Regla de Tres

La resonancia y el silencio

El empobrecimiento de nuestras experiencias vitales se percibe en la falta de resonancia con el mundo, la hegemonía del ruido y el desprecio al silencio

La obra del poeta, ensayista y pensador español Ramón Andrés (Pamplona, 1955) es un denso caudal de asombro y entusiasmo por el saber, algo de lo que dan cuenta libros como Diccionario de música, mitología, magia y religión, Historia del suicidio en Occidente, No sufrir compañía: escritos místicos sobre el silencio, Pensar y no caer o Poesía reunida y aforismos. Con Filosofía y consuelo de la música, obtuvo en España el Premio Nacional de Ensayo en 2021. Al año siguiente, aparecieron dos títulos más: Caminos de intemperie La bóveda y las voces: diario de un viaje con Josquin des Prés. Poco antes de su premiación, había tenido la oportunidad de conversar con él en una larga entrevista. Recién clausurado el Festival Internacional de Música de Morelia, me parece oportuno publicar una reedición de aquel diálogo.

-¿Cómo llegó a la música, la poesía y el ensayo?

En cuanto a la poesía, antes de comenzar la adolescencia ya era un lector de poesía. En casa de mis padres, había libros de varios poetas, entre los que estaban Machado y Juan Ramón Jiménez, que se hicieron familiares para mí. En lo relativo a la música, mi padre tocaba el violín como aficionado y mi hermana mayor estudiaba canto. Para mí, todo aquello constituyó un universo sensorial muy especial. Además, yo viví en un hogar conflictivo, de mucha desavenencia entre mis padres, de manera que la lectura y la música fueron luego para mí un refugio importante. Al ensayo llegué por un proceso vital e intelectual más lento. Yo pretendía, además –no sé si lo he conseguido–, escribir ensayos que no fueran al uso, que tuvieran un componente literario y una cierta lentitud de lectura que invitara a la reflexión; pero eso vino mucho más tarde, cuando tenía unos 35 años.

-Esa lentitud me hace pensar en el sociólogo Hartmut Rosa y en sus investigaciones sobre el problema de la aceleración social y la pérdida de resonancia con el mundo.

He leído a Hartmut Rosa. Él acude a la metáfora de la resonancia, pues, en verdad, somos seres que resonamos, que creamos sonidos y podemos albergar una resonancia en nuestro interior. Se refiere a algo muy antiguo: a pensar la relación con el exterior y con ese ruido constante al que estamos sometidos, el cual nos encierra en el individualismo y hace que no resonemos.

-Al estudiar canto, uno aprende que lo importante para que el sonido llegue a los resonadores craneales consiste en que las notas viajen ligeras, sin presión ni peso. Parece que esta época es incapaz de resonar, pues su ruido impide la levedad.

Efectivamente, estamos en una sociedad ensordecida que ha perdido mucha sutilidad auditiva. Lo que usted comenta sobre el canto es primordial, pues resulta una fuente directa de resonancia. Escribí un libro sobre Josquin des Prés, un compositor franco-flamenco que nació a mediados del siglo XV y que fue un gran polifonista, en el que dedico muchos capítulos a reflexionar sobre el canto, el cuerpo y la cavidad bucal porque, de hecho, en la polifonía, el canto estaba adaptado a unos espacios arquitectónicos muy determinados que pueden ser la metáfora de la bóveda de nuestro paladar.

-Esto es algo que podemos relacionar con lo que usted ha observado al respecto de las cuevas: espacios que también obran como resonadores y ligan el misterio del sonido y lo sagrado.

Siempre digo que el primer instrumento musical fue el mundo, porque en la aprehensión de la naturaleza de nuestros antepasados gobernó mucho el oído. La vista podía analizar lo que veía en la naturaleza, pero el oído permitía analizar lo que no era visible. Imaginemos lo que podía significar para aquellos seres el oír las tormentas o estar en las cuevas y provocar resonancias. A ellos les aportaba una información sobrenatural. Hay una percepción auditiva que tiene mucha importancia en la sensación de un mundo paralelo. Por eso Nietzsche decía que el oído es el órgano del miedo. Es verdad. ¡Cuánto no se ha fabulado de noche al oír sonidos extraños de algo invisible que no podemos descifrar! El miedo, el pensar metafísico y el cuidado residen en el oído.

-El Salmo 102 de la Biblia dice: «No escondas de mí tu rostro en el día de mi angustia; inclina a mí tu oído». Aquí aparece una primera alusión a la visión, y, en segundo término, a la audición. ¿Qué tiene más poder: el ver o el oír?

