“¡Ay, la memoria del Ay! Obra de teatro llena de fantasmas más vivos que muchos de nosotros. Pero aquí no pasa nada…”
Ernesto Hernández Doblas
Crónicas que Muerden
Tanto estudiar, tanto sacrificarse para acabar metidos en una fosa común.
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Alicia (María Rojo), en Rojo amanecer
I
Voces que pasan, pasos que hablan, palabras a veces murmullo y otras, grito sin piel.
Vivimos en un país de agravios que llevamos en la espalda sin chistar. Las voces de nuestros muertos están en un limbo que miramos de lejos mientras los asesinos agazapan la nueva tarascada.
¡Ay, la memoria del Ay! Obra de teatro llena de fantasmas más vivos que muchos de nosotros. Pero aquí no pasa nada, todo está dispuesto para que nunca pase nada, para que las guerras y el odio nunca sean en contra de quienes desde las sombras escriben su guion.
Yo llevo en el recuerdo -desde siempre- acontecimientos que tuvieron lugar en mi ausencia, que nacieron en un tiempo en el cual no era todavía mi tiempo para llorar y con ello decir: he aquí que he llegado al mundo. Antes de nacer, lo que dolía ya estaba en mis lagrimales. Yo tengo en la garganta un nudo antes de mí.
Hay voces que pasan y pasos en los que me reconozco, y conocimientos que tengo de tres años antes de salir del vientre de mi madre. La que no me abortó sino hasta que nací. Cuando un dos de enero el destino me dio nombre de naufragio.
Ahora lo sé: estuve ahí. Estoy ahí. Me lo confirmó haber ido a aquel lugar; eso fue suficiente para saber por dentro que la nostalgia no suele mentir.
La plaza estaba intacta. Se hallaba envuelta por el silencio como de tumba y de cuna. El sol era noticia en todos lados. Algo murió y nació en ese parto de cadáveres.
Los edificios miraban desde su altura, eran panóptico de la muerte como aquel octubre, y en la iglesia desde entonces, dios ha muerto.
Todo estaba intacto aunque los ojos engañen y digan que las cosas se transforman, que se han movido de su sitio cada una de las almas y sus alfileres gritando a la sordera.
Todo estaba intacto, aunque desde aquel octubre hasta este siglo que camina a ciegas, gatopardo ha hecho una vez más su truco de magia. Todos los gatos son pardos aunque de guinda se vistan.
Todavía voces, pasos todavía, todavía la imaginación al poder es idea posible abajo y a la izquierda. Todavía es digno ser humano a pesar de vivir en farsa de postín. Todavía.
A 58 años de aquellos nuestros muertos, México ha cambiado mucho desde entonces -dicen-. Y aunque no deja de ser cierto que aquel clima represivo no parece haber llegado hasta el presente, quienes están en el poder siempre van a ejercer distintos métodos de control, violencia y represión en contra de quienes se manifiesten disidentes.
Nosotros, los más. Nosotros, los que cotidianamente tratamos de inventar nuestro mejor mundo posible a pesar de lo que nos rodea. Nosotros, los que no somos ellos. Ellos, los tienen como forma de vida la traición.
A 58 años de nuestras muertes, la lección más hermosa fue dada: nunca es en vano la sentencia de una historia que se escribe desde la ofrenda de la propia vida.

II
Nombrar y numerar el tiempo es la forma en la que lo humano busca encontrar sentido y brújula. Razón y horizonte.
Como llevando una lámpara bajo la luz del sol, creemos que el calendario, la memoria y el reloj iluminan los acontecimientos que de otro modo permanecerían oscuros.
La mayoría de las versiones coinciden en registrar el 22 de julio de 1968 como el inicio del movimiento estudiantil, día en que un grupo de estudiantes del Instituto Nacional Politécnico (IPN) se enfrentó a otro de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Pero las historias nunca comienzan donde les ponemos fecha como si bajo un microscopio virus nos revelaran su secreto. Los acontecimientos siempre vienen en silencio, un poco a rastras, un poco al viento, un poco tejidos por las contradicciones de pesadillas y ensueños.
La belleza y la tragedia de la existencia para -el ser humano-, es que por más cálculos e instrumentos que invente, las redes de lo real terminarán enredando todo a beneficio del azar.
1968 es también París, Vietnam, marihuana, Rock, Praga, rebeldía, puño negro en alto. 1968 es también la luna, odisea en el espacio y el surrealismo de un mundo mejor, paz y amor, flor y canto.
1968 fue también encadenamiento de la digna rabia frente las múltiples violaciones a los derechos humanos de por lo menos una década antes. Violaciones del derecho a disentir, a no estar de acuerdo y expresarlo. Derecho a no ser lo que ninguna autoridad llámese dios, estado, policía o padre nos quiera obligar a ser, la mayoría de las veces por el único motivo y placer de mostrar poder y mando aunque se disfrace de «lo hago por tu bien».
Paradójicamente, 1968 fue declarado Año Internacional de los Derechos Humanos por la Organización de las Naciones Unidas.
III
Todo fue sin apenas darnos cuenta. Eso que llaman historia fue avanzando poco a poco, envolviéndonos en su abrazo, limpiando de polvo nuestros ojos, dirigiendo nuestro andar que se hizo camino.
