“Sangre y lágrimas, en vez de gritos, brotan de una herida que parece no poder cerrarse.”
Nektli Rojas
Narrando el Género
Sí, esto que les cuento es una historia cierta,/ ustedes, si quieren, me creen o no…
Joaquín Sabina
Temprano, en el pequeño baño del departamento de la CDMX, encerrada a piedra y lodo, Carmen aúlla. Ahí, al filo del abismo, con un liguero coquetísimo que ha ido a comprar con su madre a alguna tienda de lujo en Morelia, pierde algo que le funcionaba como razón. Horas antes, había tomado un camión hasta la central de Observatorio, a donde Milo había pasado por ella en su coche clasemediero. Ese día, Gala se había ido de fin de semana con su amante y le había dejado a Milo campo libre.
Cinco años atrás, cuando Carmen iba en secundaria, Milo había empezado a preguntarle con qué chicos se acostaba; ella, pequeña, maldecida con una belleza que despuntaba radiante, con una sensualidad lolita, que a Milo le era imposible ignorar, evadía la conversación y se reía nerviosa. Cada visita a la ciudad de cantera, Milo se las arreglaba para quedarse solo con ella, aunque fuera por momentos, para abrazarla apretado, tocarla despacio y sentir cómo el cuerpo de ella temblaba mientras él se hinchaba. Gala, en tanto, se ocupaba de las sonrisas, las relaciones familiares y de resolver las visitas del viaje, a la hermana favorita, Fati, a la madre, a las sobrinas. En público, Milo retomaba su papel de tío simpático, cuarentón, comprensivo.
Las noches de esos días de visita, la familia se muestra extasiada con la presencia de Gala; Carmen lloraba por las noches, apretada en su cama, rezando por la protección de un Padre que no permitiera la entrada de Milo en la madrugada a la cama tibia donde ella se refugia tapada hasta la cabeza.
Su madre, Ágata, empieza a notar, en los tiempos libres que le deja la vida dentro de su abrumador mundo interno, que a Carmen le pasaba algo. No tenía ánimos de hacer nada, ni estudiar, ni salir con los amigos. Nada la emocionaba, dormía demasiado, no se bañaba, se negaba a salir de su cama. Después de cuatro años de haberlo notado, Ágata decide aceptar la invitación que Gala le extendió a Carmen para que fuera enviada con ella a la Ciudad para animarla.
Carmen no tuvo fuerzas para resistirse. Un buen día, se encontró de niñera de su prima pequeña, hijo de Gala y Milo, en el papel de ama de casa sustituta. Gala necesitaba espacio personal para vivir su aventura con su actor muy de moda en el medio al que ella decía pertenecer por derecho propio, como hermana que era de un actor de mediana fama. Milo, babeante, afiló sus garras.
Pero la visita termina unos cuantos días después, cuando Carmen prieta el puño izquierdo, cierra los párpados y, con las tijeras en la mano derecha, dibuja con el filo líneas en sus mejillas, su frente, su nariz, sus labios. El rostro arde, la sangre le coloca la máscara de una guerra antigua, inconfesable, cíclicamente repetida. Sangre y lágrimas, en vez de gritos, brotan de una herida que parece no poder cerrarse. Gala regresó a su casa apestando a cigarro, vio a Carmen e hizo lo que le pareció más lógico: llamó a su hermana Fati para que se fuera de urgencia a la Ciudad a recoger esa sobrina desastre que no paraba de dar problemas y no se dejaba ayudar. Fati llegó al otro día. Se topó con el silencio sellado por las heridas y decidió esconder a Carmen en su propia casa durante el tiempo que fuera necesario para que las cortadas sanaran. La primera semana en casa de Fati, Carmen no pronuncia una palabra ni prueba un bocado. Su boca tiene una ocupación mucho más importante: callar. Fati le regresa su hija a Ágata a sin decir ni media palabra de lo que ha ocurrido y sin tener la menor idea de por qué Carmen, el baño y las tijeras.
Como Satanás está muy al pendiente de la vulnerabilidad de las creaturas, concede un milagro negro: Carmen empieza a telefonear a Milo un día sí y otro también, hasta que él pone un ultimatum: “Si no vienes a verme, ya no te voy a contestar”. Luego le da indicaciones. Le dice cómo vestirse, a qué hora comprar el boleto de ETN, en dónde tiene que esperar a que él pasara por ella –que no tiene la menor idea de cómo moverse en el monstruo urbano.
Milo la lleva a su casa desde Observatorio. Apenas cerrar la puerta del departamento, se le va encima. Entonces, ella se encierra en el baño. Milo espera un poco antes de ir a tocar a la puerta que lo separa de su presa. Toma a Carmen entre sus brazos ignorando cómo ella tiembla. Con voz de mago le habla al oído: No tengas miedo, sólo te va a doler un poco. La conduce a la cama matrimonial. Carmen nunca deja de temblar. Después, la lleva de regreso a la estación y se dirige hacia el Viaducto. No vuelve a hablar con Carmen hasta un año después.
Es Navidad. Violeta, su prima hermana, llama a Carmen de emergencia al teléfono de casa. Con una voz que no admitía réplica, le escupe un mensaje telegráfico: “No vayas a venir. Van a acabar contigo”. Temblando, Carmen cuelga el auricular e inventa una migraña para faltar al festejo en casa de la tía. Al otro día, supo todo.
Gala le había pedido el divorcio a Milo, a pesar del consentimiento él le había dado para hacer lo que ella quisiera. Enfurecido, Milo la amenazó con quitarle a la hija y le advirtió que su familia, allá en Morelia, la había traicionado, que Carmen y él eran amantes desde hacía más de un año, por lo que no podía contar con el apoyo de nadie. Gala palideció de ira. Viajó a Morelia e inició la mini temporada teatral, una pequeña gira por las casas de cada uno de sus cinco hermanos.
Siempre muy arreglada, eligió los atuendos, las joyas, el maquillaje de víctima. Llamó a las puertas, entró a las salas y, los ojos enrojecidos y la voz cortada, contó a todos cómo la puta de su sobrina había acabado con su matrimonio.
Carmen se encierra en el silencio. Ve pasar el escándalo como si presenciara una película de terror, en donde ella, ella-otra, termina mordisqueada por los zombis. Algo quedaré de ella… o nada. Es lo mismo. No se puede contra esas líneas de dientes que se la comen, le horadan el corazón, el cerebro, le desprenden para siempre manos y piernas despacio, concienzudamente. No podía permitirse tal comportamiento en una chiquilla caprichosa.
Abandona toda esperanza de estudio, deja de replicar, de comer, de bañarse, de gritar. Finalmente, se casa con el primero que se lo pide.
Ilustración portada: Luna Monreal