Obviamente, en el camino de nuestra conciencia las dos cosas fueron muy importantes; pero es verdad que, como he dicho antes, el oído te invita a pensar desde una cierta profundidad. Los dioses no se ven, se oyen. En la Biblia, Yahveh no se deja ver. Él se expresa a través de la naturaleza, del viento, de las tormentas. El vínculo humano, ese «inclina a mí tu oído», se establece en la emisión de sonidos que van desde la tierra hasta el vínculo con lo divino. Cabe recordar que los músicos ciegos en el antiguo Egipto eran considerados unos privilegiados. La ceguera de un hombre era un don que le habían concedido los dioses para que se dedicase sólo a escuchar. La música era pensada, entonces, como una transmisión de lo divino, como una transcripción de lo desconocido. De ahí su gran importancia en las tradiciones mesopotámica o griega.

-El filósofo Martin Heidegger consideraba que la filosofía debía «preservar la fuerza de las palabras».

Efectivamente, menciona usted a Heidegger de forma oportuna, pues Heidegger quería caminar desde el ente al ser. El ser resuena. Por su parte, el ente es más sordo y tiene menos capacidad vibratoria. Nosotros nos ensanchamos también cuando somos capaces de aprehender y generar una sonoridad interior que nos comunica con la naturaleza y el espacio. La música pretende ordenar el caos sonoro y trazar un puente hacia una forma superior de audición.

-Esa presencia de lo divino me hace pensar en otra frase del filósofo: «Sólo un Dios puede salvarnos». ¿Cómo la interpreta?

Bueno, creo que es una forma de decir que sólo puede salvarnos una parte desconocida de nosotros: la menos dañada y maleada. También en el plano colectivo. Lo que puede salvarnos es una manera distinta de formular las cosas, un lenguaje al que no escuchamos con suficiente atención. Es eso lo que puede corregir una deriva mundial que evidentemente es errónea y que, además, ahora tiene una capacidad de incidencia mayor a causa de la tecnología y su capacidad de dominio sobre el mundo.

-Pero la preeminencia actual de la visibilidad no sólo ha alcanzado su cota cimera con las redes sociales, sino que en parte ha trastornado nuestro mundo.

Nuestra civilización, desde la maduración del Renacimiento, fue dejando de buscar una realidad superior, en el sentido de divina, para buscar una realidad superior a lo que vemos y somos capaces de fabricar. La Ilustración intentó recoger esa aportación y construir una verdad humana plena y laica. Esa verdad laica aspira a una forma de dominio tecnológico capaz de arrancarnos de una realidad inferior, lo cual ha generado inevitablemente una idea única de verdad que se ha vuelto en contra, porque no puede haber verdades únicas en un mundo con tantas realidades. La tecnología nos ha llevado a este dominio de la cibernética y las redes sociales, el cual ha desdibujado mucho la realidad. Hay una gran parte de la población mundial que no lo entiende y que vive a otro ritmo. La velocidad impuesta por Occidente no es real. Obviamente, la tecnología ha aportado cosas extraordinarias, pero vivimos en un mundo muy fragmentado, y no podemos excluir a otras culturas que no piensan de la misma forma.

-Un breve texto suyo, Ir hacia atrás para modernizarse, generó mucha polémica. Algunos lo calificaron de romántico, y hasta de reaccionario. Pero retroceder, ¿no puede ser también una respuesta ante una ciega avanzada sociocultural?

Somos hijos de la Ilustración, y la Ilustración ha sido un ir hacia delante a costa de lo que sea. Hay que vivir en el tiempo en el que estamos, pero ese tiempo es el que impone Occidente. Cada cultura tiene su tiempo. Por otro lado, la Ilustración nos ha hecho ver problemas que no son reales y, al mismo tiempo, desatender otros que sí lo son; por ejemplo, una buena distribución de la generación de la riqueza. La población se está empobreciendo en Occidente y fuera de Occidente.

-Un empobrecimiento que notamos también en estilos musicales como el trap.

Como decía al principio de nuestro diálogo, hemos perdido sutileza en la percepción auditiva. Estamos ensordecidos por los macroconciertos, en los que el volumen es tan importante como la música. Músicas como el rap o el trap, que responden a razones sociológicas, son sin embargo muy primarias, pues atienden poco a la capacidad resonante, que es la que ensancha conceptualmente la mente. Esto no quiere decir que tengamos que escuchar siempre a Brahms o un cuarteto de cuerdas de Beethoven o Haydn. Yo hablo de otra cosa: de la decisión de cada uno de crear una amplitud interior y de no restringirse a un tipo de músicas que ya están restringidas de por sí. Hablo de prestar oídos al mundo.

