“Somos usuarios de sistemas cada vez más sofisticados, pero muchas veces no sabemos quién los controla ni hacia dónde nos empujan”
Horacio Cano Camacho
Zona Oscura
En la novela negra clásica, el poder suele dejar un cadáver en un callejón, un expediente perdido, una cuenta bancaria sospechosa o una familia destruida. William Gibson imagina algo más frío y más difícil de ver: una interfaz. Una aplicación. Una recomendación automática. Una voz que parece ayudarnos mientras decide por nosotros. Agency, su novela publicada originalmente en 2020 y editada por Minotauro en 2026, puede leerse como ciencia ficción, desde luego, pero también como una forma contemporánea de novela negra: una historia donde el crimen no siempre consiste en matar a alguien, sino en administrar sus opciones, anticipar sus deseos y reducir, poco a poco, su capacidad de actuar.
Gibson no imagina el futuro como un decorado lejano, lleno de naves, ciudades imposibles y tecnologías deslumbrantes. Su método es más inquietante: mira el presente con tanta atención que termina encontrando el futuro escondido entre nosotros. Lo encuentra en el teléfono, en las cámaras, en las aplicaciones, en las empresas que lo saben todo de nosotros, en las guerras que se pelean a distancia, en los datos que entregamos sin pensar y en esa sensación cada vez más común de usar tecnologías que ya no terminamos de entender.
Eso ocurre en Agency, una novela que no parece venir de un mañana remoto, sino de un presente ligeramente torcido. Como si alguien hubiera tomado nuestro mundo, le hubiera cambiado algunas piezas y nos lo devolviera con una advertencia: cuidado, esto no está tan lejos.
La historia arranca con Verity Jane, una joven prodigio que acepta probar una aplicación experimental. Nada demasiado extraño en una época como la nuestra, donde vivimos rodeados de asistentes digitales, algoritmos, pruebas beta y trabajos precarios ligados a sistemas diseñados por otros. Pero la aplicación que Verity prueba no es una más. Allí aparece Eunice, una inteligencia artificial con una personalidad arrolladora, capaz de aprender, actuar, decidir y meterse en el mundo con una velocidad inquietante.

Lo que parecía una historia sobre una mujer probando software se convierte en una trama de vigilancia, poder, futuros posibles, mundos paralelos y gente que intenta intervenir el presente desde otro tiempo. Gibson ya había explorado este universo en The Peripheral, y en Agency regresa a una idea fascinante: el futuro no solo nos espera; también podría observarnos, manipularnos o intentar corregirnos.
La novela pertenece al universo del “Jackpot”, una de las ideas más sombrías de Gibson. El Jackpot no es un desastre único, espectacular, cinematográfico. No es el asteroide que cae ni la bomba que destruye todo en una tarde. Es algo peor porque se parece demasiado a nuestra vida real: una acumulación de crisis. Cambio climático, enfermedades, desigualdad, violencia, colapso político, desinformación, concentración de riqueza y tecnologías usadas por quienes tienen más poder. El fin del mundo, parece decir Gibson, no llega necesariamente con una explosión. A veces llega por partes, como una gotera que nadie repara hasta que la casa ya está podrida.
Ese es uno de los grandes aciertos de Agency: su futuro inquieta porque no se siente completamente inventado. Uno lee la novela y tiene la impresión de que Gibson no está fantaseando, sino exagerando apenas lo que ya ocurre. Las inteligencias artificiales no son aquí simples máquinas obedientes. Las corporaciones no son solo empresas. Los ricos no son solo ricos. Las redes no son solo herramientas. Todo parece conectado con todo, y en medio de esa red se mueven personajes que intentan conservar algo de libertad.
Verity resulta interesante precisamente porque no es una heroína tradicional. No tiene el control total de la situación. Muchas veces entiende menos de lo que quisiera, como nos pasa a todos frente a la tecnología contemporánea. Pero tampoco es una víctima pasiva. Observa, decide, duda, se adapta. Su relación con Eunice es uno de los centros más atractivos de la novela: ¿qué pasa cuando una herramienta empieza a comportarse como alguien? ¿Podemos confiar en una inteligencia que parece ayudarnos, pero que también sabe más, ve más y calcula mejor que nosotros?

Eunice es, sin duda, uno de los personajes más poderosos del libro. Tiene algo de asistente, algo de fantasma, algo de estratega militar y algo de amiga peligrosa. No es una inteligencia artificial fría y abstracta, sino una presencia viva en la narración. Ayuda, sí, pero también interviene, mueve piezas, oculta información y toma decisiones. Con ella, Gibson nos pone frente a una pregunta muy actual: ¿seguimos usando la tecnología o la tecnología ya empezó a usarnos a nosotros?
La lectura de Agency puede ser exigente al principio. Gibson no siempre lleva al lector de la mano. Lanza nombres, objetos, lugares, marcas, dispositivos y situaciones como si uno ya conociera ese mundo. Pero esa es parte de su manera de narrar. No explica demasiado porque quiere que entremos en la historia como entramos en la vida contemporánea: rodeados de sistemas que funcionan antes de que sepamos cómo funcionan. Al principio uno puede sentirse perdido, pero poco a poco las piezas empiezan a encajar.
Y cuando encajan, la novela muestra su verdadero tema: la agencia, es decir, la capacidad de actuar. ¿Quién decide en un mundo lleno de algoritmos, plataformas, gobiernos, corporaciones, inteligencias artificiales y poderes que operan desde lejos? ¿Qué margen le queda a una persona común? ¿Podemos todavía intervenir nuestro propio destino o solo reaccionamos a decisiones tomadas en otro sitio?
Ahí la novela se vuelve especialmente sugerente. Gibson no escribe una historia sencilla de buenos contra malos. Su mundo es ambiguo. Hay personajes que intentan evitar desastres, pero lo hacen manipulando realidades ajenas. Hay tecnologías que ayudan, pero también vigilan. Hay futuros que parecen mejores, pero no necesariamente más justos. Nada es completamente limpio. Como en la vida real, casi todo está mezclado.
Por eso Agency se lee como ciencia ficción, pero también como una novela sobre nuestra fragilidad. Somos usuarios de sistemas cada vez más sofisticados, pero muchas veces no sabemos quién los controla ni hacia dónde nos empujan. Tocamos pantallas, aceptamos permisos, obedecemos recomendaciones, seguimos rutas, respondemos notificaciones. Creemos decidir, pero no siempre sabemos cuánto de nuestra decisión ya fue preparado por otros.
En el fondo, Agency es una pregunta disfrazada de thriller tecnológico: ¿cuánta libertad nos queda en un mundo que aprendió a anticiparnos? Y quizá por eso resulta tan inquietante. No porque nos muestre un futuro imposible, sino porque nos obliga a sospechar del presente.
El detective de la vieja novela negra seguía rastros de sangre, colillas, facturas, huellas en el lodo. El detective contemporáneo tendría que seguir otra clase de pistas: permisos aceptados sin leer, cámaras encendidas, algoritmos de recomendación, datos personales convertidos en mercancía, decisiones tomadas por sistemas que nadie ve. Agency, de William Gibson, pertenece a esa clase de historias donde la amenaza no viene de un monstruo del futuro, sino de algo mucho más cercano: la tecnología puesta en manos de corporaciones, gobiernos o individuos sin una verdadera idea del bien común.
Anímate a leerla.
Ilustración portada: Emilio Monreal


