Regla de Tres

Aprender a mirar

Hay artistas que nos enseñan a admirar su obra. David Hockney hizo algo más difícil: nos enseñó a mirar el mundo…

Tras la muerte de David Hockney volvieron a circular sus cuadros. Pero también sus entrevistas. Y resultó imposible no sentir curiosidad por el hombre que hablaba del color, de la luz y de la alegría con el mismo entusiasmo con el que los pintaba. Por eso no eligió grandes acontecimientos. Eligió una piscina, un jardín, una sala de estar o el rostro de un amigo. No porque creyera que la vida ocurría únicamente en esos lugares, sino porque sospechaba que allí, donde casi nadie mira dos veces, también podía encontrarse la belleza. El destello azul del agua. Una casa californiana bañada por el sol. Un hombre suspendido en un instante de verano. Es curioso que uno de los artistas más importantes del último siglo sea recordado por escenas aparentemente sencillas. Quizá porque entendió algo que con frecuencia olvidamos: la belleza casi nunca hace ruido.

Hockney nació en Bradford, Inglaterra, en 1937. Muy pronto comprendió que el arte no consistía en reproducir la realidad, sino en aprender a verla. Mientras muchos de sus contemporáneos parecían empeñados en demostrar teorías o romper con todo lo anterior, él defendió algo mucho más simple y, al mismo tiempo, mucho más revolucionario: el placer de mirar.

Autorretrato | David Hockney

No era ingenuidad. Era una forma de resistencia.

Cuando se instaló en California descubrió una luz distinta. Allí aparecieron las piscinas que terminarían convirtiéndose en uno de los grandes símbolos de su obra. Hay una ironía maravillosa en esa obsesión: Hockney no sabía nadar. Tal vez por eso sus piscinas nunca fueron un lugar para zambullirse, sino para mirar. Eran superficies donde el agua dejaba de comportarse como agua para convertirse en luz, movimiento y tiempo. Pintar el agua inmóvil era, en realidad, pintar aquello que nunca permanece quieto.

Hay quien piensa que Hockney pintaba lugares felices. Yo creo que pintaba lugares intensamente vivos.

Porque detrás de esos colores vibrantes había una observación paciente. Horas mirando cómo cambia una sombra, cómo respira un árbol, cómo una habitación se transforma cuando entra alguien que queremos. Para Hockney, lo extraordinario nunca estuvo lejos; simplemente esperaba a ser observado con suficiente atención.


También hubo valentía en esa mirada. A los veintitrés años decidió vivir abiertamente como hombre gay, cuando la homosexualidad seguía siendo un delito en Gran Bretaña. Y esa libertad encontró un lugar natural en su pintura. Sus amantes, sus amigos y la intimidad entre hombres aparecieron en sus cuadros sin esconderse detrás de metáforas trágicas ni de discursos grandilocuentes. No buscaba provocar. Buscaba que aquello que durante tanto tiempo había permanecido oculto pudiera existir, sencillamente, a plena luz.

Quizá por eso sus retratos resultan tan conmovedores. Durante más de seis décadas volvió una y otra vez sobre las mismas personas: su madre, amigos, colaboradores, antiguos amantes, sus perros y, por supuesto, él mismo. No perseguía el parecido físico. Le interesaba algo mucho más complejo: descubrir cómo el paso del tiempo modifica un rostro sin borrar del todo a quien alguna vez fuimos.

Nunca dejó de experimentar. Pintó con óleo, dibujó con lápiz, exploró la fotografía, construyó collages, utilizó el fax, las cámaras digitales y terminó haciendo dibujos en un iPad con el entusiasmo de alguien que sigue jugando. Para Hockney la tecnología nunca sustituyó la mirada; simplemente le ofrecía otra forma de ejercitarla.

«Después de observarlos durante unos minutos, uno tiene la impresión de que el mundo cotidiano también ha cambiado.» | David Hockney

Hay una idea suya que me acompaña desde que comencé a mirar su trabajo: dibujar no consiste únicamente en representar algo; consiste en aprender a verlo. Tal vez por eso sus cuadros producen una sensación extraña. Después de observarlos durante unos minutos, uno tiene la impresión de que el mundo cotidiano también ha cambiado. Que la luz sobre una ventana merece un poco más de atención. Que el reflejo del agua contiene más colores de los que recordábamos. Que una conversación entre amigos puede ser tan digna de un lienzo como un episodio histórico.

Vivimos en una época que nos empuja a mirar deprisa. Pasamos cientos de imágenes cada día sin detenernos realmente en ninguna. Hockney hizo exactamente lo contrario. Nos invitó a demorarnos.

A mirar una piscina como si fuera un paisaje interior.

A descubrir que un retrato también puede contar una historia de amor.

A aceptar que la alegría no es un tema menor, sino una forma profundamente seria de mirar el mundo.

Y por eso merece ocupar un lugar en esta colección de especímenes: porque convirtió la atención en una forma de generosidad y nos recordó que, antes de buscar lugares extraordinarios, quizá deberíamos aprender a mirar de nuevo los que ya habitamos.

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