Recordar a los Niños Españoles de Morelia sirvió para denunciar el olvido de los niños Palestinos y para alertar contra el oscurecimiento moral de nuestro mundo
David Ramos Castro
La Colmena Urbana
La conmemoración el pasado domingo 15 de junio de los 88 años transcurridos desde la llegada a la ciudad de los Niños Españoles de Morelia, casi medio millar de infantes que en 1937 arribaron a la capital michoacana escapando de la Guerra Civil española, gracias a la generosa iniciativa del General Lázaro Cárdenas, sirvió al Comité de Solidaridad con Palestina en Michoacán para celebrar un acto de homenaje y reivindicación que denunció el contraste que media entre la situación de aquellos niños y el vergonzoso abandono que sufren hoy los menores palestinos asesinados en Gaza sin que a nadie parezcan importarle realmente sus pobres vidas. El lugar elegido para la conmemoración no fue otro que el monumento que rinde homenaje frente a la catedral moreliana a aquel dramático periplo con una escultura en bronce que muestra a una pareja de niños tomados de la mano. Ambos parecen mirar al porvenir con un gesto esperanzado y risueño, algo que, sin embargo, no debió de ser el caso para la mayoría de ellos, muchos de los cuales no volverían a ver a sus padres jamás.
La conmemoración de los Niños de la República Española sirvió, pues, para formular una pregunta tan incómoda como necesaria: ¿por qué el claro posicionamiento del gobierno mexicano de entonces en contra del alzamiento militar franquista se traduce ahora en una postura tibia y exasperante respecto de los millares de niños masacrados impunemente en Palestina por las hordas genocidas de Netanyahu? En la efeméride, el comité ofreció a todos los interesados una sesión de bordado que estuvo protagonizada por la imagen de la sandía, fruta que se ha convertido en un símbolo de la lucha palestina, la cual ha hallado en ella y sus colores la manera de vindicar los mismos tonos de su bandera, anatemizada por el gobierno sionista. Además, se encargó de recolectar firmas para lograr que se formalice la ruptura diplomática entre México e Israel, algo que por ahora parece una posibilidad lejana, pues se necesitan 130000 firmas, de las cuales por el momento apenas se han conseguido unas 13000 en todo el país, según me contó uno de los miembros del comité.
El acto estaba previsto que comenzara a las 16:00 horas de la tarde y terminase a las 19:00 horas. Un par de agentes de la policía turística moreliana se había acercado a pedir información, pues decían que no estaba permitido intervenir en los elementos del mobiliario urbano, lo cual incluía la escultura de los niños, a los que algunos miembros del comité habían ataviado ya con la tradicional kufiya, el pañuelo de Medio Oriente generalmente asociado al pueblo palestino. Llamaba la atención aquel rigor referido al mobiliario urbano, en contraste con la laxitud institucional expresada en muchos de los edificios aledaños, cuya estética histórica había sido alterada con vistas a la instalación de añadidos en altura que, en forma de terrazas y miradores, servían de reclamo para el consumo turístico, contando para ello con el paradójico beneplácito del INAH. Pero no era preciso transitar de lo mobiliario a lo inmobiliario para sorprenderse por aquellos remilgos policiales. Bastaba con observar a uno de los propios niños del grupo escultórico en cuestión, que había sido vandalizado varias veces, perdiendo en una ocasión parte de su brazo y portando en la actualidad una maleta inexistente que no por invisible se antojaba menos cargada: la historia, cuanto más robada, más pesa.
Por fortuna, al final la policía aceptó los argumentos esgrimidos por los organizadores y la conmemoración pudo seguir adelante. Se leyó entonces un comunicado que recordaba la dispar actitud de los gobiernos mexicanos del pasado y del presente, se exigió la ruptura de relaciones diplomáticas con Israel, se perifonearon algunas consignas y se ondearon conjuntamente las banderas de Palestina y la tricolor de la España republicana. A petición de uno de los responsables de la organización, yo mismo me vi de pronto, junto con una mujer mexicana que había vivido en Andalucía, sosteniendo una de estas últimas, dando pie a la graciosa anécdota de que, durante unos segundos, ambos la sostuvimos con los colores al revés. Un descuido que la República nos perdonaría, sin duda, pues también ella se había equivocado en su día al asociar el color morado con la historia de Castilla. Pero lo cierto es que, arriba o abajo, aquel morado había sido la expresión de un deseo de cambio profundo en el país. Deseo abatido a balazos. Por eso me pareció todavía más irónico el estar sosteniendo aquella bandera a escasos metros de la oficina del consulado español en Morelia, con su bandera oficial y rojigualda, y del que por cierto había oído quejas de lo inservible que resultaba.
