“…un marco de referencia extraordinario para entender mucho de lo que hoy ocurre en EUA…”
Gerardo Pérez Escutia
Zona Oscura
En la prolífica carrera de Joyce Carol Oates -con más de cien libros publicados-, su obra cuentística es una de las menos conocidas, aunque no la menos importante. La gran dama de la literatura norteamericana ha explorado casi todos los géneros : novela, poesía, dramaturgia, ensayo y cuento. En esta columna hemos reseñado varias de sus novelas y nos hemos adentrado en su universo oscuro y cruel, pero siempre lucido, donde ha diseccionado el alma de la sociedad norteamericana contemporánea, exponiendo sus temores más profundos, y sus rasgos más torcidos.
Casi no hay tema que no haya tocado: racismo, asesinato, crímenes de odio, violación, conspiraciones, brutalidad policiaca, abuso infantil, y el inhumano sistema carcelario de los Estados Unidos. Todo ello -a pesar de la dureza y sordidez de estos asuntos-, aparece plasmado en su obra con una elegancia singular y un extraordinario conocimiento de la cultura y la psique del pueblo norteamericano. Gracias a sus libros nos asomamos a una Norteamérica brutal y atávica, jalonada por corrientes extremas, que deambula desde los rascacielos de Manhattan hasta los oscuros bosques de Maine o las praderas del midwest. Y que, sin proponérselo explícitamente, nos brinda un marco de referencia extraordinario para entender mucho de lo que hoy ocurre en EUA. Porque también para esto sirve la literatura: para mirar de frente aquello que una sociedad preferiría no ver .

Sirva este largo preámbulo para hablar de la obra que recomendamos hoy en esta columna, El señor de las muñecas y otros cuentos de terror (Alba Editorial, 2017).
Este libro está integrado por varios relatos:
“El señor de las muñecas”. Esta es una historia escrita en primera persona. El protagonista descubre desde niño su afición por las muñecas; en su recuerdo, la primera muñeca que lo sedujo fue la de su prima Amy, que trágicamente murió de leucemia muy joven, lo que le permitió “robar” la muñeca de su prima, y con ella comenzar su colección. Su padre siempre se opuso a que un niño jugara con muñecas y se la arrebató bruscamente, lo cual nunca perdonó.
Poco después, con el divorcio de sus padres, pudo desarrollar su “afición” sin restricciones . Su madre ausente lo veía como una pequeña rareza y lo dejaba hacer. Junto con “su amigo” comienza a robar muñecas, siempre en la calle, en callejones oscuros y en vecindarios apartados; las oculta en la parte más apartada de las cocheras de su antigua casa donde antes había caballos. Según pasan los años, la colección de muñecas crece y nosotros, los lectores, vamos sintiendo una gran incomodidad que nos lleva a intuir que hay algo extraño y torcido en su obsesiva afición a las muñecas.
“Soldado”. La historia de Brandon Schrank, contada por él mismo. Brandon está en libertad condicional mientras espera juicio acusado de un crimen de odio racista. Él sostiene que únicamente se defendió de una pandilla de adolescentes negros que lo habían atacado para asaltarlo. Por las características del caso, Brandon se ha convertido en una figura mediática, amado y odiado por igual; para una parte de la sociedad es la encarnación de la brutalidad supremacista y, para otros, es un héroe que representa los valores de una sociedad agraviada por la lenta invasión de las minorías no blancas, y que solo hizo valer su derecho a legítima defensa.
Al estar en libertad bajo fianza, tiene restringido el acceso a redes sociales y correspondencia, por lo que solo intuye lo que de él se dice por medio de rumores. El relato también es un recuento pormenorizado de los agravios que recibió mientras estuvo en prisión, antes de que le otorgaran la fianza, y del ruido mediático a su alrededor. Brandon revive obsesivamente todo lo que ocurrió el día del “suceso” y los sentimientos que le genera el sentirse en el ojo del huracán. La autora desnuda en esta historia a una sociedad dividida en extremos irreconciliables y el papel de los medios en la construcción de un relato, al grado tal que la “verdad” cada vez queda más difuminada, o bien se torna irrelevante.
