“El paisaje nórdico vuelve a convertirse en personaje, como manda la mejor tradición del género”
Horacio Cano Camacho
Zona Oscura
Hay algo profundamente inquietante en la novela negra nórdica cuando está bien hecha: esa capacidad para convencernos de que, bajo las superficies impecables del estado de bienestar, detrás de los sistemas eficientes, las ciudades ordenadas y la aparente racionalidad social, habitan monstruos perfectamente humanos. Los escandinavos llevan años perfeccionando ese arte, y pocos lo hacen con la eficacia de Søren Sveistrup.
Su nombre no es menor. Fue el cerebro detrás de la extraordinaria serie The Killing, una de las obras que redefinieron el thriller televisivo contemporáneo y que recomiendo ampliamente, tanto en su versión original danesa como en el remake estadounidense. Con su primera novela, El caso Hartung -reseñada ya en esta columna-, demostró que podía trasladar esa maquinaria narrativa al terreno literario con la misma contundencia.
Ahora regresa con El caso Holst (Roca, 2026), una novela que confirma que Sveistrup entiende como pocos una verdad esencial del noir: el crimen rara vez comienza con un cadáver; empieza mucho antes, en las grietas invisibles de una sociedad que aprendió a esconder muy bien sus fracturas… y sus esqueletos en los armarios.
La historia arranca con una premisa demoledora. Una mujer aparece brutalmente asesinada en Copenhague. La escena, desde luego, apunta hacia algo oscuro, meticulosamente preparado. Pero pronto emerge un elemento todavía más perturbador: conexiones con un caso del pasado y una cadena de hilos que parecen conducir hacia espacios donde el poder político, la vulnerabilidad social y los secretos personales forman una mezcla explosiva.

Sveistrup sabe perfectamente lo que hace. No escribe thrillers para lectores impacientes que solo buscan el siguiente sobresalto o acción, mucha acción. Lo suyo es la construcción gradual de la ansiedad. La tensión aquí no funciona como fuegos artificiales, sino como humedad que se filtra lentamente por las paredes hasta que uno descubre que está completamente empapado.
Uno de los grandes aciertos de El caso Holst es justamente su atmósfera. Esa sensación persistente de frío emocional, de ciudades donde incluso los espacios domésticos parecen hostiles, donde nadie termina de resultar completamente confiable y donde el pasado nunca permanece enterrado demasiado tiempo. El paisaje nórdico vuelve a convertirse en personaje, como manda la mejor tradición del género.
Pero el noir verdadero nunca depende únicamente de la trama policial. Su potencia surge cuando el crimen se convierte en una ventana hacia los defectos estructurales de una sociedad. Y Sveistrup juega justamente ahí. El caso Holst no solo propone un misterio eficaz; también deja entrever los mecanismos del poder, los vacíos institucionales, las fragilidades humanas y esa incómoda posibilidad de que el monstruo no siempre sea un extraño que acecha desde la oscuridad, sino alguien perfectamente integrado al sistema.
Sus personajes funcionan porque no parecen diseñados para cumplir papeles narrativos, sino porque arrastran peso real: fatiga, errores, contradicciones, obsesiones. Eso vuelve creíble la investigación y, sobre todo, emocionalmente absorbente. El lector no acompaña únicamente una búsqueda criminal; acompaña a personas dañadas intentando descifrar otras ruinas humanas.
Narrativamente, Sveistrup conserva su capacidad audiovisual, al grado de que por momentos parece que estamos frente a una pantalla -algo que proviene, sin duda, de su formación como guionista-, y eso tiene ventajas evidentes. Los capítulos avanzan con ritmo, las escenas están construidas con precisión visual y el montaje de la información está pensado para generar dependencia lectora. Uno entiende perfectamente por qué cuesta dejar el libro. Cada fragmento parece diseñado para obligarnos a seguir.
Y sí, ya podemos imaginar perfectamente la adaptación en formato de miniserie para alguna plataforma de streaming, como ocurrió con El caso Hartung. De hecho, el material parece pedirlo a gritos.

Lo verdaderamente interesante es que El caso Holst no busca reinventar el estilo escandinavo. Y quizá tampoco lo necesita. Su fuerza está en ejecutar con enorme solvencia aquello que este subgénero hace mejor: mezclar thriller criminal, crítica social y devastación emocional.
Porque, en el fondo, las mejores novelas negras -esas llamadas a convertirse en clásicos-, no hablan realmente de asesinatos. Hablan de sociedades enfermas. De pactos de silencio. De las mentiras que preferimos conservar porque desmontarlas sería demasiado costoso.
Y en eso, Sveistrup vuelve a mostrarse particularmente eficaz.
El caso Holst es una novela oscura, fría y profundamente adictiva. Un thriller construido con precisión, sí, pero también con suficiente inteligencia para recordarnos que los crímenes más inquietantes no son los que ocurren en callejones húmedos, sino aquellos incubados en el corazón mismo de la normalidad.
Ideal para quienes disfrutan esas historias que no solo entretienen: también incomodan.
Atrévase. Le gustará.
Ilustración portada: Pity


