Muestra, brevemente, los elementos que han favorecido su trascendencia: la migración, el barrio, el coleccionismo, el crimen, el baile y la memoria
José Alfredo Barriga Juárez
MeloManía
La salsa son ritmos afrocubanos mezclados con ese jazz urbano de Nueva York.
Larry Harlow
La salsa vive (2025), es una película documental del director colombiano Juan Carvajal donde, en un supuesto, se exploran las raíces de la salsa, desde que surgió en la década de los años sesenta en Nueva York hasta cuando llegó a Colombia, celebrando su legado y poder para unir culturas.
Si bien, la premisa es ambiciosa como lo mencionó André Didyme en la Rolling Stone, por intentar unir Nueva York, Colombia y Puerto Rico como las grandes capitales del género en su época; esta precariedad visual y testimonial, curiosamente funciona como un primer abanico para las generaciones desentendidas, quienes creen que estos ritmos los ha inventado Bad Bunny en su disco Debí tirar más fotos.
Y funciona, no sólo como una muestra finita de posibilidades para escuchar por primera vez a Willie Colón, Grupo Niche, Los Van Van, Héctor Lavoe, Celia Cruz, Richi Ray, Ismael Rivera, etc. Funciona porque uno de los aciertos del director caleño es el planteamiento de elementos externos a los cantantes o grupos musicales, pero que forman parte de ese universo cultural: el coleccionismo, el barrio, el crimen y el baile.
I. El coleccionismo
El documental abre ni más ni menos que, recogiendo testimonios de los primeros coleccionistas de vinilos de salsa, cuya tarea además de resguardar los formatos físicos de este género, era la de orquestar conciertos en la calle a través de grandes parlantes para que el barrio baile cuando no se tenía grupos en vivo, crear la rumba.
Y esta creación de la rumba en la calle, que se traspone a la gran migración del Caribe a Nueva York a mitades del siglo XX, es un fenómeno de identidad cultural que poco a poco irá germinando y mezclándose en suburbios como Harlem, Bronx, Brooklyn y Queensbridge a través de otros géneros como el jazz, el rap y el rock.
Una los destellos de este documental, es justamente lo que surgió de esas rumbas donde se tocaba guaguancó, son cubano, guajira, mambo y que todo el set completo pasó a llamarse salsa.
Además, al igual que el rap donde el sampleo fue una de las grandes aportaciones del disc jockey en las llamadas Block Partys; o lo que sucedió con la cumbia rebajada de Colombia; sucedió acá para crear el boogaloo, una forma de tocar estos géneros, que no es más que el aumento de las revoluciones por minuto a 45 en los vinilos que se tocaban.
Una vez más, la periferia construyendo nuevas formas de hacer música desde su espacio y con lo que tiene.
II. El crimen
Durante el documental de Carvajal aparecen grandes testimonios como Rubén Blades, Jairo Varela, Larry Harlow, Henry Fiol, Johnny Rodríguez, Alfredito Linares, Ángel Lebrón y, aunque su charla es enriquecedora, carece de un hilo conductor claro -y limitado por supuesto-, porque recoge por ahí ciertos atisbos de la relación de la salsa con el barrio, la violencia y el crimen.
Hay que tener en cuenta que la salsa tuvo su periodo de auge y declive entre 1960 y 1985, y no es que contradiga la premisa del documental de que la salsa vive o esta idea romántica de Rubén Blades que ʺCelia Cruz no ha muerto porque se sigue escuchando en mi casa y siempre se escucharáʺ, pero estos años son un contexto específico de esta gran explosión.
Al mismo tiempo, en ese periodo Colombia sufría una gran transformación económica, política y social que marcaría su rumbo en la Historia Moderna, pues se consolidaba el Cartel de Cali, una de las organizaciones de narcotráfico con gran impacto en todos los niveles.
Y se preguntarán, a todo esto ¿qué tiene que ver la salsa?
En primera, las narrativas de la salsa no se configuran sólo a partir de temáticas como el amor, el baile y la gozadera, sino que también se parte de historias como la migración, las peleas, el barrio y sus complejidades.
Para prueba existen muchas canciones, hoy consideradas un clásico como: Juanito Alimaña, Pedro Navaja, El preso, Lo mato, Miserable, La cárcel, Desapariciones y Coína.
Esta última en particular, escrita por Rubén Blades en 1985, habla de la cocaína como personaje seductor y destructivo. Expone cómo una persona puede quedar atrapada, dominada, perder control, sucumbir ante la adicción. Un retrato de lo que ya estaba sucediendo desde Cali a Nueva York, pasando por México.
En segunda, y una de las más importantes y que sólo se conoce tras bambalinas, es la relación de las orquestas de salsa con los narcotraficantes. El mismo documental, menciona el episodio en que condenaron a seis años de cárcel a Jairo Varela, compositor de Grupo Niche, por enriquecimiento ilícito.
El episodio se toca superficialmente, pero es un gran acierto, porque tal como sucede ahora, la relación de los artistas con organizaciones criminales, para nada es nuevo y prohibirla tampoco es la solución. Sin embargo, hay un arraigo intrínseco entre uno y otro, no sólo para subsistir, sino como punto de partida de creación en algunos aspectos de la propia música.
El mismo documental recoge testimonios de artistas colombianos, quienes encuentran su mejor auge cuando Cali se encontraba en una guerra y, cuando esta termina, con ella termina o, mejor dicho, toma una pausa, también la salsa y los conciertos terminan, y las fiestas privadas, la renta de estudios, y las rumbas masivas. Deja de fluir todo este poder económico que se alimentaba a partir del tráfico de droga y otros delitos relacionados.
Sin duda, un fenómeno que se debería estudiar a fondo en otro espacio y no precisamente porque este documental lo haya descubierto.
III. El baile
Por último, el baile como una expresión poderosa de identidad latinoamericana. Bailar salsa, en este caso, refuerza el sentido de pertenencia y comunidad ante las vicisitudes del desplazamiento a raíz de la migración.
Más allá del folclor y esta idea que hace rentable una tradición, el baile se configura desde y para una memoria colectiva. En ese sentido, no es gratuito que la bailarina y el bailarín que aparecen en el reato visual de Carvajal, hablen desde una experiencia marginal.
El baile es una alternativa de supervivencia en medio de un contexto donde todo parece estar en contra. Bailar salsa, cumbia, merengue, son, danzón, cualquier género, es la construcción de un lenguaje comunitario.
La salsa vive no pretende ser un retrato absoluto del universo salsero, pero en su imperfección encuentra su fuerza: es una obra profundamente afectiva, que nace más del amor que de una recapitulación histórico y precisa.
A pesar de sus vacíos, limitaciones técnicas y omisiones históricas, el documental logra algo esencial: mantener encendida la llama de un género que sigue palpitando en los barrios, en los cuerpos que bailan y en las memorias que se resisten al olvido.
Es un homenaje entrañable que, aunque a veces tropieza, camina con el corazón en clave.


