Regla de Tres

Escuchar cuando todos hablan

En un tiempo saturado de voces, Fernanda Melchor convirtió la escucha en una forma de escribir

Parece que vamos perdiendo la capacidad de escuchar. No porque falten voces, sino porque sobran. Las llevamos en el bolsillo, se deslizan bajo el pulgar, nos alcanzan antes de terminar una idea y enseguida son sustituidas por otra. Habitamos una época donde casi todo reclama atención, pero muy poco consigue detener el oído. Quizá por eso todavía hay algo capaz de romper ese flujo: un rumor. Un buen chisme. Esa historia que alguien nos cuenta en voz baja y que sentimos la necesidad casi física de repetir. El rumor siempre encuentra quien lo escuche.

No es casual que los periodistas conozcan bien ese territorio. Su oficio consiste, antes que nada, en escuchar. Escuchar antes de explicar. Registrar antes de concluir. Aprender a distinguir entre lo que ocurrió y la manera en que una comunidad decide contarlo. Durante años ese fue también el trabajo de Fernanda Melchor (Veracruz, 1982), formada como periodista en la Universidad Veracruzana. Sin embargo, detenerse en ese dato apenas alcanza a explicar una parte de su literatura. El periodismo le dio herramientas; la escritura hizo otra cosa con ellas.

Temporada de huracanes suele presentarse como la historia del asesinato de una bruja en un pueblo de Veracruz. El cadáver aparece desde las primeras páginas y la pregunta parece inevitable: ¿quién la mató? Todo apunta a una novela negra. Pero muy pronto queda claro que el crimen es apenas un pretexto. Lo que realmente interesa a Melchor no es resolver un misterio, sino escuchar cómo una comunidad fabrica sus propias verdades.

En sus novelas nadie posee el relato completo. Cada personaje habla desde el miedo, el deseo, la culpa, el prejuicio o el resentimiento. Las voces se contradicen, exageran, inventan, recuerdan mal. El rumor deja de ser un recurso narrativo para convertirse en la materia misma del libro. La Bruja, quizá el personaje más enigmático de la novela, existe sobre todo en lo que otros dicen de ella. Es una figura construida por versiones ajenas, por supersticiones, sospechas y habladurías. Melchor parece sugerir que las comunidades también inventan a sus monstruos.

Ahí reside una de las singularidades de su escritura. No utiliza el lenguaje para describir la realidad; muestra cómo el lenguaje participa en su construcción. Los insultos, las frases repetidas, las supersticiones, los silencios y las conversaciones de patio no son adornos de la prosa. Son el lugar donde se organizan las jerarquías, donde circula el poder y donde la violencia empieza mucho antes de convertirse en un acto.

Quizá por eso sus frases avanzan sin ofrecer demasiado descanso. Largas, densas, casi sin puntos aparte, obligan a seguir el ritmo de una respiración que parece no encontrar aire suficiente. Más que un gesto de estilo, esa cadencia reproduce la manera en que hablan sus personajes. La propia Melchor ha dicho que le interesa capturar el ritmo del habla antes que obedecer la sintaxis académica. Una voz arrastra a la siguiente, una confesión se mezcla con un recuerdo, un insulto termina convertido en una verdad aceptada por todos. Leerla no exige únicamente atención; exige entregarse al flujo de una lengua que nunca permanece quieta.

Con frecuencia se dice que escribe sobre la violencia. Es cierto, pero la afirmación resulta insuficiente. Sus novelas también están profundamente interesadas en las experiencias femeninas: mujeres atravesadas por la violencia sexual, la pobreza, el control sobre sus cuerpos, los deseos reprimidos o maternidades impuestas. Lo notable es que Melchor nunca las convierte en figuras ejemplares ni en víctimas ideales. Sus personajes son contradictorios, vulnerables y, a veces, también capaces de ejercer violencia. Porque sus novelas no aíslan un hecho brutal: reconstruyen el ecosistema que lo hace posible.

Tal vez por eso cuesta clasificar su obra. En ella conviven la tradición oral, la crónica, la novela negra, el horror rural y una precisión casi periodística para escuchar cómo habla la gente. Ninguna de esas categorías basta por sí sola. Melchor escribe desde un territorio donde los géneros se contaminan entre sí, del mismo modo que sus personajes viven en un espacio donde lo cotidiano y lo extraordinario apenas pueden distinguirse.

En tiempos donde todos parecemos obligados a opinar de inmediato, Fernanda Melchor propone algo mucho más incómodo: escuchar hasta las últimas consecuencias. Escuchar incluso aquello que preferiríamos no oír. Quizá ahí radique la potencia de su literatura. No ofrece respuestas tranquilizadoras ni personajes ejemplares. Nos recuerda que una sociedad también puede leerse a través de las palabras que repite, los rumores que alimenta y las historias que decide creer.

Esa forma de mirar -o mejor dicho, de escuchar-, es la que vuelve a Fernanda Melchor un espécimen. No porque escriba sobre monstruos, sino porque demuestra que, a veces, el verdadero monstruo es el lenguaje cuando una comunidad deja de escucharse y las palabras se convierten en el lugar donde fabrica sus certezas.

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