«…se privilegió a las grandes farmacéuticas para dominar el mercado y, en el corto plazo, pareció más barato comprar que producir.»
Horacio Cano Camacho
Reporte Minoritario
La pandemia de COVID-19 nos mostró con crudeza que ser autónomos en la producción de nuestras propias vacunas no es un asunto puramente económico, sino algo mucho más serio, más profundo y más estratégico. Las élites económicas mundiales convencieron a sus epígonos de estas tierras de que la “globalización” era el único camino posible; que las fronteras, la soberanía y la autodeterminación eran conceptos superados, reliquias incómodas de un pasado que debía ser sepultado. Lo nuevo —nos dijeron— era la pura fuerza del mercado.
Y bajo esa premisa se tomó una decisión terrible para nuestro tiempo: ¿para qué fabricar vacunas cuando resultaba más barato comprarlas? Un país maquilador -se cuidaron de no decirnos- no requería fuerza científica propia; el acceso a todo estaba garantizado por la mera voluntad del mercado. Así pasamos de ser uno de los siete países del mundo autosuficientes en la producción de vacunas, incluso exportadores, a convertirnos en pedigüeños en plena pandemia. Y todo por la voluntad de los tristemente célebres neoliberales.
El desarrollo y la producción de vacunas propias trascienden el ámbito sanitario: constituyen un asunto de soberanía científica, autonomía tecnológica, estabilidad económica y seguridad nacional. Y eso lo aprendimos dolorosamente. La experiencia histórica de México -que pasó de la autosuficiencia a la dependencia- ilustra con claridad por qué este tema es estratégico.
Nuestro país ha trabajado históricamente muy bien en las campañas de vacunación. Incluso durante el COVID-19 era evidente que existe ya una verdadera “cultura de la vacunación” en la sociedad. Mientras en otros países debieron emitirse decretos de obligatoriedad, pasaportes sanitarios y campañas agresivas de convencimiento, aquí las filas bullían y, por momentos, parecían fiestas cívicas: largas esperas, sí, pero también confianza colectiva en la ciencia pública.
Y la capacidad del país -hasta los años del neoliberalismo- era adecuada. Birmex, la compañía del Estado productora de sueros, vacunas y toxoides, así como sus antecedentes directos, logró éxitos impresionantes: coberturas de vacunación crecientes, abasto para campañas masivas, participación en la erradicación de la viruela y control de la poliomielitis y la difteria. México no solo producía vacunas: las desarrollaba, las envasaba y las distribuía.
El punto de quiebre llegó entre los años ochenta y 2018: los años del neoliberalismo, que consolidaron la apertura y la dependencia. A través de las llamadas “reformas estructurales” se redujo la capacidad productiva del Estado; se impulsaron procesos de privatización y desinversión, así como el cierre o la reconversión de plantas. Las nuevas tecnologías surgidas del desarrollo de la biología molecular y la biotecnología exigían inversiones cuantiosas y la modernización de las instalaciones productoras. Nada de eso se realizó.
El resultado fue la incapacitación del país frente a las nuevas exigencias regulatorias internacionales. A partir de entonces, se privilegió a las grandes farmacéuticas para dominar el mercado y, en el corto plazo, pareció más barato comprar que producir. Pero esa supuesta baratura terminó siendo costosísima. El saldo fue inequívoco: México pasó de productor a importador casi total.
Las consecuencias de haber perdido la autosuficiencia quedaron brutalmente evidenciadas durante la pandemia de COVID-19: dependencia tecnológica, limitación de nuestra capacidad de investigación y desarrollo, acceso tardío a las dosis -con la consecuente pérdida de vidas-, competencia global por contratos, logísticas de suministro costosas y complejas, múltiples cuellos de botella. Paradójicamente, muchos de los responsables históricos de esta vulnerabilidad se convirtieron después en los principales críticos de la estrategia sanitaria emergente.
Los globalizadores mexicanos resultaron más papistas que el Papa. Nunca entendieron que el gran capital no tiene amigos: tiene intereses y una avidez enfermiza por la ganancia. Hoy nos enfrentamos a un nuevo cambio de modelo económico, caracterizado por la multipolaridad. Pero los imperios son más agresivos que nunca y las vacunas -como el petróleo, los minerales o la tecnología- juegan un papel central en la geopolítica contemporánea.
Esta nueva etapa, que los globalofílicos nunca vieron venir, se caracteriza además por riesgos sanitarios crecientes: nuevas pandemias zoonóticas, resistencia antimicrobiana, bioterrorismo y las consecuencias del cambio climático, con su expansión de vectores. El propio COVID-19 es un caso paradigmático de este nuevo orden biológico planetario.
Estamos, pues, en un momento clave. Debemos tomar decisiones estratégicas pensando en el futuro -y algunas ya comienzan a materializarse-: el fortalecimiento de Birmex; la recuperación de capacidades tecnológicas mediante asociaciones entre la academia y la empresa privada nacional (es el caso de la vacuna Patria); el establecimiento de convenios para incorporar las tecnologías más modernas de producción vacunal, así como la formación de biólogos moleculares, virólogos, vacunólogos y epidemiólogos de gran capacidad.
El mercado no es una alternativa suficiente. Necesitamos una nueva visión de país: primero los intereses nacionales, sin renunciar a la solidaridad internacional, pero sin volver a hipotecar nuestra soberanía científica.
Porque en el próximo brote -y lo habrá- no se disputarán discursos, se disputarán dosis. No competiremos por opiniones, sino por acceso. La historia ya nos dio una lección severa: quien no produce, espera; y quien espera, pierde tiempo, vidas y autonomía.
Las vacunas son pequeños frascos de vidrio, sí, pero contienen algo infinitamente mayor: capacidad de decisión. Recuperarla no es un gesto ideológico, es un acto de responsabilidad histórica.
La pregunta no es si podemos hacerlo. La pregunta es si estamos dispuestos a no volver a depender.
Ilustración portada: Reco


