“El mandamiento del deber ser femenino para prendas íntimas comanda: no traerás cualquier trapo en los santos sitios…”
Nektli Rojas
Narrando el Género
Este fin de año recibí por WA un meme lleno de calzones de mujer que decía: “A horas de que mi economía, vida amorosa y mi tranquilidad dependan de unos calzones”. Y estaba firmada con un tag con un nombre de mujer. ¿Cómo se sabe que se trataba de prendas femeninas? Bueno, el dibujo simulaba encajes en la parte de los resortes, todos eran bikinis y ostentaban brillantes colores, aunque se incluían un par de negros.
No me sé el código de colores para fin de año en lo que respecta a calzones. No tiene la menor importancia. Más interesante es que el meme denota que sólo las mujeres creemos en la suerte de los calzones… lo que ya es un pequeño insulto: la razón para los hombres y las creencias supersticiosas para las mujeres. Sí, ya sé, parte de la distribución simbólica del patriarcado. Pero hay más. El mandamiento del deber ser femenino para prendas íntimas comanda: no traerás cualquier trapo en los santos sitios: deberá ser lo más incómodo, pequeño y adornado que puedas conseguir. Ni entremos en el asunto de las tangas.
La economía de las mujeres no está regulada por la meritocracia (que tampoco me parece un sistema del todo justo para asignar los salarios), sino por muchas otras ubicaciones en el tejido social. Pero sí estoy dispuesta a creer que es posible que una mujer tenga más éxito laboral mientras más cumpla los mandatos de los deberes ser. Recuerdo un artículo que leí en Cosmopolitan el siglo pasado, en donde se recomendaba que, aunque estuvieras vestida de overol de mezclilla y con zapatos suela crepé (así eran mis hermosos zapatos de los ochenta), para empoderarte, te colocaras ropa interior sexy (es decir, pequeña y llena de encajes). Entonces, es posible que sí, que nuestra vida económica y amorosa sean mejores de acuerdo con el tipo de calzones que usamos; pero nuestra tranquilidad, no. En los resultados de INEGI para 2024, en el aspecto de autobienestar reportado, hay una brecha en el balance anímico”: 6.7 para hombres y 6.4 para mujeres. El nivel de satisfacción con la vida es de 8.6 para los hombres y 8.3 para las mujeres.
Estos son mis calzones. Colores serios, entre ellos el blanco. No se puede saber cuánto, pero al menos la mitad de su composición es algodón (lo sé porque tardan mucho en secarse). Son absolutamente lisos, carecen de resorte en las piernas, no tienen moños, encajes, calados. Bueno, calados, sí, porque tienen hoyos. La razón es que los compré durante la pandemia, cuando lo más que me alejaba de mi casa para adquirir provisiones eran cuatro cuadras, donde se coloca el mercadito de los viernes.
Durante ese tiempo de encierro, mis calzones prepandémicos colapsaron hasta el punto de ser inusables. Entonces, recurrí al puesto de ropa del mercadito. Los calzones de mujer eran como los del meme: pequeños, demasiado pequeños, llenos de encaje, colores chillantes en telas que, sin necesidad de etiqueta, gritaba plástico, plástico. Imposible. Pero junto a ellos, en el tablón del puesto, se encontraba una gran cantidad de calzoncillos de hombre. Mmmm… había colores claros, incluso blancos, con resortes no lesivos, de tela algodonosa, sin barbaridades decorativas ¡y a cuatro por cien pesos! Compré unos cuantos y, a la siguiente semana repetí.
A mí me gustan las flores, como al Buda (“si pudiéramos ver claramente el milagro de una sola flor, nuestra vida cambiaría”), pero no hay ninguna razón para identificar a las mujeres con flores, como no sea la canción misógina de Cuco Sánchez, cantada por Pedro Infante. De ahí sabemos que a los hombres les debe gustar cortar flores. ¿Por eso los calzones tienen que parecer flores? ¿Por eso la ropa de mujer está compulsivamente llena de flores?
La tela de los calzones de mujer es mala, de tejido sedoso y delgado. Aquí depende mucho del precio de ellos, que la tela sea menos dañina. Ya sabemos que la recomendación es usar algodón (bien por aquéllas que la sigan). Pero, les es imposible a los fabricantes dejar de poner flores, encajes, peor aún, moños en los calzones. Sí, sé que existen los Hanes… seis por casi cuatrocientos pesos en Amazon. Juro que nunca en mi vida he sido tan feliz con unos calzones como con ésos que compré en el mercado.
Algo le pasó a las marchantes: un viernes ya no se pusieron. Nunca más regresaron. He buscado un producto similar por las tiendas, los mercados, la venta callejera y nada. Porque, en realidad, eran unos calzones que alguien fabricó sin tener muy en cuenta las necesidades masculinas: no abultaban en la entrepierna, no tenían ventanita estratégica, no apretaban. He llegado a pensar que fueron un regalo traído desde los años setenta, donde estuvo de moda lo unisex, a este tiempo en donde conviven tantas contradicciones y tantos matices (por ejemplo, las feministas radicales, las mujeres de alto valor y las tradwives, dios las perdone a todas). Tal vez por eso los marchantes ya no volvieron: fueron tragados por otra época.
Sigo manteniendo mis calzones pandémicos, aunque tengan agujeros. Los doblo con cuidado y amor en tres y luego en tres para que se sepan amados. Mi pobre hija se fue a recorrer las calles que rodean al metro San Antonio Abad en busca de calzones sustitutos. No los encontró. He agregado a mis harapos interiores un par de calzones sin costuras de mujer y otro de truzas masculinas que no me acaban de hacer feliz. En una ocasión, buscando en la red, encontré unos brasieres que se publicitaban como prendas para lesbianas… pero ésa es otra historia. El caso es que no encontré sustituto para mis achacosos calzones. Puede ser que sea un nicho de oportunidad para fabricantes de ropa osadxs, que no teman invertir en ropa no marcada por los deberes ser genéricos que, a querer o no, tenemos que sobrellevar.
Ilustración portada: Luna Monreal


