Regla de Tres

Corridos que incomodan: Rosendo Radilla

Atoyac en Guerrero es un lugar que invoca a una resistencia que involucra a símbolos guerrilleros y cantantes desaparecidos

Atoyac es una comunidad del estado de Guerrero donde el silencio, se ha convertido en un indicio de alerta y no de calma. Su paisaje sonoro, compuesto además de algarabías matutinas de los campesinos, radios viejos y perros ladrando, forma parte también, el zumbido hueco de proyectiles atravesando el viento. Enjambres de pólvora, reconocidos desde hace décadas por quienes ahí habitan.

Atoyac es uno de esos pueblos donde la memoria funciona como una plaza pública. Todos saben algo, todos recuerdan una parte, pero nadie logra juntar la historia completa. Y menos, hablar de esa historia como un episodio nacional, porque no hace falta nombrar “la Guerra Sucia”, es suficiente con iniciar cada relato con “en aquellos años”.

En 1967, las autoridades de Atoyac habían acallado las voces de descontento por un conflicto escolar, masacrando a la población. Fue entonces cuando las mujeres fonderas evitaron la muerte de Lucio Cabañas al cubrirlo con sus rebozos y ayudarlo a ponerse a salvo. Lucio Cabañas atravesó el río Atoyac por el lado del Ticuí y se refugió en la sierra de Atoyac. Así nació el grupo guerrillero que actuó hasta su muerte.

Así, se iniciaba la década infame de los setenta con una descarnada violación a los principios de la vida humana. Una campaña de terror ejecutada por el Estado a través del Ejército Mexicano, la extinta Dirección Federal de Seguridad y otras corporaciones policiales, para disolver movimientos sociales, guerrilleros y toda forma de oposición política disidente.

La mayor parte de las víctimas secuestradas y torturadas, reportadas hasta 1976 en el país, pertenecen a Atoyac. Lo extraño de las desapariciones es que nunca terminan de ocurrir. El secuestro dura un instante, pero la ausencia, generaciones.

Para comprender este suceso, en lo personal, acudí a la novela La Guerra en el Paraíso (1997) de Carlos Montemayor que trata la guerrilla de Lucio Cabañas a finales de los años sesenta y principios de los setenta. Si bien, es una obra literaria, donde la trama histórica es una interpretación de su autor, es pieza clave para imaginar uno de los acontecimientos más crueles de México y que este, no quede en el olvido.

Por otro lado, una vez releída dicha obra, ingresé a los “Archivos de la Represión”, un proyecto de la sociedad civil que tiene como objetivo contribuir al derecho a la verdad y memoria del periodo de represión y violencia sistemática por parte del Estado entre 1950-1980 en México, cuyo acervo, consta de 310, 000 documentos oficiales fotografiados, de los cuales, los originales se encuentran en el Archivo General de la Nación.

Sin embargo, durante este episodio de lesa humanidad, entre activistas, guerrilleros, campesinos y maestros, apareció un hombre que encarnó todas las labores anteriores y, además, la tarea de relatar a través de la composición musical, las violaciones cometidas por Estado, de las cuales, él también fue víctima.

Rosendo Radilla Pacheco nació el primero de marzo de 1914, en el ranchito de Las Clavellinas, al oriente de Atoyac de Álvarez, Guerrero. Hijo de Felipe Radilla Radilla y Agustina Pacheco Ramos, fue el segundo de siete hermanos.

La infancia de Rosendo se dio en medio de las luchas revolucionarias de la zona y desde pequeño se esforzó por darse tiempo de sus tareas en el campo para asistir a la escuela en Atoyac. A principios de 1930 y debido al acoso militar que se vivía en la zona, la familia se trasladó definitivamente a Atoyac.

Desde los distintos lugares que ocupó a lo largo de su vida, Rosendo Radilla Pacheco tuvo la oportunidad de conocer de primera mano y trabajar para ayudar a mejorar los distintos problemas sociales de su entorno: la pobreza, el analfabetismo, la falta de acceso a los servicios básicos, el abuso de poder, etc.

