Regla de Tres

El terror somos nosotros

Elaine Vilar Madruga ha hecho del terror, el cuerpo y las genealogías de mujeres una literatura imposible de encerrar en un solo género

«El terror mayor siempre son los seres humanos», dice Elaine Vilar Madruga. Podría parecer una afirmación extraña en una escritora cuya obra está habitada por selvas voraces, animales muertos, familias siniestras, maternidades monstruosas y criaturas sacrificadas. Pero quizá sea precisamente allí donde se encuentra una de las claves de su literatura: los monstruos no siempre necesitan ser inventados.

Nacida en La Habana, Cuba, en 1989, Vilar Madruga es narradora, poeta y dramaturga. Estudió guitarra clásica y dramaturgia, ha publicado más de cincuenta obras y sus libros circulan ya fuera de la isla. La tiranía de las moscas obtuvo el Premio Cálamo; El cielo de la selva fue elegido por Babelia -suplemento dedicado a los libros del diario español El País-, entre los diez mejores libros de 2023 y recibió el Premio Nollegiu. Pero las clasificaciones empiezan a resultar insuficientes cuando se intenta explicar lo que escribe.

Terror, fantástico, gótico, lirismo, erotismo, memoria familiar, violencia política. La propia Vilar Madruga prefiere hablar de una literatura «mestiza» y ha comparado la mezcla de géneros con nuestros propios cuerpos migrantes. Su escritura parece resistirse a la taxonomía: cambia de forma, atraviesa fronteras y toma de cada territorio aquello que necesita para contar.

Una de sus raíces se encuentra lejos de cualquier escuela literaria. «Aprendí a hacer literatura pegada a los fogones de mi abuela», ha contado. Elaine comenzó a escribir a los siete años y su abuela guardó aquellas primeras libretas. Pero, sobre todo, alrededor de esos fogones circulaban historias: las de su madre, su abuela y su bisabuela. Mujeres cuyas vidas terminarían alimentando una genealogía literaria.

Su bisabuela, por ejemplo, quiso divorciarse cuando hacerlo constituía casi una insurrección para una mujer cubana de su tiempo. Estaba embarazada y tenía dos hijos; su padre le impidió separarse y terminó teniendo siete hijos más con aquel marido. Elaine ha dicho que ese intento de pronunciar un simple «me voy» le parece revolucionario. Quizá por eso el feminismo en su obra no se siente como una consigna añadida desde afuera. Viene también de escuchar aquello que las mujeres de su familia hicieron, callaron, desearon o no pudieron hacer.

Y de los libros. Elena Garro, Clarice Lispector y otras escritoras le permitieron encontrar palabras para experiencias que hasta entonces pertenecían al silencio. «Cuando encuentras un libro estás encontrando una compañía y un aprendizaje», ha dicho. Unas mujeres escribieron historias; otras las contaron junto al fuego. Su literatura parece provenir de ambas.

En La tiranía de las moscas, una familia vive sometida a un padre militar mientras sus hijos habitan formas particulares de la extrañeza. En El cielo de la selva, el cuerpo femenino se convierte en territorio de una violencia todavía más feroz: mujeres obligadas a parir criaturas destinadas al sacrificio. Pero la selva no es solamente la selva. Para Vilar Madruga puede ser una familia, un país, un cuerpo, un sistema político. Ahí el terror deja de funcionar únicamente como género y se convierte en una forma de mirar. El monstruo puede ser también una estructura familiar, una maternidad impuesta o un sistema de poder.

Esta exploración adquiere una nueva dimensión en La piel hembra, su novela más reciente y ambiciosa. Las mujeres de un pueblo perdido en las montañas desaparecen una noche y regresan cubiertas de polvo dorado, embarazadas y convencidas de gestar al nuevo mesías. A lo largo de más de seiscientas páginas se entrelazan maternidad, fe, guerra, memoria, deseo y poder. Vilar Madruga ha dicho que con este libro concluye una manera de contar; algunas de sus primeras lecturas críticas hablan ya de una novela con vocación de clásico. Quizá sea demasiado pronto para saberlo. Lo que sí parece claro es que en ella confluyen muchas de las obsesiones que atraviesan su literatura.

Y quizá también muchas de sus mujeres.

Como si cada historia añadiera una capa a una piel más extensa que cualquier cuerpo: una piel hecha de mujeres distintas, de generaciones que quizá nunca se conocieron y que, sin embargo, se rozan a través de lo heredado, lo contado y lo escrito. Una piel que guarda cicatrices, pero también memoria y deseo. No una piel uniforme, sino una superficie donde las diferencias pueden permanecer sin dejar de tocarse.

En Vilar Madruga, sin embargo, sería un error confundir esta oscuridad con desesperanza. Para ella escribir es un juego «oscuro y luminoso a la vez»: abrir heridas, pero también encontrar una posibilidad de reparación. Cree en una literatura con propósito humano, aunque no le exija la grandilocuente misión de transformar el mundo entero. Le concede un poder más íntimo: encontrar a determinadas personas y modificar, aunque sea mínimamente, su manera de mirar.

El próximo miércoles 2 de septiembre, a las 19:30 horas, Elaine Vilar Madruga conversará con Luis Felipe Rodríguez sobre La piel hembra en el UNAM Centro Cultural Morelia. El encuentro, titulado “El horror de la selva”, forma parte del Hay Festival Presenta Morelia, la jornada con la que el festival extiende por primera vez su programación a la ciudad como antesala del Hay Festival Querétaro 2026. La entrada será libre.

Hay escritoras a las que descubrimos cuando su obra ya pertenece a la historia literaria y otras a las que tenemos la rara fortuna de encontrar mientras esa obra todavía está creciendo. Esta vez, las historias que comenzaron junto a unos fogones en La Habana estarán muy cerca. Vale la pena acercarse a escucharlas.


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