Regla de Tres

El buen mal

Cuentos que abordan situaciones aparentemente ordinarias y que dan paso al terror, la locura, o la simple extrañeza moral o psicológica

Samanta Schweblin está de moda, y lo está por las mejores razones. En poco tiempo se ha consagrado como una de las grandes escritoras argentinas actuales gracias a su sólida y consistente obra.

Samanta se suma a Claudia Piñeiro, Mariana Enríquez y Leila Guerriero, consolidando la vanguardia de autoras argentinas que está triunfando en Iberoamérica, dándole un nuevo aliento a la literatura latinoamericana y configurando lo que nos atreveríamos a llamar un nuevo boom. Pero esta vez con un sello totalmente femenino que navega en diversas corrientes y estilos literarios como: la novela negra y el realismo contemporáneo de Claudia Piñeiro -una autora favorita de esta columna-; el gótico latinoamericano de Mariana Enríquez, que conjuga terror, realismo social y crónica urbana; la crónica literaria y la “novela de no ficción” de Leila Guerriero; y lo extraño dentro de lo cotidiano, lo fantástico y lo perturbador como sello de la obra de Samanta Schweblin.

Pero las buenas noticias no acaban aquí: nos acabamos de enterar de que Samanta Schweblin acaba de ganar el Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana (2026) por su obra El buen mal, premio que otorga un millón de euros al ganador constituyéndose en el mayor premio (en términos económicos) que se concede a un autor o autora que escribe en lengua española. Y precisamente de esta obra El buen mal, vamos a hablar el día de hoy en esta entrega de nuestra columna Zona Oscura.

El Buen mal es una colección de seis cuentos que abordan situaciones aparentemente ordinarias -relaciones familiares, vínculos afectivos, momentos cotidianos-, que dan paso a situaciones extrañas que bordean con el terror, la locura, o la simple extrañeza moral o psicológica. Desde el título del libro: “El buen mal” se alude a situaciones ambiguas, donde lo correcto e incorrecto, lo bueno y lo malo se mezclan y decisiones simples pueden desembocar en catástrofes que marcan toda una vida.

La obra consta de los siguientes relatos:

“Bienvenida a la comunidad”: una mujer se lanza al agua lastrada por unas piedras con la intención de suicidarse; no lo consigue y regresa a su casa a continuar con su vida cotidiana y borrar toda huella de su propósito. Sin embargo, se da cuenta de que ya nada es igual: su vida adquiere matices diferentes, y la obsesiona una pesada sensación de culpa, y el temor de que alguien haya descubierto sus intenciones suicidas. Un conejo y un vecino que extrañamente parece leer su mente son los catalizadores de una narración extraña y poderosamente inquietante, donde la culpa como mecanismo de redención es el leitmotiv que recorre toda la historia.

“Un animal fabuloso”. Esta es la historia de un pasado que regresa, o más bien de un pasado que nunca se fue. Una llamada telefónica entre Buenos Aires y Lyon, trae al presente el recuerdo de una tragedia. Leila recibe una llamada de su amiga Elena de Buenos Aires —ciudad de donde nunca salió—, lugar donde murióPeta, el hijo de Elena, veinte años atrás. Una llamada tensa, angustiosa, suplicante, pues Leila fue testigo de la muerte de Peta. Una llamada en que confluyen sus recuerdos de juventud, sus amigos comunes, y la tragedia que las marcó; y en medio de todo… un caballo, un caballo en el que soñaba convertirse Peta antes de su trágica muerte.

“William en la ventana”. Este relato es el más autobiográfico de la autora en este libro. Narra la historia de una amistad inesperada que se forma entre dos mujeres en un retiro de escritoras en Shanghái. Entre de confidencias, ambas escritoras descubren que lidian con la inminencia de una pérdida: una -la narradora-, tiene a su esposo en Buenos Aires batallando con el cáncer, Denyse, su nueva amiga, también enfrenta la amenaza de la pérdida, pero no la de su pareja, sino la de su gato William, a quien ama más que a su marido. El aviso de la muerte de su gato es el detonante de esta extraña historia.

“El ojo en la garganta”: Una llamada telefónica que se repite cada noche, una llamada que nunca recibe respuesta al ser contestada por el padre del narrador. Un terrible accidente doméstico que deja mudo a un niño, un viaje terrorífico por carretera desde la Patagonia hasta Buenos Aires, son los elementos que construyen este relato, tal vez el más inquietante y angustiante del libro. Una tragedia de un minuto que cambió la vida de toda una familia para siempre.

“La mujer de Atlántida”: Unas vacaciones de verano en la playa, dos niñas que se internaban en casas vacías, un hombre que siempre leía a Dashiell Hammett de noche en su jardín, y una misteriosa mujer: poeta, alcohólica y solitaria. El paso de los años, la adultez, la vejez y la nostalgia, son los principales temas de esta entrañable narración, que habla de soledad, generosidad y redención.

“El Superior hace una visita”: Lidia tiene casi sesenta años; es una mujer divorciada, su única hija la abandonó para irse a otro continente con su primer sueldo. Semana a semana pasa unas horas en el asilo donde está internada su madre, que ya no la reconoce; aprovecha para hablar con las enfermeras y estar al pendiente de las pocas necesidades de la anciana. Es una mujer solitaria que solo vislumbra una salida en su horizonte: trabajar hasta el último día de su vida para poder llenar sus días y así tener un motivo para seguir adelante. Un día, al salir del asilo y tomar el subte rumbo a su pequeño departamento, se encuentra con una anciana que reconoce como interna del mismo asilo. Se ofrece a llevarla de regreso, pero la anciana se niega, diciendo que quiere ir a su casa. Al percatarse de que está perdida, Lidia decide llevarla consigo a su departamento y llamar al asilo por la mañana para que pasen por ella, sin saber que esto desencadenaría la noche más extraña de su vida.

Aunque son historias diferentes entre sí, hay un sustrato común en ellas: todas apelan a la fragilidad de lo que llamamos “normalidad”; todas abren puertas o rendijas a un universo que siempre está ahí, agazapado, acechando, y que transforma vidas en un instante. A ello se suma un inconfundible sabor argentino y una persistente atmósfera de nostalgia.

A mí, en lo particular, me recuerdan -como en un déjà vu– algunos cuentos de Julio Cortázar, como “Casa Tomada”, “Cartas de Mamá”, “La escuela de noche”; relatos que comparten con la obra de Schweblin ese sabor argentino, esa pátina melancólica y ese atisbo inquietante a una suerte de “otredad siniestra”, a un mundo que siempre está ahí esperándonos pacientemente.

Sin duda, una gran obra, de una gran escritora.


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