Regla de Tres

Montecristo

“Aunque El conde de Montecristo no es una novela policial, contiene elementos de investigación, identidades ocultas…”

Leí El conde de Montecristo cuando estudiaba la secundaria. Venía en tres tomos de esos que se vendían en los puestos de periódicos, es decir, una edición muy modesta que aún conservo. Fue para mí una lectura de descubrimiento y la consolidación de mi gusto por la novela de aventuras. Pero este libro es mucho más que eso: no solo duelos, espadas y amor -mucho amor-, sino una novela total, que busca abarcar todos los niveles de la experiencia humana y que, por lo tanto, transita por diversos géneros. Por eso está en esta columna…

Todo esto viene a cuento porque, un día antes de que terminaran mis vacaciones de verano, me propuse ver una más de las tantas versiones cinematográficas de El conde de Montecristo. La película -que nunca se estrenó en salas por estos lares- venía de ser aclamada en el Festival de Cannes (lo cual, dicho sea de paso, ya no es garantía de nada), pero acompañada de muy buena crítica y varios premios en el circuito europeo. Y yo, incapaz de resistirme, la puse entre mis prioridades para cuando estuviera disponible en alguna de las múltiples plataformas de televisión bajo demanda.

Se trata de El conde de Montecristo (Francia, 2024), dirigida por Alexandre de La Pattellère y Matthieu Delaporte, basada en la novela homónima de Alexandre Dumas padre (publicada por entregas entre 1844 y 1846 en el Journal des débats). Si bien es una adaptación libre, con una duración de tres horas, se trata en realidad de una condensación fiel de una novela muy compleja, transformándola en un relato ágil y visualmente potente, que acentúa la metamorfosis dramática de Edmond Dantès en Montecristo.

Su estilo visual y de dirección recuerda al cine clásico de capa y espada, con paisajes grandiosos, vestuario minucioso y una música orquestal profundamente emotiva. Se sumerge -no podía ser de otra manera- en los temas del amor, la traición, la justicia y la venganza. Aunque, para algunos críticos, estas capas emocionales resultan menos elaboradas que en la novela original (lo cual es natural). A mí me hubiera gustado más en formato de serie, para alcanzar esa profundidad que le hace falta… pero es cine, y cine comercial.

Para quienes aún no han leído el libro -que debería ser obligatorio en las escuelas y hasta en los centros de diversión-, la historia original es extensa: más de mil páginas, con múltiples subtramas que siguen la evolución psicológica de varios personajes. Edmond Dantès es un joven marino con base en Marsella, brillante, honesto y disciplinado, que es recompensado por el armador de la empresa para la que trabaja, el señor Morrel, con el puesto de capitán en su próxima salida. Ante tal honor, Dantès decide contraer matrimonio con Mercédès Herrera, una bella joven de familia acomodada. Pero su gran amigo (y primo de Mercédès), Fernand Mondego, movido por los celos, urde una traición junto a Gérard de Villefort, fiscal corrupto y ambicioso, y Barón Danglars, capitán despedido por Morrel y sustituido por Dantès. Lo acusan falsamente de estar involucrado en una conjura para restaurar a Napoleón en el trono de Francia. Sin juicio alguno, Dantès es declarado culpable y condenado a cadena perpetua en el calabozo de la isla-prisión del castillo de If.

Allí conoce al padre Abbé Faria, preso de por vida, quien se convierte en su mentor y amigo. Faria le revela la existencia de un gran tesoro escondido en la remota isla de Montecristo. Tras años de encierro en condiciones infrahumanas, Dantès logra escapar y encuentra el tesoro, que le servirá para financiar la venganza que ha alimentado durante todos esos años de miseria y dolor. Convertido ya en el poderoso y justiciero Conde de Montecristo, regresa a París para ejecutar su plan.

La película me parece, si no la mejor, una de las mejores adaptaciones cinematográficas del clásico, y en eso coinciden muchos críticos. La parte que más me interesa es que, en el libro -aunque no tan evidente en la película, por los límites de tiempo-, se pueden identificar muchos elementos que anticipan la novela negra, tal como comenzó a gestarse a finales de los años veinte del siglo pasado:

  1. El justiciero en la sombra. Edmond Dantès, como Conde de Montecristo, es uno de los primeros grandes vengadores literarios. Planea y ejecuta una venganza meticulosa contra quienes lo traicionaron, con un grado de cálculo y frialdad que recuerda a los antihéroes de la novela negra moderna, como Sam Spade o Philip Marlowe.
  2. El hombre roto por el sistema. El arquetipo del individuo destruido por la injusticia, que regresa para impartir su propia justicia, será esencial en la novela negra, donde el aparato legal suele fallar y los protagonistas deben tomar las riendas.
  3. Corrupción estructural. Dumas denuncia el uso del poder para oprimir, la manipulación de la ley y la existencia de una élite capaz de torcer la justicia mediante la connivencia entre el poder político y el poder económico. Esa delgada línea entre ambos mundos es tema recurrente en el noir contemporáneo.

Aunque El conde de Montecristo no es una novela policial, contiene elementos de investigación, identidades ocultas y manipulación de la información que serían esenciales para el desarrollo posterior del género negro. Dantès actúa como un detective de su propio pasado, reconstruyendo verdades y desenmascarando culpables.

Y, por último, está la ambigüedad moral. La venganza del conde no es del todo justa ni limpia. Aunque sus enemigos merecen castigo, él mismo se convierte en una figura implacable, casi monstruosa. Esto anticipa esa ambigüedad ética tan propia del detective negro, que se mueve en zonas grises, entre el bien y el mal. Como en El largo adiós de Raymond Chandler o Perdida de Gillian Flynn, no hay inocentes puros ni villanos sin matices.

Numerosas novelas negras modernas beben de Dumas la idea del pasado que regresa con fuerza para ajustar cuentas: desde thrillers psicológicos hasta novelas de venganza con crítica social. Por ejemplo, La verdad sobre el caso Harry Quebert (Joël Dicker) o Los hombres que no amaban a las mujeres (Stieg Larsson) presentan héroes marcados por el pasado y decididos a desenterrar secretos.

Lea el libro -o re-léalo- y, si puede, vea El conde de Montecristo. Aunque no sea novela negra en sentido estricto, es sin duda uno de sus antecesores espirituales.

Para un viernes en casa, con palomitas… y sufrimiento compartido.


1 comentarios

Judith 18/08/2025 at 14:06

siempre un gusto leerlo, felicidades

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