Luego, algunos miembros del grupo comenzaron a repartir boletines informativos entre los viandantes con la intención de que firmasen la petición de ruptura diplomática. «Nadie quiere firmar. Hay demasiada tibieza», se quejaba una de las jóvenes encargadas de la tarea. A escasos metros, un joven agitaba en el aire la bandera palestina cuando, de pronto, un colérico transeúnte se la rompió violentamente de un furioso manotazo y siguió luego su camino, como si nada. Según comentaban, era la tercera vez que aquel energúmeno los agredía en el curso de las manifestaciones que habían organizado. Dado su acento, varios creían que se trataba de un gringo. «¡Tenemos hasta fotos de él!», me dijo uno de los miembros del comité, a quien le llamaba la atención que siempre apareciera en sus manifestaciones para agredirlos e insultarlos, pero que nunca estuviera allí la policía para detenerlo. «Se creen los dueños de todo», añadió otra de las asistentes, una de las más veteranas, refiriéndose a la prepotencia que mostraban muchos norteamericanos que se habían instalado en México.
Ya de vuelta de la conmemoración, en un cajero cercano, un anciano se me acercó para pedirme ayuda, pues no sabía cómo sacar dinero de él. Fui presa de las sospechas, cosa harto corriente en nuestros días. Lo miré detenidamente. Era un hombre que bien podía rondar los 80 años, quizás algo menos, aunque era difícil saberlo cuando el rostro estaba moldeado por lo que uno intuía que había sido una vida dura de no pocos desvelos. Sus ojos estaban blanqueados por las cataratas y sus gruesos dedos tomados por las huellas de los años y las deformidades causadas por la artrosis. Recordé de pronto a mi abuelo, no por la artrosis, que poca tuvo, sino por el arbitrario designio que lo llevó, sin que él pudiera oponerse, a luchar en la Guerra Civil española siendo apenas un adolescente, y a casi morir en ella. Me sentí secretamente conmovido. Venía de una conmemoración a cientos de vidas que se truncaron entonces y a miles de niños perdidos hoy para siempre en Gaza. Pensé en el exilio, en la migración, en el desarraigo tan profundo que arrastran (arrastramos) quienes se marchan un día, quedando en el fondo destinados a no llegar ya nunca a lugar alguno donde sentirse reconocidos.
En toda época, los que se van quedan para siempre estancados como rivales del tiempo, al igual que el anciano que me pide ayuda ahora ha quedado rezagado de los artefactos del presente. ¿Quién recuerda e invoca, en cambio, sus saberes? Ese hombre deposita en mí una confianza que me abruma y que es, al mismo tiempo, un riesgo, al igual que él mismo encarna a un ser frágil y fuerte a la vez. Recordé un verso del gran poeta René Char que instaba a caminar rumbo al propio riesgo de vivir. Finalmente, ayudo al anciano y le advierto que no debe pedir esa clase de asistencia a cualquier desconocido, pues podrían robarle. Me vuelve a conmover su mirada blanca mientras asiente y me da las gracias, pues en aquellos ojos enceguecidos percibo la inequívoca albura de un mundo mucho más decente que éste, mundo aún abierto a la confianza en los demás, y que desde luego no ha sido compensado por el invento de ningún artilugio postrero. Con su mirada en mi memoria, me fui caminando de regreso a casa, pensativo, tocado por un cierto malestar impreciso, estigma cainita de la época, mientras la juventud del día lentamente se iba oscureciendo, como casi todo.
Ilustración portada: Pity


