La crisis del agua en Guadalajara ha llevado a la defensa ciudadana de dos derechos: recibir un suministro salubre y exigirlo en las calles sin sufrir violencia
Leonor Solís
Ecodepresión
Frente a la Catedral de Guadalajara, una multitud permanece sentada o en cuclillas. Hay brazos y puños levantados. Una frase se repite a coro: “¡Es pacífica! ¡Es pacífica!”. El video, que circula en redes sociales, sitúa a los manifestantes frente al Palacio de Gobierno, después de reanudar la marcha. Según la publicación, responden al sonido de nuevos petardos. La escena coincide con la concentración del 18 de octubre: personas que exigen agua limpia y que, una semana después de las detenciones y agresiones policiales, insisten en el carácter pacífico de su presencia.
El reclamo viene de meses atrás. Habitantes de Guadalajara y su zona metropolitana denuncian agua amarilla, café o negra, sedimentos y olor a drenaje. La crisis reúne problemas que suelen tratarse por separado: cuánto líquido llega, con qué regularidad y en qué condiciones puede utilizarse. El suministro pierde su propósito cuando obliga a desconfiar de aquello que debería sostener la salud.
¿Cómo llega el agua a Guadalajara? El lago de Chapala aporta alrededor del 60 por ciento del abastecimiento; el resto procede de pozos y otros sistemas de presas. Desde el lago, el agua se conduce por un acueducto y por una ruta a cielo abierto hacia las instalaciones de potabilización. Después pasa por tanques y tuberías hasta alcanzar las viviendas. Ese recorrido explica la dependencia de la ciudad respecto del lago y la necesidad de proteger tanto las fuentes como la infraestructura que conecta con ellas.
En el trayecto se acumulan las fallas. La contaminación de las fuentes y las descargas que recibe el sistema abierto se combinan con infraestructura envejecida y mantenimiento insuficiente. Las lluvias arrastran toda clase de materiales y aumentan las exigencias del tratamiento. La planta de Miravalle, construida en 1956, enfrenta condiciones de contaminación para las que no fue diseñada. La investigación del diario español El País documenta un deterioro sostenido de la potabilización y la distribución: llevar agua hasta la ciudad no garantiza que llegue en condiciones adecuadas a sus habitantes.
El aspecto y el olor del agua han impulsado las denuncias, pero también existen resultados de laboratorio. Reuters informó sobre un monitoreo ciudadano del Instituto Mexicano para el Desarrollo Comunitario (IMDEC): de 184 muestras domiciliarias tomadas en 90 colonias, más del 93 por ciento carecía de cloro residual detectable. Algunas presentaron E. coli, plomo, mercurio o nitratos. Son hallazgos de las muestras analizadas; no permiten atribuir la misma composición a toda el agua metropolitana, pero sí sustentan la exigencia de vigilancia sanitaria y resultados públicos verificables.
El Gobierno de Jalisco reconoció la crisis en octubre y anunció la desconexión de puntos problemáticos del abastecimiento, entre ellos la presa Las Pintas. La reducción del caudal dio paso a tandeos en 627 colonias. También presentó un acueducto sustituto Chapala–Guadalajara, con una inversión cercana a 12 mil millones de pesos. Organizaciones civiles cuestionan la transparencia y el financiamiento del proyecto. Su anuncio deja pendiente comprobar cuándo y cómo mejorarán la calidad y la continuidad del servicio.
La movilización incluye vecinos, familias, estudiantes y organizaciones. El 8 de octubre, alumnos del ITESO confrontaron al gobernador Pablo Lemus por el agua y otros problemas públicos. El día 11, una marcha ciudadana llegó a Casa Jalisco y terminó con personas lesionadas y decenas de detenciones. El propio gobierno reconoció excesos policiales e informó que investigaba a 17 agentes. Las denuncias de tortura y detenciones arbitrarias ampliaron el reclamo: al agua limpia se sumó la exigencia de justicia y respeto a la protesta.
Una semana después, la demanda llegó al Festival Internacional de Cine de Morelia. Guillermo del Toro escuchó a estudiantes que denunciaban la calidad del suministro en Guadalajara y defendió que pudieran expresarse en ese espacio. “Si no es aquí, ¿dónde?”, respondió. Más tarde, en conferencia de prensa, cuestionó que la población tuviera que movilizarse para obtener un servicio elemental y reclamó humanidad y liderazgo para resolverlo. Su intervención dio respaldo público a una exigencia que llevaba meses buscando atención.
El derecho humano al agua ofrece un criterio para valorar las soluciones. Naciones Unidas establece que debe ser suficiente, salubre, aceptable, accesible y asequible para los usos personales y domésticos. Su cumplimiento requiere proteger las fuentes, tratar adecuadamente el líquido, mantener la red y garantizar información que permita conocer sus condiciones. Las obras anunciadas deberán traducirse en agua utilizable y en un servicio cuya seguridad pueda comprobarse.
Del Toro expresó su desconcierto ante la necesidad de luchar por algo tan básico. Sus palabras devuelven la atención a lo que sostiene esta protesta: el agua es una condición de la vida y un derecho. Garantizarla exige respuestas cuya medida sea la salud de la población, la calidad del suministro y el acceso efectivo para todos.
Ilustración portada: Luna Monreal


