“Puedo imaginarme a los dos amigos azuzándose el uno al otro, dándose consejos de cómo continuar la persecución…”
Nektli Rojas
Narrando el Género
“No quiero ser valiente, quiero ser libre”.
Consigna de las marchas feministas.
En mi cabeza escuché a mi doctor diciéndome: “uno (sic) sale de su casa y no sabe si regresa”. Y eso que él no es mujer. Bumi y yo vamos en el carril derecho de Madero Poniente, cerca de donde estaba la Corona. Bumi está cumpliendo veinte años y casi trescientos mil kilómetros, siempre vestida de rojo y con sus zapatos desgastados (como digo continuamente, soy un éxito económico). Vamos detrás de un camión repartidor que no tiene anuncios, pero que tapa la vista. El señor camión sin nombre ni apellido, da un volantazo hacia el carril izquierdo. Entonces yo lo veo, en la enormidad de sus cuarenta y cinco centímetros de altura, con su color naranja oficial gritarme sin recato: carril cerrado. No queda de otra. Freno.
Pongo mi direccional izquierda y espero a poder cambiarme de carril. ¿Asunto resuelto? Qué va. Detrás de mí un camión de redilas, habitado por un par de hombre de mediana edad, se frena también. Se queda parado mientras yo espero poder incorporarme a la izquierda. Venía lejos de mí, pero decidió acelerarse en ese tramo de la avenida. Como resultado, al frenar se le apagó el motor. Detrás de él no venía nadie, más que el fantasma de su identidad macha -que lo ha de seguir como sombra.
Estamos los dos detenidos en la avenida con nombre de presidente espiritista. Yo sigo esperando poder pasar al carril izquierdo, cuando escucho, con mis ventanillas cerradas, sus gritos sin palabras. Bumi y yo seguimos nuestro camino. En cuanto puedo, retomo el carril derecho porque voy a dar vuelta.
Bumi y yo comenzamos a temblar: el camión redilero acelera por la izquierda, se empareja y empieza a insultarme a través de su ventanilla abierta. Que quién te enseñó a manejar vieja jija, que no deberían dejarme salir de mi casa… Caballo desbocado en el velocímetro y las palabras. Consuelo a Bumi diciéndole que la salida está cerca.
Pero el redilero, en vez de seguir por la izquierda, se frena para ponerse detrás de mí. Prendo mi foquito para tomar la lateral. El camión también vira. Los gritos siguen. Se muere de ganas por enseñarme cómo se deben hacer las cosas. Puedo imaginarme a los dos amigos azuzándose el uno al otro, dándose consejos de cómo continuar la persecución, de qué hacer si logran detenerme.
Me asalta la imagen de años atrás. Como mi puerta tiene vidrio en la parte de arriba, estoy agachada en donde me cubre el metal mientras escucho los planes de un trío de borrachos que acaban de salir de una fiesta en el barrio. Se meten a mi patio como Pedro por su casa y se giran instrucciones: cuando nos abra, tú la agarras así y asá mientras yo tal y tal. Seguramente, también tenían algo que enseñarme.
Vuelta al presente. Bueno, ahora sí estoy en problemas. Curso de acción uno: comportarme como persona, detenerme y encararlos para intentar explicarle que el otro camión me tapaba la visibilidad y que, por eso, no pude ser consiente del cono de seguridad; que, como ellos comprenderán, no tenía de otra porque podía haber en el arroyo trabajadores del ayuntamiento; que esas cosas pasan, sonrisa de Snoopy, etcétera. Curso de acción dos: ponerme gallita. Mismo escenario, con el baldío de fondo, pero ahora, como seguramente me gritará el muy usado “vieja tenías que ser”, le respondo enfurecida que cuando él aún no controlaba sus esfínteres yo ya manejaba por las carreteras del país en un volchito, entre camiones enormes, frente a curvas peliagudas. Provocar la ira de un macho a veces da como resultado que decida soltar la presa; pero, como en este caso eran dos, llamémosles Pedro y Jorge (por sus gritos seguro pudieron haber sido tenores), eso era imposible, ningún hombre que se precie puede ceder terreno frente a una mujer si hay presentes testigos.
No creo tener oportunidad para entablar algún tipo de plática. Si llevara minifalda y cuarenta años menos, tal vez podría acceder a su lástima o a su lujuria. Indigno, pero un mecanismo defensivo que funciona; sin embargo, me es inalcanzable. Estoy muy cerca de mi casa. Si los guío hacia allí, será imposible no llegar a las palabras y más lejos todavía.
Recuerdo la vez que un chofer de combi, desde su sitio de rey de los apachurrados, a unas cuadras de mi casa, empezó a gritarle a una señora porque no se quitaba de su camino, iba demasiado lento y no lo dejaba pasar. Noventa decibeles de: quítate vieja pen, no sabes manejar, yo no sé cómo te dieron la licencia.
Recuerdo la vez que el vecino, en su carro, se enfureció porque no me hice a un lado cuando él decidió circular en sentido contrario, se bajó a golpearme la ventanilla y a insultarme, mientras los perros de la calle nos miraban. ¡Qué bueno que siempre manejo con las ventanas cerradas!
Recuerdo la escena de un frenón similar a mi caso, en el que el chofer del carro de adelante se baja con una llave de cruz y empieza a golpear al carro de atrás, cuyo conductor le estaba reclamando el frenón. Recuerdo la anécdota del tipo al que le reclaman haber rebasado mal y entonces, se frena frente al carro regañón, saca la pistola y dispara sobre quien lo interpela.
No, y éstos son dos, concluyo mis pensamientos perimortem. Sin avisar, volanteo a la izquierda en plena decisión de seguir el curso de acción tres: ir a la tortillería y quedarme enfrente del negocio de Yanet a esperar que suceda lo que tenga que pasar sin bajarme de Bumi. Al menos en la tortillería hay personas que hacen cola bajo el toldo insuficiente, además, Yanet, me conoce y no quedaré maltirada por ahí, entre los baches y la indiferencia.
Pedro y Jorge deciden que mi castigo ha sido suficiente y siguen de largo sin meterse a las callecitas de la colonia. Aunque por el retrovisor veo al camión redilero pasar. De todos modos, nos quedamos quietecitas. Bumi con su motorcito veinteañero encendido; yo, con el corazón a toda marcha, el pie en el clutch, la primera metida.
Ilustración portada: Luna Monreal


