El republicano ordenó la salida de Estados Unidos de más de 60 organismos internacionales, incluyendo los principales espacios de coordinación ambiental global
Leonor Solís
Ecodepresión
El 7 de enero de 2026 marcará un punto de inflexión en la historia de la diplomacia ambiental global, con la firma del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de una orden ejecutiva para retirar de forma inmediata al país de 66 organismos internacionales.
Entre ellos se encuentran pilares fundamentales de la arquitectura multilateral en materia de medio ambiente, como la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) y el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC). La decisión, aunque previsible dentro de la lógica de su segundo mandato, provocó una condena generalizada de la comunidad internacional y profundiza el distanciamiento de su administración respecto a los compromisos ambientales globales.
La orden contempla la salida de 31 organismos vinculados directamente a la ONU y 35 entidades adicionales de carácter internacional. Más allá de la CMNUCC y el IPCC, también se incluyen instituciones clave en la gestión de la biodiversidad, los recursos hídricos, los océanos, la energía y las políticas de desarrollo sostenible. Desde la Casa Blanca, la medida fue justificada con el argumento de que estas entidades promueven «políticas climáticas radicales, programas ideológicos y formas de gobernanza global que contradicen la soberanía y fortaleza económica de Estados Unidos».
Este movimiento se suma a un proceso de desmantelamiento iniciado en 2025, que incluyó el cierre de la Agencia de EU para el Desarrollo Internacional (USAID), el retiro de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la cancelación de fondos destinados a salud pública, energía limpia, conservación y lucha contra la pobreza. Lo que está en juego no es solo la agenda climática, sino una ofensiva más amplia contra el multilateralismo, el progresismo y los derechos sociales consagrados en la cooperación internacional.
Estados Unidos fue uno de los arquitectos originales de la CMNUCC y del IPCC. Su retiro no tiene precedentes. La CMNUCC, firmada en 1992 y ratificada por unanimidad en el Senado, es el tratado que ha dado sustento legal a décadas de negociaciones climáticas, incluyendo hitos como el Protocolo de Kioto y el Acuerdo de París. Aunque no impone obligaciones específicas de reducción de emisiones, constituye el principal foro de negociación para coordinar acciones globales. Por su parte, el IPCC ha sido el referente científico en la materia, produciendo evaluaciones rigurosas que informan a los responsables de políticas y sustentan los acuerdos multilaterales.
La retirada de ambos organismos implica que Estados Unidos no solo dejará de financiarlos y participar formalmente en sus procesos, sino que también perderá su capacidad de incidir en las decisiones que afectan a la economía y el ambiente globales. Pero más allá de las consecuencias para ese país, el efecto más preocupante es el golpe que esto representa para la cooperación internacional. La salida de uno de los principales impulsores y financiadores de estos organismos pone en riesgo la estabilidad de mecanismos que han tardado décadas en consolidarse. En un contexto en el que alcanzar consensos multilaterales es ya de por sí una tarea compleja, esta ruptura debilita la confianza, erosiona el equilibrio diplomático y crea un precedente peligroso para otros países que podrían cuestionar su participación futura.
A diferencia de la salida del Acuerdo de París -un pacto voluntario dentro de la CMNUCC-, abandonar el tratado marco tiene consecuencias estructurales más profundas. Equivale a renunciar al derecho de estar en la mesa donde se negocian todas las estrategias globales de acción climática. No asistir a las Conferencias de las Partes (COP), no presentar contribuciones nacionalmente determinadas (NDC) ni participar en los debates sobre mecanismos financieros, pérdidas y daños o adaptación climática, limita de forma drástica el papel de EU. en el escenario internacional. Para el resto del mundo, esto implica enfrentar los enormes desafíos climáticos sin una de las economías más grandes y contaminantes del planeta dentro de la estructura legal que permite coordinar respuestas globales. También supone la pérdida de un actor clave que, aun con contradicciones, había sido fuente de presión, financiamiento, capacidad técnica y liderazgo diplomático. La arquitectura internacional del clima no solo pierde un miembro: pierde parte de su sustento político y operativo.
En el ámbito científico, la salida del IPCC no detendrá la producción de conocimiento sobre cambio climático, pero sí afectará el peso de Estados Unidos en su orientación estratégica. Los científicos estadounidenses podrán seguir participando a título personal o académico, pero sin respaldo institucional ni capacidad de representación oficial. Esto debilitará su influencia en la redacción de los resúmenes para responsables de políticas, documentos clave para la acción internacional.
El impacto simbólico de la retirada es innegable. Envía una señal de desinterés hacia el multilateralismo y de ruptura con el consenso global en torno a la crisis climática. Si bien el efecto práctico inmediato podría ser limitado -dado que EU ya se había desvinculado del Acuerdo de París y muchos estados, ciudades y empresas continúan impulsando acciones climáticas-, la pérdida del liderazgo estadounidense tiene implicaciones profundas para la gobernanza global. Sin su participación activa, el sistema internacional pierde no solo financiamiento y capacidades técnicas, sino también un referente diplomático y científico.
Durante tres décadas, Estados Unidos fue una voz influyente en las negociaciones climáticas y un actor clave en el IPCC. Muchos de los informes de este organismo han sido coordinados o liderados por expertos del país. Su retiro deja un vacío difícil de llenar y plantea interrogantes sobre el equilibrio futuro de poder en la acción climática global.
En definitiva, la decisión de Donald Trump consolida un quiebre estructural en el compromiso de Estados Unidos con la lucha contra el cambio climático. No solo refuerza su aislamiento en un momento crítico para la cooperación internacional, sino que además plantea graves desafíos legales que podrían impedir que futuras administraciones reviertan la medida fácilmente. A diferencia de otras salidas, esta decisión podría consolidarse como un retroceso estructural y duradero en el compromiso de Estados Unidos con la lucha contra el cambio climático. Todo esto ocurre, además, en el marco de una década que ha sido señalada por la comunidad científica como decisiva: un periodo en el que la colaboración de todos los países del mundo es indispensable para evitar escenarios irreversibles de degradación ambiental y climática.