Le indignaba la injusticia y reflejaba sus ideas a través de diversos corridos que él mismo escribía, en los que relataba las condiciones de su pueblo, denunciaba los abusos y llamaba a la gente a organizarse y exigir sus derechos.

Tal y como lo retrató en su corrido “18 de mayo”, donde relata la masacre que dio inicio al movimiento guerrillero en la región. Estos movimientos marcaron fuertemente a Rosendo Radilla Pacheco, quien simpatizaba con las luchas sociales de los líderes guerrerenses de la época, como Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas Barrientos, a los que también escribió diversos corridos.

El contenido de sus corridos, así como su trabajo en la comunidad, le valieron a Rosendo Radilla Pacheco la legitimidad y el aprecio entre las y los habitantes de Atoyac de Álvarez, dejando una huella imborrable en la memoria de la comunidad.

Por ello, cuando desaparecieron a Rosendo Radilla, en 1974, no solo se llevaron a un hombre. Se llevaron una voz conocida en Atoyac, un compositor de corridos, alguien que pertenecía al paisaje cotidiano de la sierra.

Rosendo Radilla Pacheco viajaba desde Atoyac de Álvarez a Chilpancingo en compañía de su hijo menor el 25 de agosto de 1974. A los pocos kilómetros de iniciado el viaje, la unidad de la línea Flecha Roja que los transportaba se detuvo en un retén militar, ubicado entre los poblados de Cacalutla y Alcholoa

Su hijo, Rosendo Radilla Martínez, quien lo acompañaba en el autobús a Chilpancingo, recuerda:

“En ese tiempo bajaban a todos, revisaban maletas, tiraban todo, era un desastre y ya que revisaban todo dejaban subir a las demás personas, pero a nosotros nos dijeron que no nos podíamos subir. Entonces mi padre rápido le preguntó al que estaba al mando ‘¿de qué se me acusa?’, a lo que el militar respondió ‘de componer corridos’. Mi padre le contestó con la tranquilidad que le caracterizaba ‘¿y eso es delito?’, a lo que le respondieron ‘no, pero mientras ya te chingaste’”.

Décadas después, el caso llegó hasta la Corte Interamericana de Derechos Humanos. En consecuencia y como búsqueda de una justicia restaurativa, el Estado mexicano cumplió con las obligaciones de indemnización económica, atención psicológica a la familia, y reformas estructurales, destacando la modificación del Código de Justicia Militar para limitar el fuero castrense.

Además, realizó un acto público de reconocimiento de responsabilidad y adaptó sus criterios judiciales tras la histórica sentencia.

Incluso, la publicación de “Señores, soy campesino”, semblanza de Rosendo Radilla Pacheco, desaparecido, donde también se rescata un breve cancionero, es muestra de este compromiso adoptado por el Estado mexicano para reconstruir la memoria y prevenir violaciones a derechos humanos.

No obstante, a pesar de estos avances estructurales, organizaciones de derechos humanos como el Centro Mexicano de Derecho Ambiental / Centro de Derechos Humanos han documentado que aún existen deudas del Estado en el ámbito penal. En específico, sigue pendiente la localización efectiva de los restos de Rosendo Radilla Pacheco y la sanción penal a los responsables materiales e intelectuales de su desaparición.

La desaparición de Rosendo Radilla revela algo profundo sobre la relación entre cultura y poder en México, el Estado también combate y violenta las narrativas que le incomodan.

Los corridos de Radilla Pacehco tenían la capacidad de convertir la memoria popular en algo compartido y duradero. Una canción podía ser más peligrosa que un panfleto porque viajaba de boca en boca, cruzaba pueblos y sobrevivía incluso al miedo que brota en regiones marcadas por la violencia militar y criminal.

Acá pueden escuchar uno de estos corridos:

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