Regla de Tres

El territorio pierde ojos

La muerte de Álex Serna no sólo silenció una voz: dejó sin uno de sus observadores a la costa de Guerrero

Los ríos cambian despacio.

Tan despacio que hace falta alguien dispuesto a mirarlos todos los días para descubrir que ya no son los mismos.

Casi nunca advertimos el momento exacto en que el agua pierde transparencia, un manglar desaparece o una descarga comienza a repetirse. Los paisajes suelen transformarse sin estridencias, como si confiaran en que nadie notará la diferencia. Quizá por eso existen personas que hacen del acto de observar una forma de cuidar. No porque posean respuestas extraordinarias, sino porque han aprendido a reconocer aquello que para los demás pasa inadvertido.

Álex Serna era una de ellas.

Manuel Alejandro Moreno Serna, conocido como Álex Serna, recorría Zihuatanejo con un teléfono en la mano. A través de videos y publicaciones documentaba contaminación, obras presuntamente irregulares, extracción de agua y posibles vínculos entre intereses empresariales y autoridades locales. No ocupaba una redacción ni respondía por completo a las categorías tradicionales de periodista o activista. Era también un comunicador ambiental ciudadano: alguien que convirtió su teléfono en una ventana pública hacia los conflictos de su territorio.

Serna, de 39 años, desapareció el 20 de junio. Ese mismo día había difundido un video sobre una empresa deshidratadora de mango en La Saladita, a la que señalaba por presuntamente operar sin autorizaciones ambientales y utilizar agua sin concesión. Desde marzo había hecho públicas amenazas relacionadas con su labor. Su cuerpo fue identificado casi dos semanas después. Corresponderá a las autoridades esclarecer si su asesinato estuvo vinculado con el trabajo que realizaba y garantizar que el caso no permanezca en la impunidad.

Pero mientras la investigación sigue su curso, hay una pregunta que apenas empieza a asomarse: ¿qué pierde un territorio cuando desaparece quien lo observaba todos los días?

Durante mucho tiempo imaginamos a las personas defensoras ambientales como quienes organizaban asambleas, encabezaban movilizaciones o presentaban denuncias. Siguen haciéndolo. Sin embargo, en los últimos años ha surgido otra figura que todavía nombramos poco: la del comunicador ambiental ciudadano.

Es una transformación silenciosa, pero profunda. Hoy muchas personas defensoras también sostienen una cámara, hacen transmisiones en vivo, geolocalizan puntos de contaminación, comparan imágenes satelitales, resguardan documentos digitales y convierten sus redes sociales en un archivo abierto del territorio. No sólo denuncian. Documentan. No sólo protestan. Construyen evidencia.

Cada fotografía fechada, cada transmisión en directo, cada video grabado desde un río o una playa termina formando una memoria colectiva que permite reconstruir cómo cambió un paisaje, cuándo apareció una obra o desde qué momento comenzaron las afectaciones ambientales. En un país donde tantas investigaciones oficiales llegan tarde -o nunca llegan-, esos archivos ciudadanos adquieren un valor que va mucho más allá de la comunicación: son piezas de memoria territorial.

Quizá por eso la muerte de personas como Álex Serna deja una ausencia distinta. No desaparece únicamente una voz crítica. También corre el riesgo de perderse un archivo vivo construido durante años. Una cronología de imágenes, denuncias, recorridos y conversaciones que difícilmente puede ser reemplazada por otra persona. Los territorios no sólo necesitan quien los defienda; también necesitan quien los recuerde.

Por supuesto, las personas defensoras ambientales siguen protegiendo ríos, manglares, bosques o playas. Pero también producen conocimiento. Aprenden a leer un territorio mediante una atención cultivada durante años: saben dónde brotaba un manantial, cuándo comenzó una descarga, qué camino fue cerrado, qué promesa hizo una autoridad y qué obra apareció después. Su memoria permite relacionar hechos que, vistos por separado, parecerían insignificantes. En sociedades donde los controles institucionales son frágiles, esa vigilancia comunitaria puede ser una de las pocas formas de impedir que el deterioro ocurra en silencio.

Por eso la violencia contra quienes defienden el ambiente tiene consecuencias que pocas veces alcanzamos a dimensionar. No únicamente elimina a quien denuncia; debilita la capacidad colectiva para comprender qué está ocurriendo. El miedo desalienta testimonios, interrumpe investigaciones y obliga a otros a apartar la mirada. Un río puede seguir contaminándose, pero ya no habrá quien lo registre semana tras semana. Una obra irregular puede continuar avanzando, pero cada vez serán menos quienes conserven las pruebas de cómo empezó.

El Centro Mexicano de Derecho Ambiental documentó 314 agresiones contra personas defensoras del ambiente durante 2025, incluidos diez asesinatos. Detrás de cada caso hay familias, comunidades y luchas que quedan marcadas por la violencia. Pero también hay algo menos visible: fragmentos de la memoria ambiental del país que comienzan a desaparecer.

Las redes sociales suelen ser vistas como espacios de opinión efímera. En muchos territorios, sin embargo, se han convertido en otra cosa: bitácoras de largo plazo, repositorios de denuncias, archivos ciudadanos que conservan aquello que de otro modo podría perderse. Tal vez ahí resida una de las transformaciones más importantes de la comunicación ambiental contemporánea. Hoy un teléfono celular puede contener parte de la memoria ecológica de una comunidad.

Cuidar a quienes defienden el territorio significa investigar las amenazas antes de que se conviertan en tragedias, proteger su integridad y garantizar justicia cuando la violencia ocurre. Pero quizá también implique reconocer el valor del conocimiento que producen y preservar esos archivos que ayudan a reconstruir la historia ambiental de nuestros lugares.

La justicia para Álex Serna deberá establecer responsables y esclarecer si su muerte estuvo relacionada con la labor que desempeñaba. Pero el cuidado del territorio exige algo más: que las preguntas que dejó abiertas no sean enterradas con él. Los lugares también pierden memoria cuando pierden a quienes aprendieron a leerlos. Y hoy, más que nunca, esa memoria también se escribe en videos, fotografías, mapas, transmisiones y publicaciones que nos enseñan a mirar aquello que otros preferirían mantener fuera de cuadro.

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