“Se forman alianzas solidarias que sólo van a durar unas cuantas horas, medio día a lo sumo, y que van a ser reemplazadas por un cariñoso olvido.”
Nektli Rojas
Narrando el Género
Ahí estábamos muchísimas, formando una fila más bien irregular de mujeres de más de sesenta años –que era el requisito indicado en la convocatoria. Había que llevar documentos probatorios (¡me persigue la maldición de los documentos probatorios!), como es de esperarse en trámites oficiales: el INE, comprobante de domicilio, acta de nacimiento, el RFC. Yo, que confundo las siglas de la nación, llevo el papelito del SAT en vez del RFC. Llevo también mi flamante acta de nacimiento solicitada online, pero de meses atrás. -No, me dice una de las mujeres, las actas tienen que ser recientes o no las reciben.
Son cerca de las nueve de la mañana de un agosto más bien caliente. La fila llega más allá de la esquina y da la vuelta por una callecita; pero nuestro lugar está un poco antes de dar ese giro. No se me ocurre llevar el banquito de plástico plegable, así que, después de quince minutos de pie, me siento en la acera.
Hacemos bolita, empezamos a hacer plática, nos cuidamos los lugares cuando alguna tiene que ir a la papelería, a caminar un poco o a preguntar algo a la puerta de las oficinas, donde, al asomarse, se ve un camión en un patio. Se forman alianzas solidarias que sólo van a durar unas cuantas horas, medio día a lo sumo, y que van a ser reemplazadas por un cariñoso olvido. Se habla de dolencias e historias familiares, de chismes de las colonias, consejos de papeles y dudas. Vaya a sacar allá pasando el techito rojo un acta nueva, le da tiempo, ya ve como va de lenta la cola. ¿Reciben como comprobante de domicilio el recibo del tele cable? Se intercambian recetas y medicamentos tradicionales contra la gripa, la tos, los malestares de estómago.
Después de horas, logramos entrar. Es una fila que hacemos sentadas en sillas. Cada cierto tiempo, un empleado nos hace levantarnos y acercarnos más a las mesas en donde nos tomarán los datos. Antes de empezar a recorrernos, nos dan una plática en la que hablan del cumplimiento de algún punto de la 4T. Sí, pienso, yo voté por AMLO, por Sheinbaum. No, no seguiré las redes sociales de nadie. Pasadas las dos de la tarde, salgo al sol de la Avenida Madero con la consigna de contestar todas las llamadas que entren al celular (qué miedo). Pasan días, pasan semanas, pasan meses.
Quién sabe por qué, hay un módulo del Bienestar en las oficinas de Telecomm. No hubo llamada, pero sí un mensaje de WA para decir que ahí, el miércoles tantos de octubre, a las diez, me presentara con el papelito entregado previamente y la fotocopia de mi INE. Pues salgo de clase y cruzo corriendo al correo. Sólo hay unas cuantas mujeres sesentonas con cara de conflicto. Una de ellas, al celular, a gritos y eficientemente, nos informa: Que no es aquí, que las están repartiendo en el Auditorio Servando Chávez. Vamos a agarrar un taxi y lo pagamos entre todas. ¿Por dónde es?, pregunto yo antes de googlearlo. Allá por el Exceso, me responde la señora eficiente.
Ella, con el mismo impulso con que ha colgado el celular y me ha contestado, para un taxi y se sube con otras tres mujeres. Otras más, se ha ido en sus propios carros. Quedamos abandonadas Marbella y yo. Si quiere, le digo, váyase conmigo. No tenemos idea de dónde está el lugar. Vamos corriendo hacia mi lejos estacionado carro tan rápido como nos dejan los años. Ella, muy preocupada por la hora y porque no sabe llegar, aclara: “Mi marido me iba a llevar allá. Me llamaron y me indicaron así; pero el mensaje que me mandaron decía que aquí”. Mientras la escucho, prendo Waze.
Nos manda por Serapio Rendón, Cinco de febrero, Hérores de Nacozari, Morelos Norte, el Libramiento, Av. del Quinceo. Y una vuelta a la izquierda nos hace llegar a Antonio Neri, cerca de un mercado. No voy a alcanzar a regresar al trabajo, pienso. Tal vez deba aprovechar y comprar verduras cuando acabe, pienso, mientras busco dónde estacionarme.
Nos formamos en una enorme cola que se mueve rápidamente. Ahora sí llevo mi banquito de plástico, que no logro usar y sólo me estorba. En la entrada del Auditorio, nos revisan los papeles. A muchas, nos rechazan la copia del INE porque está cuadrada y se deben ver las esquinas redondeadas. No aprendo, me regaño yo sola y me dirijo a una papelería. Marbella sí pasa. Se pierde entre la gente. Cuando yo regreso, todas las sillas de la parte de abajo están ocupadas, pero Marbella me hace señas desde una de las gradas. ¿Cómo logró ubicarme?, me pregunto y me encamino con pánico porque hay que subir un piso de escaleras y varios niveles de gradas. No lo voy a lograr.
Me cuelgo de los barandales; pero, una vez en el nivel, hay que subir la primera grada, que tiene la altura de un asiento. La opción, quedarme de pie, es impensable, así que trepo como araña fumigada. Allá arriba, todas encaramadas, no escuchamos nada porque la bocina hace eco. Gritamos y gritamos a coro que no se entiende, que no se oye, que no, pero tampoco entendemos la respuesta del pobre funcionario. Así que nos ponemos a ver la nada. Marbella saca galletitas y yogurt. Mis ojos buscan un camino hacia abajo que mis piernas puedan recorrer. No hay tal. Bajaré sentada, decido.
De pronto, nos damos cuenta de que están llamando por nombres. No se entiende nada. Mientras nos ahorramos el speech político nos abanicamos con lo que encontramos a mano, rodeadas de un eco ininteligible. Le pido a Marbella que bajemos por allá y por allá de una vez, aunque esperemos paradas. Una vez en el piso, ella se las arregla para encontrar dos lugares de los que van dejando las mujeres que ya han pasado a las mesas. Hay cajas y cajas con sobres. Mi vecina ha pronosticado que es demasiado dinero y los depósitos no durarán. Otra vecina, por su parte, dedica todo el dinero del Bienestar a comprar comida para los perros de la calle, los perros ferales, a los que ha abandonado el mito de ser los mejores amigos. Por mi parte, sé que a mí la jubilación no me alcanzará para cubrir el mes.
Me despido de Marbella cuando me nombran. Ella se queda sentada, esperando que la llamen. No la volveré a ver en mi vida, ninguna sabe qué va a pasar con la vida de la otra; sin embargo, nos miramos con cariño. Me pasan a una mesa, me hacen firmar y me dan un sobre. No perder la tarjeta, aprender de memoria el NIP, esperar que las cosas salgan bien y no regrese (nunca, nunca más) la derecha al poder en estas regiones entrañables.
Ilustración portada: Pity


