“No, sí. Una de mujer no puede hacer eso. Es como la quinta vez que escucho a la encargada del orden expresarlo. Siempre me molesta cómo se declara impotente frente a los hombres de la especie que el buen Señor sembró a ambos lados de nuestra calle.”
Nektli Rojas
Narrando el Género
When we were children, we used to think that when we were grown-up we would no longer be vulnerable. But to grow up is to accept vulnerability… To be alive is to be vulnerable.
Madeleine L’Engle
¡No te debes quedar pasmada! ¡Haz algo! ¡Llama una patrulla o, de menos, sal a insultarlos!, me dice por teléfono el Gigante. Ya me veo yo, en medio de todos los inviernos, sacando mi colección de groserías una tras otra para amenazar a las ratas desde mi metro y medio, con el fin de asustarlos y hacerlos huir. Dentro de mí, se enciende An American Tail en una marquesina. ¿Somos hombres o somos ratones? ¡Ratones!, cita mi harsh inner critic.
Abrieron tu carro, me advierte la vecina, desde su casa de dos pisos frente a la mía, para que salga a defender mi Propiedad. Bunk, canta el cofre en el silencio de la madrugada. ¿Algún maligno va a llevarse a Bumi Bobinas, con tres dueños previos y su calcomanía de lingüística de la UAM? El ruido del motor no hiere el aire helado. Temo entonces por la batería, mi suéter abandonado, el asiento del perro. Por teléfono, Gigante aclara que no se llevan los carros, sino los componentes. La vecina por el Whats App: En cuanto puedas, sal a ver. No distingo a nadie a través de la cámara del timbre. Tengo que ir afuera. Mis piernas no se mueven. ¿Se habrán ido?
¡Ten cuidado! ¡Ya regresó el de la bicicleta! ¡Está intentando levantar el cofre!, escribe la vecina. Acabo de cambiar ese cerrojo. Sí: la batería está en peligro. Me vuelvo a asomar por la cámara, pero no veo más que el trasero de Bumi. Salgo de la cama y prendo las luces de la sala. Me resisto a ir siquiera al patio: temo por ella, pero más por mi pellejo. La vecina manda video. ¿Por qué no sale?, le pregunta su marido.
Son cuatro muchachos. Uno camina, otro va en bicicleta; los otros dos, en la parte delantera de un carro. Han dado muchas vueltas mirando a diestra y siniestra desde sus ojos de vendimiar (como dijera Quevedo de quienes buscan qué robarse), las espaldas cubiertas por apenas hoodies para lidiar con los ocho grados, y tal vez algún instrumento punzocortante o una pistola contra los inconvenientes de dos patas.
Yo nomás escuché un golpe seco, dice el Gigante. Me salí a asomar al pasillo y vi la puerta del otro departamento abierto. Había violado la chapa y eso que era de ésas carísimas que salen para los cuatro lados. Sólo escuché un golpe seco. Trae mucha tecnología, pensé. Me regresé a mi casa a buscar por un tubo de fierro. Era una parte de la instalación de la lavadora. El ladrón estaba en la sala del departamento. Yo me acerqué gritando e insultando. No me vio a mí, sino a la sombra que el foco de afuera proyectaba. Se fue corriendo hacia la ventana y se tiró. Tres metros de sombra, ha de haber pensado, igual a dos metros de pelado, mejor tres metros de caída. Quién anda ahí, le grité. Y luego con esa voz del Gigante Egoísta wildeano, el ladrón ha de haber imaginado que se le venía encima un monstruo. Ni tuve que hacer nada. Dijo el cuidador de los edificios que, de la caída, se rompió un pie y que llamó a otros desde un audífono. Llegaron por él y se lo llevaron cargando. Prefirió afrontar un costalazo que a la sombra vengadora en plena defensa de la casa de su hermana, pensé.
Ladrón aterrorizado, miembro de banda altamente tecnologizada que ataca las colonias de clase media de la CDMX se rompe el pie huyendo de un hermano gigante que, en un acto de valentía ejemplar, defiende a capa y tubo los bienes familiares, escucho en mi cabeza a la señorita de las noticias. Gigante podría acabar él sólo con los malhechores. Yo, difícilmente. Ni hombre ni ratón: cobarde. Ser amado profundamente por alguien te da fuerza, mientras que amar a alguien profundamente te da valor, predica Lao Tsé. No amo profundamente a Bumi, no soy fuerte, no soy valiente.
¿Qué se llevaron, vecina? ¿Alcanzaron a abrirlo? Yo encendí mi alarma para asustarlos. Gracias, gracias. Otras personas prendieron las luces de sus casas. Se alcanzó a ver desde mi balcón. Yo no tengo balcón ni segundo piso, no tengo tubo de lavadora ni más sombra acompañante que la junguiana. Ladrones asustados por luces de sala encendidas, dice ahora la presentadora en mi mente, organización vecinal triunfa. No se registran muertos ni heridos. No le sacan el corazón a Bumi porque la cerradura cambiada no es original y tiene defectos: no se puede abrir bien. Bumi salvada por pieza barata, termina la presentadora.
No, sí. Una de mujer no puede hacer eso. Es como la quinta vez que escucho a la encargada del orden expresarlo. Siempre me molesta cómo se declara impotente frente a los hombres de la especie que el buen Señor sembró a ambos lados de nuestra calle. Nosotras de mujeres no entendemos de esas cosas… una de mujer no sabe cómo escoger materiales… El ego de los vecinos se infla. Tengo ganas de caerme muerta. Estamos recabando firmas para cerrar la calle -ilegalmente, claro- en busca de protección contra los ya muy detectados ladrones. Ahora, tengo que darle la razón a la encargada. Tache, señorita Cometa.
En la 8 de Diciembre cerramos y se acabaron los robos, dice un joven señor fincado ahí, de estatura bastante prominente. Una vez tuvimos que salir todos a ayudar. Atrapamos al ladrón, lo amarramos y se lo dimos a un policía. ¿Había vecinas?, cuelga de los labios de mi mente, ¿cuántas salieron?, ¿quiénes lo amarraron y cómo? ¿De dónde llegó la patrulla? Me imaginé inmovilizar las manos del chico de la hoddie. Imposible: se mueve mucho, insulta y amenaza.
¿Por qué no soy fuerte, alta, poderosa? ¿Por qué mis músculos no son capaces de blandir un tubo en defensa de mis cosas queridas? Aparece en mi frente con letras escarlatas el título del libro de Priscille Touraille: Hombres grandes, mujeres pequeñas: una evolución costosa. Seguro que ella no estaba pensando en Bumi Bobinas, cuando postuló que lo biológico es capaz de grabar el orden social y convertirlo en natural. Genes atravesados por las costumbres me han hecho pequeñita. Bumi depende de mi valentía mientras espío la mitad de su cuerpo en el celular y espero a que salgan la luz del sol y los vecinos para salir a revisar el daño. No tengo la talla de los Gigantes de la Historia ni los de la vida cotidiana.
Pero, ¿qué pueden los gigantes ante una bala?
Ilustración portada: Pity
