«También pertenezco a una cadena. Pero no sé a cuál. Mi madre se perdió en la tierra, se borró de la memoria, porque así es la muerte para las mujeres…»
Nektli Rojas
Narrando el Género
«Y cuando los vivos acuerdan consigo mismos que están muertos, comienza la furia oscura.»
Salman Rushdie. Furia.
Yo les di la vida a todas. A ti, hija, y también a tu hija. No sé a quién escuché decir eso, que en el vientre de la abuela estuvieron la madre y la nieta, como un pequeño óvulo dentro de los ovarios en formación. Qué tristeza me dio pensarlo. Todas encerradas una dentro de la otra, como una cárcel de cajas chinas. Yo, la hija de la muerte de mi madre, las parí a todas.
También pertenezco a una cadena. Pero no sé a cuál. Mi madre se perdió en la tierra, se borró de la memoria, porque así es la muerte para las mujeres cuando, como ella, no son las esposas, no hay familia que las reclame, y mueren de parto. Se perdieron su nombre, sus recuerdos, su serie de cajitas chinas. Ya nunca nadie las conoció. Son como espacios recortados al mapa de las generaciones. Pero ella, la madre sin recuerdo, me hizo la primera de nosotras. Ay.
Dicen las malas lenguas que murió en su casa chica rodeada de fantasmas y demonios. Tal vez. A mí me llevaron con mi padre, el coronel, porque no se les ocurrió otra cosa. Envuelta en una sábana blanca, pero viva, me transportaron a la casa grande en Lagos de Moreno, ese sitio en donde habían matado a todos los indios para repoblarlo de blancos. Lugar de aguas donde el ganado se bebía la muerte para dar leche y quesos. Donde ellas también, las vacas, morían para alimentar a los asesinos que venían huyendo de algunos horrores de la España barroca. Siempre he pensado que mi padre no fue el primer asesino de la familia. Seguro que hubo otros antes. Como él, disfrazados de militares, de terratenientes, con la herencia de sangre en las manos.
Fue de mi madre, materia de olvido, de quien heredé el hoyo negro que se devora a la gente. Aquí, aquí merito, siento a otras vidas gritar. Unas buscando justicia y otras intentando sobrevivir. Nadie escapa a esa especie de maldición.
Nací a fines del siglo antepasado en una casa prestada de Santa María de los Lagos, entre coágulos y estertores. Tal vez por eso nací muerta por dentro. Seca sigo, polvo acurrucado en una caja. Como tú, querida hija. Pobrecita, ahora también eres polvo en un cubo de madera, sin saber siquiera lo que hiciste, sin tener la culpa de nada y, sin embargo (hay que decirlo), habiendo sido responsable del mismo crimen que yo.
Porque yo, descendiente de una difusa, las maté a todas para perpetuar nuestra herencia. Les heredé mi destino de violencia, mi sangre muda, el silencio de las rocas que se asoman al mundo para cobrar venganza. Pero que, incapaces de ir contra la casa de los amos, no pueden sino embestir contra quienes tienen a su lado. Las personas más queridas, las únicas a las que se pueden permitir odiar sin correr peligro, las hijas.
Se repitió la historia. Mi primera hija se murió bebé. Rubia, ojos de lago. Cargué sus huesos durante años. Los limpié y los acomodé muchas veces. Tú también tuviste una hija así, dorada, preciosa, que se fue antes de cumplir un año. Ellas fueron las afortunadas. Probaron nuestra leche y supieron enseguida que era veneno. No se quedaron a comprobarlo. Con unas gotitas tuvieron. También tu hija tuvo un niño rubio y nonato. Tal vez no le tocaba ser como nosotras; quizá hubiera sido aun peor, no se sabe. Nunca lo he visto. Quizá sí exista el cielo y él está allá. La muerte es un misterio incluso para quienes habitamos en ella.
Nuestro destino fue imitar las costumbres de los monstruos. Tú, hija, también parecías viva al principio: te hiciste resistente y empezaste a crecer. Pero, de todas formas, mucho antes de ser cadáver, estabas muerta. Qué curioso es eso. Morirse para poder sobrevivir. Muchas veces no queda de otra. Hay que tirar por la borda las esperanzas, los deseos, la bondad misma, para poder seguir adelante. Tal es la fuerza del impulso de vida. Claro, no tenemos la culpa de seguirlo. Pero nos convertimos en nosferatas, bebedoras profesionales.
Tu sangre envenenada mató a cuatro hijos en tu vientre. Las niñas lograron nacer. Una de ellas fue como nosotras. En ella se reunieron muchas muertes, la ira de muchas generaciones, el impulso tremendo de los asesinos, el odio de nuestra historia. No supiste cómo salvarla. Crecía, corría y, sin embargo, estaba muerta.
Es verdad. Yo lo hice cada vez que fue necesario: mirar alrededor y señalar a los culpables. Mi padre, el primero; el tuyo, hija. Su cuerpo de violencia nos destruyó. Entonces, nosotras (yo repetida en el eco de la reproducción) destrozamos con nuestro hocico herido, pero lleno de dientes, las entrañas de ellas, la única carne que nos pertenecía, que nos calmaba el hambre, entrañas condimentadas con nuestro propio sabor a miedo y autodestrucción.
Somos todas nuestras propias tumbas, nuestras propias muertas. Pariremos hijas muertas hasta que alguna seque al sol las heridas y las desinfecte. Hasta que alguna se atreva a dejarnos atrás para poder vivir.
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(1) El concepto de madre muerta se le debe a Melanie Klein, fundadora de la escuela de psicoanálisis inglés. Lo usa para referirse a madres emocionalmente distantes de su descendencia.
Ilustración portada: Luna Monreal


