse a la ciudad, lo cual incide en la transformación del tejido urbano propiciando una distribución más democrática del espacio.

En estas facetas, la bicicleta es un buen conector entre biodiversidad y sociodiversidad, que contribuye a la conformación de sistemas urbano-ecológicos a la altura de los desafíos climáticos actuales.  Las demandas de sus usuarios inciden directamente sobre los ámbitos responsables del cambio climático por su desmedido consumo de energías fósiles, como el transporte y la propia planificación urbana. En ese sentido, la pugna por el derecho a circular con libertad, seguridad y accesibilidad es al mismo tiempo una pelea por la construcción de ciudades a escala humana, un horizonte que, ante la inminencia de la catástrofe climática, beneficiaría a ciclistas y no ciclistas por igual.

En esos vértices, la defensa del derecho a la ciudad y las demandas de justicia climática se empalman robusteciéndose recíprocamente. Significa que las aspiraciones del movimiento ciclista urbano compaginan con las agendas de las luchas de defensa de territorios, y se suman a los esfuerzos articulados desde abajo que en diversos lugares surgen para anteponerse a los proyectos depredadores cuyo despliegue compromete seriamente las posibilidades para la reproducción de la vida.

Los otros ciclismos

No obstante, la bicicleta como herramienta para la transformación genera interrogantes cuando su modalidad de uso cambia a lo que se conoce como ciclismo de uso recreativo, una variable dentro de la que se enmarcan el ciclismo de ruta y el ciclismo de montaña. Actividades a las que los eslóganes publicitarios presentan como vías sostenibles o amigables para entrar en contacto directo con la naturaleza. Lo cual no es del todo cierto.

En sus formatos actuales, ese tipo de ciclismo, además de un deporte, es también la expresión de un capitalismo que se vale de la naturaleza como vía para hacer crecer su mercado. Una estrategia empresarial fácilmente maquillable de verde que atrapa clientelas y endosa a espacios rurales en los que por lo general no invierte los efectos de la incursión de números cada vez más grandes de personas.

Cuando llega a existir un involucramiento empresarial dentro de áreas rurales o periféricas a fin de adecuarlas para servir como espacios ciclistas recreativos, este se lleva a cabo bajo lógicas privatizadoras para las que mucho antes que la concientización de los usuarios en temas relacionados con el medio ambiente está el negocio. Ejemplo de ello es lo sucedido en lugares como el bosque de la Primavera en las lindes de Guadalajara, o el Desierto de los Leones en Ciudad de México, donde el ciclismo de montaña ha sido denunciado como una actividad invasiva, destructora y, por lo tanto, como perjudicial para estas áreas naturales.

El perfil del ciclista recreativo promedio explica en gran medida la problemática. Personas que adquieren una bicicleta convencidos de que al mismo tiempo adquieren también el derecho de disponer de la naturaleza a su antojo. Una actitud cuestionable no porque se sirvan de la naturaleza para divertirse, sino porque suelen relacionarse con esta como lo hacen con cualquier otro consumible. En su mirada, el valor del medio ambiente se mide exclusivamente en función de su potencial recreativo y de las posibilidades que ofrezca para proyectar su individualidad. Hablamos de un ciclista más interesado en satisfacer el algoritmo de las aplicaciones en su celular que a la posible curiosidad por conocer los elementos presentes en los ecosistemas.

Desde esta mirada, y a diferencia del ciclista urbano, el ciclista recreativo es antes un actor económico que un opositor al cambio climático. No tiene que enfrentarse, como el primero, con los efectos de sistemas urbanos excluyentes y homicidas, sino que se limita a comportarse con la displicencia de un consumidor. Y, como tal, mientras se mueve por bosques y descampados suele reproducir las conductas con las que se mueve en otros ámbitos: se atavía para la ocasión, usa – cuando tiene – su automóvil, se fotografía a cada oportunidad y sí, también desperdiga basura sin mayor consideración por el entorno.

Su interés, claramente, no está en romper con los elementos de la vida moderna que acentúan las vulnerabilidades, por el contrario, tiene en el status quo el hábitat que le acomoda. Tampoco está interesado en explotar el potencial transformador que ofrece la bicicleta. Su relación con esta es como la de quien compra un horno y lo usa solamente para tostar pan. Es decir, desdeña la gama de funciones que la bicicleta puede llegar a ofrecer, lo cual es, desde luego, respetable por atañer exclusivamente a su esfera de decisiones personales.

Lo criticable es, en todo caso, la presunción mercadotécnica de que el ciclismo de fin de semana es una actividad sostenible y amigable con el medio ambiente, cuando en realidad lo que hace es participar en su mercantilización. Dejando de lado los impactos ambientales de los que la masificación de este tipo de actividad es responsable y que han sido documentados en varios casos, un elemento notorio es que, a diferencia del ciclismo urbano, estas modalidades en muy poco o nada contribuyen a la construcción de una conciencia colectiva crítica frente al deterioro socioambiental.

Por el contrario, su consumo permanente en aditamentos, refacciones, bicicletas, vestimenta, redes sociales y demás parafernalia mantiene girando las máquinas de una producción industrial que se intensifica, además, con la incorporación de las bicicletas asistidas. Una nueva modalidad orientada a ahorrarle al cuerpo el esfuerzo que exige el desplazamiento por zonas agrestes, y que crece en popularidad ensombreciendo al mismo tiempo todo lo que de “sostenible” podía llegar a tener ese tipo de ciclismo. Por actitudes como estas, se puede afirmar que mientras el ciclista urbano facilita la proliferación de la naturaleza en la ciudad, este otro perfil busca llevar la ciudad a la naturaleza portando consigo las tecnologías, enseres, materiales – y a veces incluso las bebidas alcohólicas – que acompañan su vida cotidiana.

El ciclismo recreativo como espacio de posibilidad

Sin embargo, el hecho de que la bicicleta como instrumento para la adecuación de la vida frente a la inminencia del cambio climático encuentre un tope en este tipo de prácticas no implica el agotamiento de sus posibilidades. Hay también, entre estos ciclistas, honrosas excepciones. Personas que desarrollan su actividad como parte de un gusto e interés auténticos por la naturaleza y entienden a la bicicleta como una forma para acercarse respetuosamente a ella.

Ciclistas que en el contacto con los paisajes desarrollan sensibilidades útiles para detonar una conciencia en torno a la crisis socioecológica que hoy acecha a la vida en el planeta. Pedaleos que encuentran en la diversión un espacio para cultivar las ideas y reflexiones necesarias para posicionarse frente a las dinámicas depredadoras que hoy tienen al mundo al borde del colapso. Aficionados que comienzan rodando sobre brechas y acaban imbuidos en procesos de politización que agrandan las posibilidades para articular resistencias.

 De este modo, prácticas como el ciclismo de montaña recuperan sus virtudes separándose de las tendencias de consumo dirigidas por la publicidad, y asumiendo roles que contribuyen a desestructurar la industrialización de la vida. Es así que el ciclismo recreativo tiene su mejor oportunidad para devolverle “lo verde” a una actividad que hoy dista de serlo. De otro modo, y por mucho que se le enaltezca, la bicicleta no es sino una más de las amenidades con las que el capitalismo titiritea a quienes marchan al son de sus agendas.


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