“Accidente por arma de fuego”. Hanna está de visita en Sparta -un pueblo al norte de Nueva York-, y recuerda los sucesos que vivió ahí veintiséis años atrás, siendo una tímida adolescente de catorce años, cuando su admirada profesora McClelland le pidió que le “echara una mano” cuidando su casa mientras su marido estaba hospitalizado en otra ciudad. Hanna recuerda la emoción que sintió de que la profesora la hubiera escogido a ella, en una inusual muestra de deferencia, y le hubiera confiado las llaves de su lujosa casa situada en el barrio de mayor alcurnia de Sparta, para que acudiera unas horas diariamente, alimentara al gato y recogiera el correo. Hanna recuerda -como si no hubieran pasado los años-, cada momento, cada habitación de la casa y… los sucesos que ocurrieron y que la marcaron por el resto de su vida.
“Ecuatorial”. Audrey y Henry forman un matrimonio maduro que pasa unas vacaciones en Ecuador y en las islas Galápagos. Audrey es la tercera esposa de Henry, quien es diez años mayor que ella, y está convencida de que él quiere asesinarla.
El relato está escrito desde la perspectiva de Audrey: una perspectiva nerviosa, paranoica y fatalista, que convierte una plácida excursión al Ecuador, en un viaje lleno de sospechas y suposiciones, que poco a poco van transformando las vacaciones en un infierno interior que desemboca en un impactante final.
“Mamaíta”. Violet es una adolescente regordeta de trece años que mantiene una relación difícil con su madre. Se encuentra en esa edad incierta en que la búsqueda de pertenencia a algo, a algún grupo, solo le causa frustración , y la vuelve cada vez más solitaria. De manera inesperada , Rita Mae, una de las adolescentes más populares del instituto, la busca como amiga. Violet se siente feliz; paulatinamente se hacen mejores amigas, hasta que Rita la invita a su casa a conocer a sus padres y a sus numerosos hermanos.
Mientras tanto, en la ciudad corre la alarma, niños pequeños desaparecen incluso dentro de su propias casas -dos niñitas y un niñito en las últimas seis semanas-, sin que la policia tenga aún ninguna pista. Cosa extraña: también están desapareciendo mascotas: gatos, perros y conejos. De hecho, empezaron a desaparecer antes que los niños pequeños. Con estos elementos, Oates construye uno de los relatos mas perturbadores y eficaces del libro, digno de figurar entre lo mejor del terror estadounidense contemporáneo.

“Misterios S.A.” Este es, probablemente el relato mejor logrado del volumen. No diré demasiado sobre él, pues mi compañero de columna, Horacio Cano, publicó hace unas semanas una magnífica reseña de esta historia. Solo añadiré que se trata de un cuento extraordinario, capaz de sostener por sí solo el peso completo de este libro. Puede leerse de manera independiente o como parte del conjunto; en ambos casos deja una impresión difícil de borrar.
El cuento es un género particularmente exigente. Obliga al escritor a ser preciso, escueto y eficaz desde la primera línea. Exige mantener la tensión narrativa sin desperdiciar una sola palabra y practicar esa difícil “economía del lenguaje” que distingue a los grandes cuentistas. Los personajes deben quedar definidos con apenas unas pinceladas y, aun así, resultar lo suficientemente verosímiles para permanecer en la memoria del lector.
En este libro, Joyce Carol Oates demuestra una vez más por qué sigue siendo considerada una de las grandes voces de la literatura estadounidense contemporánea y una candidata recurrente al Premio Nobel. Pero más allá de premios y reconocimientos, permanece como una autora inmensa para quienes amamos el noir, el horror psicológico y esa literatura que se atreve a descender a las zonas más incómodas del alma humana.
Después de leer estos cuentos queda una sensación inquietante: la certeza de que el verdadero terror rara vez proviene de lo sobrenatural, y casi siempre nace de aquello que los seres humanos esconden dentro de sí mismos.