-A dicho ensanchamiento ha contribuido la música contemporánea occidental, con sus disonancias y su enigmática música de las cosas.

Yo creo que una gran aportación de la música contemporánea; sobre todo, de la escrita a partir de 1945, es haber ofrecido sonido y espacio, en lugar de un camino narrativo. Dejamos de estar sujetos a una necesidad de narrar. Schönberg todavía estaba ligado a ella, pese a su revolución atonal. En Webern esto ya no sucede. A partir de él, surge en los compositores esa idea de trabajar con el sonido y el silencio. Eso deja mucha libertad al oyente para que pueda imaginar. Es lo que nos ofrecen maestros como Bruno Maderna, Luigi Nono, Ligeti o Kurtág, entre otros.

-En su obra, también el silencio habla. Así se percibe en el bello texto que dedica a Nietzsche a través de la interpretación de la película El caballo de Turín de Bela Tarr, una obra magistral poseída por el monocorde sonido del viento y, al mismo tiempo, por el inabarcable silencio de sus protagonistas.

Creo que lo que nos está proponiendo Bela Tarr es esa confrontación entre dos formas de nihilismo.

-¿Cómo correlato de los dos nihilismos de los que habló Nietzsche?

Así es. Uno, desde la nada absoluta que rodea a las dos personas, al padre y a la hija, y que lo invade todo; y luego, esa nada del viento exterior, que no cesa en toda la película, y que representaría la dificultad, la contingencia. Ese viento es el mundo, lo cual me parece una versión cristiano-nihilista de la adversidad, pues, como sabemos, para la creencia cristiana el mundo es poco: un lugar de paso.

-¿Qué le seduce de este gran director de cine húngaro?

Siento por él una gran afinidad estética. Él dedicó una película a un teórico de la música, Werckmeister, que concibió nuevas relaciones armónicas, de la misma forma que Bela Tarr concibe otra relación del cine con el tiempo. Él juega con esta idea, como el músico que busca un sonido que no existe, pero que igualmente rastrea. Tengo un buen amigo que habla siempre de un do inencontrable en el violoncello.

-Quizás esas búsquedas identifiquen a los artistas y al arte auténticos. Vivimos hoy, por el contrario, en medio de una gran impostura poética y artística estimulada por el mercado.

Sin duda, pero lo que nos están trayendo estas formas de arte y literatura, por llamarlas de alguna forma, es obra de perezosos y de gente acostumbrada a las ideas comunes. Lo que sí es verdad es que este sistema –palabra resbaladiza que no sé muy bien qué significa– ha hecho de nosotros unos creyentes en nosotros mismos; hay un exceso de narcisismo; pensamos que somos únicos y distintos de los demás, pero consumimos atrozmente lo mismo y, a ser posible, de manera muy rápida.

-Usted escribió, en un aforismo dedicado a Tomás Moro, que «en una sociedad domesticada por el dinero, las quimeras son un juego y no llevan a nadie al patíbulo» ¿Se puede ser poeta sin arriesgar la vida; sin hacer que la vida cambie?

Creo que no. Si no te la juegas, no puedes ofrecer nada. Claro que todos somos fruto de una herencia, pero si no arriesgas a partir de esa herencia, no puedes ofrecer nada que sea verdad.

-No en vano, usted mismo dio un giro a su vida cuando abandonó Barcelona para mudarse al campo navarro, en el norte de España. ¿Qué motivó ese viaje? ¿Qué implicaciones poéticas ha tenido?

El motivo es prosaico: tengo bastantes libros y vivía en el centro de Barcelona. Me subieron tanto el alquiler, pues Barcelona se ha vuelto una ciudad de especulación turística, que decidí marcharme. Aquí, en el campo navarro cercano al mar, tengo una casa con chimenea y pago menos de un tercio de lo que pagaba en Barcelona. Como repercusión poética, supone otra mirada, y eso también influye sobre el ensayo. Ahora cada año veo las migraciones de las aves. Para mí es un acontecimiento, y eso no me lo generan los escaparates de una gran ciudad.

Nuestro diálogo acaba con estas últimas palabras. Mi propia cabeza emprende el vuelo y me da por pensar en la moderna fascinación que sentía Baudelaire por la promiscuidad de las mercancías en los escaparates. Sin embargo, aun en el tortuoso corazón del poeta anidaron algunos vuelos oscuros, ¡oh, ebrio hombre que sigues llevando contigo la condena de tu fracasada mudanza! Tal vez, ahora, desde un lugar lejano e invisible, el gran poeta reconozca su propio, y muy humano, error: haber desatendido, de entre todas las musas, a aquella que enseña a escuchar y seguir en silencio el lento viaje de las aves.

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