“MobLand articula una visión crítica sobre el poder y sus consecuencias: la connivencia entre el crimen y los poderes económico y político.”
Horacio Cano Camacho
Zona Oscura
Hoy nos adentramos, en esta Zona Oscura, en una serie de televisión que recoge lo mejor del género negro contemporáneo y lo proyecta en la pantalla bajo demanda. Se trata de MobLand, producción británica creada por Ronan Bennett, con guion del propio Bennett junto a Jez Butterworth, y con nombres de peso en la producción, entre ellos Guy Ritchie, quien además dirige los dos primeros capítulos.
La historia orbita alrededor de la familia Harrigan, un clan mafioso irlandés afincado en Londres y liderado con mano férrea por Conrad y Maeve Harrigan (Pierce Brosnan y Helen Mirren). A su alrededor se mueve Harry Da Souza (Tom Hardy), el fixer: el hombre que se encarga de limpiar los desastres, de sofocar las crisis internas y de contener las amenazas externas que ponen en riesgo la estructura familiar.
La primera temporada consta de diez episodios, emitidos entre marzo y junio de 2025, y ya fue renovada para una segunda entrega, prueba de la buena recepción entre el público. Desde su inicio, la serie sumerge a los espectadores en el turbulento universo del crimen organizado, explorando ambiciones, valores y dilemas morales de quienes habitan este mundo. Su narrativa oscura se entrelaza con retratos complejos de personajes cuyas lealtades y motivaciones evolucionan en cada episodio, dejando al espectador en vilo sobre el destino de cada figura.

La dirección consigue imprimir un ritmo ágil, sin renunciar a la hondura emocional ni al peso de las decisiones que marcan el camino de los protagonistas. Con una fotografía que enfatiza el contraste entre la opulencia y la decadencia propias del ambiente mafioso, MobLand articula una visión crítica sobre el poder y sus consecuencias: la connivencia entre el crimen y los poderes económico y político.
Uno de los mayores aciertos es, sin duda, el reparto. Tener a Tom Hardy, Helen Mirren y Pierce Brosnan dota a la serie de una presencia magnética. A veces basta con un gesto o una mirada para sostener la tensión. La ambientación refuerza esa atmósfera: la rudeza del mundo criminal, la violencia abrupta, la tensión familiar y el contraste entre la mansión de los Harrigan y la sordidez del negocio.
Resulta refrescante que, en lugar de repetir la narrativa impuesta desde Hollywood -esa en la que los “malos” siempre son mexicanos, rusos, árabes, negros o asiáticos, mientras el mundo anglosajón encarna la inocencia y la elegancia-, aquí se desnuda otra cara. Se nos recuerda que de esas mismas élites han surgido algunas de las peores fechorías de la historia, aunque se disfracen de nobleza y buen gusto. Los mafiosos de MobLand no son apodados “El Oso” o “Tres Dedos”: se parecen más a los verdaderos dueños del negocio, banqueros, inversionistas, gente de “bien”, elegante y bon vivant.

MobLand no pretende reinventar el género mafioso, y eso se agradece. Prefiere apropiarse de sus códigos más efectivos: el conflicto familiar, las traiciones, las lealtades frágiles, las maniobras de poder. La violencia impacta, las treguas tensan, las negociaciones intrigan. Es predecible en lo suficiente como para que comprendamos las reglas del juego, pero también ofrece giros capaces de sorprender.
Conforme avanza la temporada, los riesgos se multiplican. No todo se resuelve: varias líneas narrativas quedan abiertas y mantienen el interés. La guerra entre los Harrigan y la familia Stevenson, encabezada por Richie Stevenson, se convierte en un duelo descarnado, brutal, sin honor ni tregua. Otros grupos menores se mueven como veletas, vendiendo su lealtad al mejor postor. Aquí no hay romanticismo: solo poder y supervivencia.
Claro que la serie no está exenta de defectos. A ratos se torna demasiado teatral, incluso excesiva (tal vez la marca de Guy Richie y su estilo tan peculiar); ciertos recursos aparecen de manera forzada, o por lo menos no se cierran sufientemente bien, aunque no alcanzan a percibirse como agujeros de guión. Pero son detalles que, con suerte, podrán corregirse en la segunda temporada. Pese a todo, MobLand es potente, intensa y atrapante. Una propuesta que bien vale un maratón de fin de semana.
Ilustración portada: Pity