Había de todo, gente que desde hace tiempo ya venía trabajando en la construcción de un pensamiento y una praxis de izquierda y vio la oportunidad de no pensar la realidad sino de transformarla.
Pero había más, también estaban los que simple y sencillamente daban cauce a la ideología del estómago y el corazón porque les parecía que lo injusto era evidente y era muy indigno no responder a él.
Pero había más, también estaban los hijos de las flores, aquellos y aquellas que pedían una oportunidad a la paz, que soñaban con un mundo idílico aquí y ahora. Los que fumaban la dulce yerba del amor para ralentizarlo todo y renunciar a la explotación de la prisa.
Pero había más. También estaban los anarquistas que desafiaban cualquier autoridad porque ni dios ni amo, porque la libertad o se conquista o no se tiene nunca, porque molotov es también el cerebro cuando se libera.
Pero había más. También estaban por supuesto los que no tenían una idea muy clara de todas estas cosas pero querían celebrar simplemente la existencia por medio del grito y la protesta, por medio de la compañía de aquellos con quienes de algún modo se sentían o querían sentirse identificados. Por medio de tomar las calles y amar ahora sí de verdad a la ciudad no por medio de conceptos sino mediante un asalto a punta de algarabía.
Pero había más, y luego fueron más todavía. Y entonces pareció que la primavera de Praga y el Mayo de París eran un espíritu que solamente en México pudo crecer hasta tocarlo todo: cultura, política, instituciones educativas, familia, sociedad, género. Somos los hijos del 68, los herederos -lo sepamos o no- de aquella fiesta, aquella sangre y aquellos laberintos que a su vez…
Y sin embargo, a pesar de aquella complejidad, era sencillo lo que se pedía. El pliego petitorio estaba cimentado en el deseo de ser escuchados sin recibir por ello cárcel o tortura. De lograr establecer un contacto real y sincero con todo tipo de autoridad, aunque fueran jóvenes y precisamente por eso.
Más allá de otras consideraciones era eso lo que solicitaban, además de diálogo público y abierto. Nada de eso recibieron. La voz autoritaria del gobierno patriarcal vino de la bayoneta, el desprecio y más tarde, la brutalidad de una muerte encontrada un dos de octubre, detrás de las bengalas.
IV
Es inobjetable la verdad de que ante todo, en la memoria general de México, 1968 es la masacre de Tlatelolco.
Adentro de los pensamientos psicópatas de quienes ordenaron y ejecutaron aquellos acontecimientos, estaba clara la idea de que así sería, de que así debía de ser.
A pesar de la opacidad en la información oficial, cuando no de la mentira y el desprecio a la inteligencia, existen suficientes elementos para darse cuenta de que todo fue calculado.
Algunos analistas le llaman la trampa de Tlatelolco, porque efectivamente eso fue. No solamente hubo guantes blancos sino también muchas manos negras incluyendo las de la inteligencia norteamericana.
En ese sentido el plan les resultó perfecto. No solamente detuvieron de tajo un movimiento estudiantil y popular en crecimiento constante pero con la suficiente coherencia para mantenerse en la ruta de la protesta, también dieron un gran manotazo de aleccionamiento necrófilo y dejaron su huella de asesinos en un inconsciente colectivo que sólo con el paso de los años ha podido irse recuperando aunque no del todo.
Sin embargo, las lecciones siguen estando ahí, en espera de interpretación pero también de manos que puedan seguir tomando las múltiples flores, frutos y semillas de 1968.
El dos de octubre no debe olvidarse en efecto, pero ya no en el dolor ni en la rabia, aunque sea difícil de hacerlas a un lado, sino desde las enormes potencias que aquellos jóvenes despertaron, despiertan y despertarán.
Porque el movimiento estudiantil de 1968 fue también el movimiento de un espíritu colectivo que invocó y trajo al aquí y al ahora las fuerzas vitales de lo que realmente vale la pena.
Dionisos fue ese espíritu. Vid de vida fue derramada en un ritual de despertar.
Despertar a la conciencia de que ningún poder de ningún tipo debe estar nunca por encima de la dignidad, la belleza y el amor. Ningún poder debe tener el poder de suspender nuestro criterio y rebeldía.
Despertar a la conciencia de que el amor o es libre o no es. De que las relaciones afectivas tienen que ser primordialmente fuente de salud y fuerza.
Despertar a la conciencia de que la imaginación es una potencia al servicio de cada uno y de todos, un poder que no tiene relación alguna con el sometimiento de otros sino al contrario, con ese conocimiento ancestral de que todo es Uno.
Despertar a la conciencia, de que el arte es una ofrenda que los dioses le dieron a la humanidad para llegar a ellos, para ser ellos.
Despertar a la conciencia de que únicamente en la colectividad la utopía es carne y hueso.
Despertar a la conciencia de que ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica, pero ser estudiante y no ser revolucionario es no haber entendido que uno de los más dignos objetivos del conocimiento es la liberación propia y colectiva.
1968 y Tlatelolco irán de manera indisoluble unidos, pero también la posibilidad de despertar a la conciencia de que también desde la muerte y el dolor podemos reclamar nuestro derecho a la luz. De que todo aquello no habrá sido en vano si bendecimos a nuestros muertos con nuestra vida.
Portada e interiores: Imágenes tomadas de la exposición Memorial México 68, UNAM


