Werner Herzog salió a caminar bajo el invierno convencido de que mientras avanzara, la muerte tendría que esperar
Leonor Solís
Especímenes
Hay libros que se escriben para recordar. Otros para comprender. Del caminar sobre hielo, de Werner Herzog, parece escrito para impedir una pérdida.
En noviembre de 1974, al enterarse de que una amiga cercana estaba gravemente enferma en París, Herzog tomó una decisión tan irracional como profundamente humana: caminar desde Múnich hasta verla. Más de setecientos kilómetros a pie, atravesando el invierno europeo, con una mochila, una brújula y un cuaderno. También una certeza que no pertenecía al mundo de la lógica: si caminaba hasta ella, permanecería viva.
El resultado es un libro extraño. Un diario de viaje, sí, pero también una especie de conjuro. No porque pretenda explicar la enfermedad ni porque ofrezca reflexiones solemnes sobre la muerte. Al contrario. Lo que aparece en sus páginas es algo mucho más elemental: un cuerpo avanzando.
Herzog ocupa un lugar singular dentro de la cultura contemporánea. Cineasta, escritor y explorador de obsesiones humanas, lleva décadas observando personajes enfrentados a los límites de la voluntad, la naturaleza y la razón. Pero aquí la épica cambia de escala. Ya no se trata de atravesar selvas o perseguir sueños imposibles. La batalla es íntima. El territorio por conquistar es la distancia que separa a un hombre de una amiga cuya vida parece escaparse.
Sin embargo, quizá la verdadera travesía del libro no ocurre sobre los caminos sino alrededor de una pregunta imposible: ¿qué hacemos cuando alguien que amamos comienza a acercarse a un límite al que no podemos acompañarlo?
La enfermedad posee una geografía extraña. Reorganiza el tiempo, modifica las conversaciones y altera la percepción del futuro. Pero también levanta una frontera. Podemos visitar hospitales, esperar diagnósticos, sostener una mano o permanecer junto a una cama. Lo que no podemos hacer es atravesar el dolor ajeno. Cada cuerpo enferma en soledad.
Tal vez por eso la decisión de Herzog resulta tan conmovedora. La caminata parece una forma de rebelión contra esa impotencia. Si no puede entrar en el cuerpo de su amiga, puede al menos poner el suyo en movimiento. Someterlo al frío, al cansancio y a la incertidumbre. Como si el esfuerzo físico construyera una especie de puente simbólico entre dos vulnerabilidades.
Leído desde esa perspectiva, Del caminar sobre hielo también puede entenderse como una forma de duelo antes del duelo. No la elaboración de una pérdida consumada, sino el intento de convivir con su posibilidad. La escritura registra el trayecto, pero también acompaña el miedo que avanza junto a cada paso.
Lo que sorprende del libro es que la enfermedad permanece siempre en el horizonte. En primer plano aparecen el frío, el hambre, el agotamiento, los pies doloridos, los pueblos atravesados bajo la lluvia y los caminos embarrados. Como si frente a la amenaza de la muerte el pensamiento dejara de ser abstracto para regresar al cuerpo.
Quizá por eso el diario resulta tan poderoso. Porque entiende algo que suele escapar a los discursos sobre la pérdida: cuando alguien que amamos enferma, rara vez encontramos respuestas. Lo que encontramos son gestos. Rutinas. Rituales. Formas de ocupar la incertidumbre.
Caminar es una de ellas.
Existe además algo profundamente antiguo en esa decisión. Mucho antes de que el movimiento se convirtiera en deporte, productividad o bienestar, caminar era una forma de relacionarse con el mundo. Los peregrinos, los errantes y los viajeros sabían que ciertas preguntas requieren tiempo, distancia y desgaste. El cuerpo piensa de otra manera cuando abandona la velocidad.
Herzog parece inscribirse en esa tradición. Sus notas rara vez buscan la belleza de los paisajes o la comodidad de la introspección. Lo que emerge es una conciencia afilada por la intemperie. Cada jornada reduce la existencia a lo esencial: avanzar, encontrar refugio, continuar. Como si la caminata despojara al pensamiento de todo aquello que resulta accesorio.
La literatura surge entonces como una extensión de ese desplazamiento. El cuaderno acompaña a los pies. Escribir se vuelve otra forma de avanzar cuando ninguna explicación resulta suficiente. Frente a la fragilidad del cuerpo y la cercanía de la muerte, las palabras no ofrecen soluciones. Apenas permiten permanecer un poco más junto a aquello que tememos perder.
En esta colección privada de especímenes -esas rarezas humanas que todavía merecen ser observadas con detenimiento antes de que el ruido las devore-, Herzog ocupa un lugar peculiar. Pertenece a una especie que parece extinguirse: la de quienes creen que ciertas preguntas no se responden desde un escritorio sino atravesando el mundo con el propio cuerpo.
Quizá por eso Del caminar sobre hielo sigue resonando más de cincuenta años después. No porque ofrezca una teoría sobre la muerte ni una lección sobre el duelo. Lo que deja es algo más humilde y más difícil de olvidar: la imagen de un hombre caminando bajo el frío porque no sabe qué más hacer para salvar a alguien que ama.
Y porque, en el fondo, todos hemos querido alguna vez creer que nuestros pasos podían cambiar el destino.


